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Rogelio Antonio Domínguez, ex arquero del seleccionado argentino de fútbol en las décadas del 50 y 60, falleció en el hospital Piñeyro, de Flores, a los 73 años, como consecuencia de un paro cardíaco, producto de un enfisema pulmonar. Sus restos son velados en Velazco 1070 de esta Capital y recibirán sepultura hoy, a las 16, en el cementerio de la Chacarita.
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Flaco, alto, muy firme en las salidas, una garantía debajo de los tres palos. Nacido el 9 de marzo de 1931 en el porteño barrio de Parque Centenario, Domínguez no tardó demasiado en mostrar sus cualidades de arquero. Empezó en las inferiores de Racing, pese a que había aprobado un examen en River (en el club de Núñez tenía varios hombres adelante) y, en 1951, Guillermo Stábile lo hizo debutar en primera.
Su calidad lo convirtió muy pronto en jugador de seleccionado, y en 1955 integró el equipo argentino campeón del Panamericano, en México. Dos años después, ganó el Sudamericano, en Perú, y se convirtió en el primer exponente de su puesto que llegó al fútbol español, cuando Real Madrid se lo llevó por 2.500.000 pesos. En el club Merengue, ganó tres ligas, tres Copas de Europa, la Intercontinental de 1960 y jugó el Mundial de Chile a las órdenes del Toto Juan Carlos Lorenzo. En Real Madrid actuó hasta 1961 al lado de hombres como Puskas, Di Stéfano y Gento.
En su regreso al fútbol argentino, se mostró en River (dos temporadas) y en Vélez (otras dos). En su posterior excursión a tierras uruguayas, fue subcampeón con Cerro de Montevideo y campeón con Nacional, club en el que dejó un grato recuerdo y un eterno reconocimiento de parte de todos los hinchas. Terminó su carrera activa en Flamengo de Río de Janeiro en la temporada 1968/1969.
La dirección técnica no le fue indiferente y desde el banco también forjó una prolífica y vasta carrera desde su comienzo en San Lorenzo, en 1971. Estuvo en Chacarita, Boca, Gimnasia, Atlético de Tucumán, Quilmes, el promocionado Loma Negra de comienzos de los 80 y también fue uno de los tantos entrenadores que intentaron, sin mayor suerte, otorgarle un campeonato local a Racing.
Aferrado a viejos esquemas como el de no manejarse con un representante, fue un motivo por el que muchas veces no se lo tuvo en cuenta para contratarlo. Al frente de un plantel, promulgó el orden, la disciplina y el respeto, pero nunca se alejó de la idea de un buen entendimiento con cada integrante.
Los conceptos le brotaban, claros... "En el fútbol de hoy faltan tipos atrevidos, caraduras, imaginativos, encaradores... creo que por eso todos los partidos que se ven son iguales o bastante parecidos. Hay un déficit de futbolistas creativos, esos a los que ahora llaman hombres distintos", solía renegar con su particular visión a la vuelta de los años.
Al hablar de los jugadores que más observaba y entendía (los arqueros), tampoco se guardaba nada: "No hay grandes arqueros. Creo que el último grande fue el Pato Fillol. Muchos parece que no quieren la pelota, se nota porque hay una tendencia a despejarla con los puños y a dividirla en un rechazo, en lugar de atraparla y asegurarla para que la siga teniendo tu equipo".


