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Por que está ahí, la respuesta que daba el legendario George Mallory a quienes le preguntaban por qué quería conquistar el Everest, es considerada la anécdota más suscinta de la historia del montañismo y representó para mí, luego de descubrirla casi por casualidad en el prólogo de La última ascensión, el punto de partida hacia una nueva pasión.
No me considero un montañista ni poseo los conocimientos suficientes para serlo; más bien me identifico como "montañero", un amante de la naturaleza, de la montaña y particularmente de nuestra Patagonia.
Desde entonces, autores como el recordado Germán Sopeña, José Luis Fonrouge , Jamling Tenzig Norgay, William Hudson, biografías sobre Francisco P. Moreno , el padre Alberto de Agostini, don Luis Piedrabuena y muchos otros pasaron a ocupar los estantes de mi biblioteca. No puedo dejar de mencionar los apasionantes Cuadernos patagónicos publicados por Agostino Rocca, que en la presentación expresa un sentir que muchos compartimos:
"Para mí, constantemente ocupado en mi oficina en largas jornadas de trabajo, presentar este primer número de la serie significa soñar, revivir por un momento aquello que considero una de las grandes y verdaderas pasiones y, quizás, vocaciones de mi vida: la montaña, su inmensidad, su soledad, el constante desafío del hombre con las dificultades del ambiente... La pasión por las montañas y el deseo de contacto con la naturaleza incontaminada , me han conducido a realizar este proyecto tan apreciado por mí por referirse a una zona espléndida de nuestra Argentina, la Patagonia cordillerana . Espero que los lectores compartan al menos un poco de mi entusiasmo."
Siguieron muchos viajes y cuando mis hijos tuvieron la edad suficiente también llegaron las primeras cumbres al volcán Lanín y al Tronador. Experimentar esa nueva vivencia de haber logrado una cumbre, con la sensación de felicidad casi completa en compañía de Joaquín, mi hijo mayor, me hizo sustituir y relegar a un segundo plano otras actividades deportivas.
Luego, nuestro Aconcagua con sus 6962 metros, sinónimo de poder y magnetismo, comenzó a tomar forma en mi mente como el gran sueño a concretar.
El legendario "Centinela de Piedra", en quechua, tiene un halo de leyenda forjada con grandes hazañas, tristes frustraciones y acuñó una historia centenaria plagada de episodios conmovedores, muchos románticos y varios trágicos. Su magia, sus encantos y peligros ejercían una atracción, pero también temor y duda.
Fueron unos párrafos del libro Elogio de la desmesura, definido por su autor Luis Jait como una aventura de autosuperación en el Aconcagua, los que me abrieron los ojos para entender lo que deseaba. El "quería saber si podía", el "tratar de juntar y confrontar mi sueño, mi fantasía con la realidad" tan bien definidos por Jait en su libro, pasaron a ser la motivación que necesitaba.
A la preocupación por logar una adecuada preparación física que me permitiera afrontar las exigencias del ascenso se sumó el hecho de comprender que todo el material utilizado en anteriores expediciones no era suficiente ni el adecuado para medirse frente a la montaña más alta del mundo fuera de Asia. Era necesario equiparse de indumentaria guantes, calzado, mochila, bolsa de dormir, carpa y linterna que permitieran la subsistencia bajo condiciones y temperaturas extremas.
Así, preocupado por los detalles y preparativos me encontré en enero del 2005 con que el día había finalmente llegado y junto con un heterogéneo grupo compuesto por gente de varias nacionalidades comenzamos a recorrer el camino hacia una meta que fue siendo la misma para todos pero que, con el correr de los días, fue modificándose para muchos.
El primer tramo desde Puente del Inca, pasando por Laguna de Horcones hacia el primer campamento en Confluencia a 3300 metros, demandó 6 horas y nos trajo el primer llamado de atención respecto del que sería tal vez el principal rival por vencer: la enfermedad de montaña.
Como parte del proceso de aclimatación, fundamental para encarar las siguientes etapas, al día siguiente hicimos un trekking hasta el mirador de Plaza Francia a 4000 metros.
Allí se encuentra la base de la temible y espectacular pared sur que con sus 3000 metros de cascadas de hielo y glaciares aguarda a los pocos que se atreven a desafiarla.
De regreso a Confluencia comenzaron las primeras bajas producto del mal de altura: dos integrantes debieron ser evacuados. A diferencia de otras montañas, el Aconcagua tiene la particular dificultad de carecer prácticamente de vegetación a muy baja altura, razón por la que los síntomas de enfermedades (o malas adaptaciones) observadas en altura se presentan casi de entrada. El ritmo de ascenso, el grado de esfuerzo, la altura absoluta alcanzada, la exposición al frío, el riesgo de deshidratación y la preparación física se van relacionando y pueden desencadenar la enfermedad de montaña aguda, el edema cerebral y el pulmonar.
Como la evolución de estas situaciones dependen de cada organismo, es muy difícil de prever o anticipar el grado de adaptación a la altura en cada individuo, razón por la cual es fundamental respetar el proceso de aclimatación sin apresurarse.
Continuará...


