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No pudo la policía. No pudieron las autoridades inglesas. Ni las holandesas. Ni las belgas. Finalmente, el fútbol de Rumania consiguió eliminar a los hooligans de esta Euro 2000 que comienza a definirse.
Los goles de Chivu, Munteanu y Ganea terminaron por darle un alivio a un certamen agobiado por los violentos. Y lograron lo que nadie antes había podido:mandar de vuelta a su casa a los hinchas ingleses.
Ayer, en Charleroi, donde Inglaterra cayó por 3 a 2 con Rumania y fue eliminada, la ciudad pareció un fortín: los hooligans llegaron escoltados por la policía, en medio de un operativo que reunió a más de 1200 efectivos.
Y es que los antecedentes eran durísimos: caos en Inglaterra-Alemania. Problemas en Bruselas. Expulsión de 921 ingleses (fueron deportados). Tensión por un posible choque con hinchas turcos (recordar la semifinal de la Copa UEFA, entre Galatasaray, de Turquía, y Leeds, de Inglaterra, cuando hubo dos ingleses muertos en choques de barras bravas en Estambul). La Euro 2000 se había vuelto una excusa para la violencia.
"Los hooligans son un problema social y cultural que no se encuentra en otros países", se excusó el ministro del Interior inglés, Jack Straw.
Pero no alcanzó. Ni eso ni las disculpas públicas del primer ministro Tony Blair. Y menos aún las insinuaciones de que Inglaterra se haría cargo de todos los gastos ocasionados por sus vándalos en tierra belga.
Encima, hasta molestó que Straw se preocupara por mezclar el tema con la candidatura inglesa para ser sede del Mundial del 2006.
"Esto de ninguna manera nos quita posibilidades de ser sede", había dicho Straw. Y claro, en medio de heridos, deportados, violentos y acuchillados, escuchar hablar de que eso no tenía nada que ver con el 2006, no pudo menos que caer antipático.
El tema es que, de todas maneras, la violencia no les correspondió sólo a los hooligans. Tal como era de esperar, la eliminación de Bélgica, anteayer ante Turquía, cayó realmente mal.
Y la respuesta se vio en la calle, después del partido: un centenar de hinchas belgas se trenzó con no menos fanáticos del seleccionado turco, y la consecuencia resultó dura:hubo cinco policías heridos.
Por ello, hubo 19 detenidos e incluso se registró un acuchillado, aunque el hombre quedó fuera de peligro.
Nadie, sin embargo, reparó en que la violencia llegó de todas partes:en mayor medida la provocaron los ingleses, pero también hubo disturbios generados por los turcos, los belgas y hasta los italianos.
Justamente, los italianos parecían listos para una batalla: si Inglaterra pasaba de rueda, lo más probable era que debiera enfrentarse con Italia, en el estadio Rey Balduino, nuevo nombre del antiguo estadio Heysel, donde, en 1985, se produjo una catástrofe provocada por hinchas del Liverpool, en la final de la Copa de Campeones. Hubo 39 muertos (la mayoría por asfixia, aplastados por una avalancha generada por los hooligans). Y el rival era Juventus.
Ahora, todo indicaba que italianos e ingleses volverían a chocar, en el mismo estadio, quince años después.
Y hasta los jugadores y técnicos de ambos equipos habían terminado hablando del tema. Por ejemplo: "Espero que no sea necesario recurrir a los rezos", fue la semiapocalíptica reflexión al respecto que salió de boca de Dino Zoff, entrenador del seleccionado italiano.
"Yo no creo que pase nada. Están agrandando todo", había minimizado David Beckham, volante del equipo inglés.
Finalmente, ni la visión tremendista de Zoff ni la particular posición de Beckham podrán comprobarse.
Y es que un grupo de rumanos terminó por sorprender a todos. Cuando nadie daba un centavo por un equipo que, encima, no contaba con su estrella (no actuó Gheorghe Hagi), Rumania dio vuelta el partido y dejó de a pie a Inglaterra.
Adiós a las megaestrellas inglesas (Owen, Beckham, Shearer). Pero adiós, sobre todo, a los hooligans. Que no es lo mismo que decir adiós a la violencia, porque eso no es patrimonio de los fanáticos ingleses, aunque sí sean ellos los mayores perturbadores de la tranquilidad en cada acontecimiento deportivo.




