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Lastimadas por los intereses políticos, comerciales y hasta de vanidades propias y ajenas, las alianzas a largo plazo parecen una muestra indeleble de un pasado mejor. Cambiar de escudería, pregonar a los pocos días el amor por otra y volver a hacerlo por una tercera apenas veinte Grandes Premios más tarde, no es más que un reiterado ejercicio que los corredores ponen en práctica en la desangelada Fórmula 1 de estos días. Que, dicho sea de paso y para no culpar sólo a los pilotos, cambia de sponsors y de colores de autos con la misma velocidad con la que las máquinas transitan la mítica curva Eau Rouge de Spa-Francorchamps.
Cuando ayer el casi novato británico Lewis Hamilton prolongó su contrato con McLaren hasta 2012, el acuerdo pareció salido del túnel del tiempo. Ya no se firman convenios de semejante magnitud. Con su inalterable rictus pétreo, Ron Dennis le reafirmó así la confianza al moreno que lo deslumbrara cuando era sólo un niño de 9 años y se acercó a pedirle "correr en su equipo".
Hamilton, que se declaró "enamorado" del team para el cual compite desde la época de kartings, en 1997, completará 15 temporadas en la misma casa cuando caduque el fabuloso acuerdo cerrado ayer. Y si bien el primer competidor negro que trasciende en la F.1 ya es víctima de algunos vicios de la alta competencia (como pelearse con su coequipier o vociferar que será el gran candidato al título), nadie puede negarle una leatad infrecuente, armada sobre la base del respeto que le inculcó su padre.
No será fácil, de todos modos, que la sonrisa se perpetúe en el rostro de Lewis. Sabe que atravesará momentos de zozobra y que no siempre el éxito y la suerte estarán de su lado. También puede ser que un joven que ganaba algunos miles de dólares en 2007 (era debutante) y que ahora arrancará el año con un sueldo de 12 millones de euros, no logre pisar la tierra sin tambalear. Pero también sirve mirar con claridad el futuro y apostar a que las cifras no interferirán en el sentir de un muchacho de 23 años que aún se nutre de hambre de conquistas. ¿Por qué no?
Quizá con el tiempo Hamilton arme con McLaren una de esas hermandades indisolubles e imposibles de sesgar como las protagonizadas por Jim Clark con Lotus o Jackie Stewart con Tyrrell, y cuyo último exponente fue Michael Schumacher, identificado con Ferrari, más allá de su arranque con Jordan y Benetton.
La hasta ahora sólida pareja Hamilton-McLaren, más allá del mutuo sentimiento, promete buenos réditos deportivos. Y eso también cuenta.



