Nuevas librerías atendidas por escritores, para grandes y chicos

Bernardo Beccar Varela en su librería Dulcinea, que abrió en San Isidro
Bernardo Beccar Varela en su librería Dulcinea, que abrió en San Isidro Crédito: Santiago Cichero/AFV
Daniel Gigena
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27 de diciembre de 2018  

A contrapelo de un 2018 gris para el sector, en medio de noticias de récord de caídas en ventas de ejemplares y de cierres de librerías por el aumento de los costos, dos escritores decidieron abrir nuevos espacios destinados al encuentro de los lectores con los libros: Dulcinea es un oasis para los chicos, en San Isidro, y Suerte Maldita hace su apuesta en el porteño Palermo.

Detrás de la decisión, que en el contexto puede leerse casi como una proeza, están Bernardo Beccar Varela, abogado de familia que en su faceta novelista este año publicó su segunda novela, El ahogado (Emecé), y otro narrador que tuvo experiencia como librero tiempo atrás. Se trata de Luis Mey, autor entre otros títulos de Las garras del niño inútil (Factotum), El pasado del cielo (Seix Barral) y, a propósito del tema en cuestión, Diario de un librero (Interzona).

Ambos proyectos, que se convirtieron en realidad semanas atrás, surgieron de asociaciones íntimas con otros amantes de los libros: Lucía Anello (docente), Ana López (cuentista) y el poeta Silvio Santantonio. Según registros de Fundación El Libro, en la Argentina hay 1200 librerías. Más de 350 están ubicadas en la ciudad de Buenos Aires.

Vecinos asomados al universo de la lectura

"Hace varios años con Lucía, mi mujer, pensábamos en un proyecto que conjugara lo que nos gusta hacer con un emprendimiento familiar. Así fue como la idea de una librería empezó a dar vueltas en nuestras cabezas", dice Beccar Varela a LA NACION. Una vieja casa de estilo colonial en un barrio de San Isidro, de ciento cincuenta metros cuadrados, se convirtió entonces en Dulcinea, librería especializada en literatura infantil y juvenil. "Refaccionamos el lugar y lo transformamos en un gran espacio abierto, con un sector dedicado a los adolescentes y jóvenes, con hamacas y una mesa para sentarse a leer, y otro infantil, con un tren de madera para que chicos y grandes puedan sentarse a leer y quedarse un buen rato eligiendo sus libros", agrega. El nombre elegido rinde tributo a la heroína invisible de Don Quijote de la Mancha y a una amiga de la pareja de libreros, fallecida tiempo atrás.

Ubicada en Monseñor Alberti 655, en el barrio La Calabria, la apertura de Dulcinea causó sensación entre los vecinos. "El barrio fue siguiendo el proceso de la obra y se fue generando un misterio sobre qué era lo estábamos haciendo", relata el abogado novelista. "Los vecinos pasaban y se asomaban. Muchos creían que era un bar o algo gastronómico. Cuando fue tomando forma y ya se sabía lo que iba a ser, la noticia fue muy bienvenida". La Calabria es un barrio en pleno crecimiento, con mucha gente joven, parejas y familias con niños. Alrededor de Dulcinea hay seis colegios. Los vecinos todavía se acercan a felicitar a Lucía y Bernardo por la ocurrencia de inaugurara una librería. "Nos dicen que hacía falta un lugar así en el barrio". La reacción de los chicos, cuando entran por primera vez en el local, es un enfático "uauuuuhh" que brota apenas ven las hamacas, el tren de madera y los libros.

Hamacas, un tren de madera y muchos libros para jóvenes y chicos
Hamacas, un tren de madera y muchos libros para jóvenes y chicos Crédito: Santiago Cichero/AFV

Fueron varios los motivos por los que los Beccar Varela decidieron abrir una librería para chicos y jóvenes. "La literatura infantil siempre nos atrajo, más a Lucía, que como docente de primaria estuvo y está siempre en contacto con chicos. También es un gesto de resistencia ante la tecnología que nos abruma: queríamos generar un espacio que mantuviera la literatura en los libros. El hecho de ser nuevos en el rubro hizo que fuéramos de a poco, y a la vez nos dimos cuenta de que la especialización era una oportunidad". Otros profesionales del sector acercaron sus recomendaciones. "Entre muchos más, Pablo Braun, de Eterna Cadencia, nos dio un curso acelerado de libreros y Lola Rubio siempre nos aconseja", dice el escritor, abogado y, desde hace pocas semanas, librero.

