Una estafa
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Internet era muy joven y, mal o bien, los ciudadanos del espacio virtual todavía estábamos en una fase larvaria de optimismo ingenuo. Entonces recibí un mail desde una fiscalía de la ciudad de Nueva York, con membrete del FBI y todo, en el que se me informaba que estaba siendo procesado por narcotráfico. Al pie, las firmas de un magistrado y del director de la agencia federal de investigaciones. Además, un link “con más información sobre la causa” que me instaban a revisar con presteza. Por supuesto, era una trampa, y en ese link no había más información sino un sitio infectado que intentaría (y posiblemente lograra) comprometer mi computadora.
Ahora, tres décadas después, la Unidad Fiscal Especializada en Ciberdelincuencia (Ufeci), a cargo del siempre atento Horacio Azzolin, acaba de alertar sobre fraudes basados en la misma técnica, aunque en este caso el delito es la pornografía infantil y la “ciberpornografía”. Esta vez no hay un link, sino “formularios de descargo” en los que la víctima debe entregar su documentación personal, lo que la deja expuesta al robo de identidad, el más temido y uno de los más peligrosos ciberdelitos de la actualidad. El mecanismo de fondo, sin embargo, es idéntico: llega por Internet, te altera emocionalmente y te pide que hagas algo con urgencia. Si ves estos tres rasgos juntos, sospechá. Porque casi seguro es una estafa.
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