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Hace 25 años, la ciudad de Buenos Aires fue testigo de un histórico enfrentamiento por la semifinal del Ciclo Candidatura de ajedrez entre el ruso Lev Polugaievsky y el exiliado del antiguo régimen, Viktor Korchnoi, en un match auspiciado por LA NACION.
Sobre la Avenida Corrientes, altura de los recuerdos, la sala del cine teatro Premier se vistió de gala; allí recibió ese duelo de ideas que sobrepasó el cuadriculado tablero. Entre el 21 de julio y el 20 de agosto de 1980, miles de aficionados tomaron parte de la antinomia ideológica que acompañó el desarrollo deportivo de las partidas; nunca más en el particular mundo de los trebejos, ámbito de festejos mudos y silencioso hasta en el llanto, hubo un público tan ferviente, capaz de ensayar con cada victoria o derrota inusuales festejos, incluso arrojando papel picado sobre los jugadores.
Por ello, el match Korchnoi-Polugaievsky será recordado como una de las páginas escritas con más pasión que tinta en la memoria del milenario juego.
Nace la historia. Quizá la raigambre del ajedrez vernáculo, con la fundación del Club Argentino a comienzos del siglo XX, la disputa del campeonato mundial entre Capablanca y Alekhine, en 1927, la Copa de Naciones en 1939, el match desafío entre la Argentina y la URSS, en 1954, la semifinal del título mundial entre Fischer y Petrosian, en 1971, o las Olimpíadas de ajedrez en 1978, resultaron un estímulo para que Korchnoi y Polugaievsky, que ya habían visitado la Argentina, aceptaran la designación de Buenos Aires como sede de match.
El marco político del mundo en 1980, durante los años de la Guerra Fría, tal vez avivó la rivalidad de banderas entre los aficionados.
Es que Korchnoi, emblema de Occidente, que había pergeñado su fuga del régimen soviético en 1976, llegó a la Argentina como ciudadano suizo para enfrentarse con Polugaievsky, símbolo fiel del Kremlin y dispuesto a tomarse revancha de lo padecido dos años antes, cuando en Filipinas, en 1978, cayó ante el ruso Anatoly Karpov en una escandalosa final por el título mundial; un sainete que terminó con gurúes, parapsicólogos y brujas en la sala de juego.
El antecedente alentó la creación de una mampara de vidrio sobre el escenario del teatro para eludir el contacto directo de los jugadores con el impaciente y bulliciosos público; de allí que el duelo de Buenos Aires es, aún, recordado como el match de “La cabina de cristal”.
El Dr. Bartolomé Mitre, subdirector y administrador de LA NACION, junto con Octavio Hornos Paz, secretario general, y Luis Jorge Zanotti, prosecretario general –cargos de aquella época–, habían participado de la ceremonia de inauguración del certamen, pactado a 12 juegos que tuvo al maestro Miguel Najdorf como árbitro general.
Tras el empate en seis puntos –Polugaievsky logró la igualdad tras vencer a Korchnoi en la duodécima partida–, se desató la euforia del público que premió al ruso arrojándole papel picado a su paso a la salida del teatro. El desempate a dos partidas rescató otra anécdota.
El norteamericano Yasser Seirawan y el inglés Michael Stean (analistas de Korchnoi), descubrieron en una columna escrita por Miguel Najdorf una mejora en el juego de una variante que disputaban en la otra semifinal, el alemán Hübner y el húngaro Portisch.
Sin culpas ni remordimiento pusieron en marcha el plan; el equipo ruso fue eliminado por dormir demasiado. Korchnoi, de 49 años, resultó vencedor por un ajustado marcador de 7,5 a 6,5. Y se clasificó finalista del Ciclo Candidatura.
El ruso Lev Polugaievsky, pese a su experiencia con el juego, no salió de su asombro; en aquel entonces con 46 años, disfrutó cómo el público coreó su nombre y le arrojaron papelitos el día de la despedida.
Tal vez por ello, catorce años después, en 1994, un mecenas holandés quiso homenajear a Polugaievsky con la realización de un certamen por los festejos de su cumpleaños N° 60. Ante la pregunta de rigor en qué punto del planeta deseaba realizar el torneo en su homenaje, el dedo índice de la mano derecha del recordado Poluga se detuvo sobre un punto de un globo terráqueo; era Buenos Aires.