La intención es que Dulcinea se vuelva un espacio de referencia. En febrero, comenzarán a brindar cursos de arte y de narración, y a partir del inicio del ciclo lectivo, se programarán encuentros entre estudiantes de los colegios de la zona y escritores. Ya hubo una "prueba piloto" con el narrador Carlos Silveyra, creador del personaje del Marqués Kasimir junto con el dibujante O'Kif.

Del 7 al 12 de enero, los libreros de Dulcinea se tomarán unos días para planificar las actividades de 2019. Antes y después, lectores, vecinos y curiosos (las tres instancias se pueden conjugar en simultáneo) podrán concurrir a la librería.

Ana López y Luis Mey, en su flamante "bonsái" de libros llamado Suerte Maldita
Ana López y Luis Mey, en su flamante "bonsái" de libros llamado Suerte Maldita Crédito: Santiago Cichero/AFV

Una librería bonsái en el barrio de Carriego

"El proyecto nació porque pensamos que, entre tanta desidia, había que darle vida a algo", dice Luis Mey a LA NACION. Con Ana López, una de las socias de Suerte Maldita (Serrano 1394), el escritor daba un taller literario. "Cada vez que nos juntábamos, cualquier tema de conversación derivaba a los libros y las historias que pudiesen llegar a ser un cuento o una novela". Como buena cuentista, López está ahora en los detalles del negocio de la librería. En 2019, Hojas del Sur publicará su primer libro de relatos: Tic Tac. Mientras, el tercer socio, el poeta y economista Silvio Santantonio, aporta su saber para que los números no dejen de rimar.

Suerte Maldita, que comparte nombre con una novela de Danny Miller ambientada en los años 60 en Londres, tiene cuarenta metros cuadrados. "Parece pequeña, pero se eligieron los libros prácticamente uno por uno. Fuimos a los depósitos editoriales a crear nuestro propio pedido. Es como siempre creímos que debía ser: una librería bonsái", grafica el librero, escritor y otra vez librero. Los ejemplares están ordenados por editoriales.

Palermo, barrio de compadritos en los años de Evaristo Carriego, está ahora poblada de librerías. "El barrio la recibió como suya -dice Mey-. Es una zona de Palermo que, al estar muy cerca de plaza Serrano, se conserva como barrio. Descubrimos, algo emocionados, que no solo había montones de lectores sino que también parecen haber tomado la librería como punto de referencia para acercar a nuevos lectores. Revuelven, se quedan, conversan, anotan. La imagen que habíamos esperado poco a poco se va dando".

Ejemplares elegidos uno por uno, una característica del local de Palermo
Ejemplares elegidos uno por uno, una característica del local de Palermo Crédito: Santiago Cichero/AFV

Las actividades surgieron casi con la apertura de Suerte Maldita. Ya hubo presentaciones de libros, cierres de fin de año de un taller literario, lecturas y brindis. "El lema es que cualquiera que necesite un espacio para divulgar lo suyo tiene la librería a disposición", afirma el autor de Los pájaros de la tristeza. Para 2019, ya han previsto que, en las presentaciones de libros, los autores se explayen sobre sus trabajos anteriores. "Queremos romper con la idea de la novedad editorial, que hace que los libros viejos parezcan muertos. Las librerías no pueden quedar presas del sistema de novedades". En Suerte Maldita conviven clásicos y contemporáneos. Además de las promociones bancarias, si se compran dos libros, el café es cortesía de la casa.

Respecto de la crisis del sector del libro en el país, Mey es elocuente. "Tendrías que haber visto la cara de mi madre cuando le dije que quería ser librero y escritor". Mientras escribe en simultáneo una novela negra, otra "oscurísima" que saldrá en Emecé y otra de terror que publicará Factotum, Mey expresa un deseo para el año que está por comenzar: "Ojalá la biblioteca de cada casa vuelva a ser fundamental. Un espacio cuidado y en expansión".

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