

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.
Para el básquetbol, ser gigante es una gran ventaja. Tal vez fue ése el único ámbito en el que Jorge González se sintió cómodo o, más que eso, respetado.
Este formoseño que llegó a los Estados Unidos por sus 2,31m, seleccionado en un lejano puesto del draft por Atlanta Hawks, bien pudo ser el primer argentino en la NBA. Pero adaptarse a la rutina profesional fue una barrera que jamás superó.
Igual, en la tierra de las oportunidades, pudo firmar un contrato por tres años con una de las destacadas competencias de lucha libre. Allí consiguió el salario que el básquetbol no pudo darle. Es curioso cómo la dignidad puede llegar a vincularse con las posibilidades económicas. Tener un mejor pasar, al menos por un tiempo. Igual, él bien sabía que el interés, en ese caso, era otro. Cobró más dinero que nunca para ser presentado prácticamente como un fenómeno de circo. Lo comprobó cuando su salud se deterioró y lo desplazaron sin más.
Por lo demás, la vida para un hombre que mide 2,31m es casi imposible. Sólo él pudo saber lo que se sentía. Nació en un planeta que no le correspondía. Un mundo en el que no había nada para él. Ni zapatillas, ni ropa, ni camas, ni transportes. Todo lo que se le proporcionaba debía ser especial, único, diferente. Más allá de los afectos, de aquellos que lo quisieron y lo acompañaron, el resto del mundo le recordó permanentemente que era un extraño. Aun cuando la intención era buena, como la ayuda que recibió de la Confederación Argentina de Básquetbol, todo era insuficiente.
Sufrió sus últimos años, tratando de explicar que no quería vivir de la caridad, y hasta reconociendo alguna vez que no era fácil pensar en seguir adelante en sus condiciones. "Sobreviviendo como puedo", decía, incomprendido. La gigantoacromegalia derivó en la diabetes que lo dejó postrado. Antes, había visto la vida por encima de todos. Tuvo sus buenos momentos, sus alegrías. Pero desde allí arriba observó también una realidad que ningún otro ser humano desearía ver jamás. Algo que no pudo explicarle a nadie. Una carga mortificante y eterna. El Gigante pagó con sufrimiento esa vida casi imposible. Esa que ayer, a los 44 años, se terminó
