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No se trata de insistir con remanidos lamentos sobre el gran caudal de creatividad humana que la droga desplaza.
No se trata de derramar lágrimas por toda la música futura de Charly García que acaso nunca nos será deparada, por todo el alarde futbolístico de Diego Maradona que jamás verá la luz.
No se trata de eso ni de nada parecido: Charly y Diego hicieron ya lo suficiente. Crearon lo necesario para figurar, con derecho propio, en la galería de los argentinos talentosos y selectos. Se trata de otra cosa: de llorar -ahora sí- por toda la vida normal que estos dos hombres notables, como tantos hombres y mujeres anónimos, se están negando a sí mismos; se trata de lamentar la pérdida de algo tan difícil de recuperar como es la cotidianidad humana (...) Que Charly y Diego le vuelvan a tomar el gusto a la vida, esa cosa tan de siempre. No para que se sientan en la obligación de volver a ocupar un sitial profesional, como si la música o el fútbol fueran lo más importante. Simplemente, para que sean ellos mismos: dos seres humanos que se miran en el espejo y se reconocen como tales, independientemente del fenómeno de la idolatría o la admiración popular".
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Hoy, cuando estoy partiendo hacia Francia junto con una buena parte del equipo de La Nación Deportiva que realizará la cobertura del Mundial, rescato del archivo este párrafo escrito con su habitual sabiduría por Bartolomé de Vedia, en este mismo diario. "Sólo se trata de vivir", tituló aquella columna publicada por Enfoques, en enero de 1997, acerca de, obviamente, el futuro de los dos mayores ídolos populares con vida en la Argentina.
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No es casual que la recuerde ahora. Estuve esperando el momento para hacerlo y las razones son varias, englobadas en una sola: esta Copa del Mundo que comenzará en apenas dieciséis días, que se robará la atención del país y de casi todo el mundo, será la primera que se juegue sin la presencia de Diego Armando Maradona sobre la cancha en los últimos dieciséis años.
Debutó en España ´82, cuando el edificio empezaba a caérsele encima, y fue el centro de todas las miradas: demasiado peso. Brilló en México ´86, con la plenitud de sus 25 años, y se tomó revancha: fue más número uno que nadie.
Insistió en Italia ´90, con chispazos de su genio y casi le alcanza para quedarse con todo: lloró el segundo puesto. Asombró en Estados Unidos ´94, cuando el milagro parecía consumarse, pero la efedrina lo volteó: fue un golpe letal.
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Francia ´98 no lo verá y eso significa alivio para unos y lamentos para otros. Sentimientos encontrados, como lo que habitualmente generó a su paso. Controversia inevitable que la sola mención de su nombre provocó siempre.
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Pero no se trata de eso ahora y es bueno que quede claro, para todos: hoy hay mucho más en juego que un Mundial de fútbol y de allí el recuerdo del párrafo inicial, tan actual como si se hubiese escrito hace un par de días.
Ojalá Diego entienda que seguirá siendo Maradona aun sin ponerse los pantalones cortos. Y que, junto con los unos y los otros -quienes lo odian, quienes lo aman- , comprendan que sólo se trata de vivir.
Es mi deseo, nada más que eso, ahora que ya estoy volando hacia París.


