Como si fuera la generación renovada

Respaldada en un colosal Scola, la Argentina empieza a dar señales de identidad colectiva; venció a Canadá, el favorito, por 94 a 87
Xavier Prieto Astigarraga
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1 de septiembre de 2015  • 23:39

MÉXICO.– Luis Scola pide la pelota, se presta a la lucha grecorromana cerca del canasto, gira, anota, rebotea, roba. Facundo Campazzo recupera una pelota, corre y asiste, y hasta le gana, con su corto 1,79m un rebote decisivo al gigantesco Kelly Olynyk (2,11). Andrés Nocioni contagia su fiereza y se manda hacia la pintura con su fuerza desbordante. Nicolás Laprovittola conduce y derrocha calidad. Patricio Garino y Tayavek Gallizzi dan hasta lo que no tienen por la camiseta a la que aman. Selem Safar y Leo Mainoldi embocan desde el perímetro. Los chicos entran y cumplen. Primero, el equipo. Segundo, el equipo. Tercero, el equipo. Y si Scola avasalla en una planilla de estadísticas, lo hace sólo porque le conviene tácticamente al conjunto. Nadie juega para sí mismo.

Así se pueden dar golpes fuertes en el tablero. Como el de ayer, contra Canadá, que no llegó a ser batacazo pero sí un sacudón en la Zona B de este FIBA Américas . La Argentina no sólo venció, y con claridad, por 94-87, al favorito del certamen, al que más jugadores de NBA posee –nueve–, sino que también jugó con inteligencia, garra y habilidad. En dos fechas ya derrotó a los adversarios más calificados del grupo y firmes candidatos a llegar a los Juegos Olímpicos, y empezó a modelar un perfil de conjunto.

"No somos atléticos, altos, los más fuertes ni los más rápidos. De alguna manera tenemos que encontrar la vuelta para ganar. O para poder jugar, al menos" (Sergio Hernández)

El legado de la Generación Dorada se conserva. Al necesario recambio podrá faltarle talento, pero nunca compromiso ni esfuerzo. Eso parece estar garantizado por muchos años como marca registrada del seleccionado argentino de básquetbol, El Alma. Pero este plantel de México 2015 tiene algunos rasgos propios en el juego. La táctica cumple un papel vital; Sergio Hernández hace muchos cambios de piezas en la cancha para adaptarse a lo que propone el rival y a lo que necesita su equipo en cada momento. La defensa es un pilar, una bandera. No es sólo esmerarse; es ser solidario con el que perdió la marca o quedó lejos en un contragolpe ajeno, es buscar el balón que pegó en el fierro aunque dos torres enemigas vayan por él. No por nada la Argentina acumula en dos fechas 44 puntos contra 12 surgidos de pérdidas de pelota ajenas.

La esfera naranja circula y circula. Todos pueden participar, todos pueden anotar. Tirarán más los más aptos, pero nadie está vedado. Otros darán más rebotes, o robos, o asistencias, o bloqueos. Pero cada uno aporta lo suyo. Un día, contra Puerto Rico, brillan Garino y Safar; otro, frente a Canadá, se lucen Scola y Laprovittola. Mañana, quizá Deck y Delía, o Richotti y Gallizzi. Campazzo y Nocioni, por cierto, están siempre. Los más energéticos aparecen más cuando el equipo crece y domina. O al revés: el equipo crece y domina cuando ellos más aparecen. Ni hablar de Scola; nunca falta, nunca decae.

"Es importante que estemos listos para enfrentarnos con cualquier jugador, sea de NBA o de la liga dominicana" (Nicolás Laprovíttola)

Como lo explicó Hernández en la conferencia de prensa: la Argentina no tiene el plantel más alto, el más fuerte ni el más talentoso, así que debe compensar eso con entrega y con estrategia. Y vaya si lo hace hasta ahora, derrotando a los a priori más dotados.

Claro que no es perfecta. Tiene aspectos por corregir, y en cierto modo eso es bueno: el techo es más alto. Un déficit es el de los triples: en dos encuentros acertó 13 de 45 lanzamientos, casi 29% (Nocioni lleva 3 de 14 y se enoja consigo mismo). Pero los tiros de tres puntos un día entran y otro, no. La principal falla radica en la concentración en el principio y el desenlace de los partidos. Tanto ante Puerto Rico como contra Canadá, el seleccionado padeció en los primeros minutos (2-14 frente a los boricuas, 6-13 a manos de los norteamericanos) y en los últimos, cuando ya con el resultado en favor cedió en intensidad, pensó más en dejar correr el tiempo que en seguir haciendo puntos y dejó que el oponente se acercara con cierto riesgo. Puede quedarle la mejor de las lecciones: aprender ganando.

Mientras tanto, el conjunto emociona. Conmueve ver cómo se lucha por cada pelota, cómo un flamante veinteañero se le planta a un elitista de la NBA como si fuera un par en el mundo del básquetbol. Cómo se saludan, se abrazan y se levantan del suelo los líderes y los nuevos del plantel. Cómo se divierten en la cancha cuando la inspiración los hace exhibir un básquetbol de pases y definiciones de lujo. Y, por supuesto, cómo ganan, cómo frustran a los favoritos.

"No creo que hayamos hecho nada. Somos un equipo normal, que tiene que hacer muy bien las cosas. No somo favoritos, vinimos a aprender" (Andrés Nocioni)

Por eso surgió el clásico "vamos, vamos, Argentina..." de los pocos hinchas albicelestes en el Palacio de los Deportes cuando Nocioni coronaba, con una bandeja pasada y recibiendo una falta, una asistencia de Campazzo tras un robo, para el 94-85 a 7 segundos del cierre. Es temprano en el torneo y lo que más cuenta es superar una semifinal, es decir, clasificarse directamente para los Juegos Olímpicos. Como advirtió Scola, por ahora se trata de dos victorias, nomás. Importantes para el futuro, sí, pero no determinantes por el momento. Sin embargo, como en la época de la Generación Dorada, el seleccionado argentino de básquetbol tiene una identidad que conmueve.

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