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PARIS.- La historia acerca imágenes de 1990. De mayo, más precisamente. En el estadio Maksimir, de Zagreb, se medían el Dynamo local con Estrella Roja. Era más que un clásico. Se trataba de un duelo nacionalista entre croatas y yugoslavos.
Resulta que, en determinado momento, los hinchas de Estrella Roja comenzaron a agredir a sus pares de Dynamo (hoy Croatia Zagreb, como para desterrar aquel nombre "yugoslavo") y la policía entendió -o quiso entender- que la culpa era de los croatas. Ergo, comenzó a reprimirlos.
El caos se atomizó al punto que los jugadores debieron guarecerse en los vestuarios. Pero Zvonimir Boban no lo hizo. El se dirigió derechito a la tribuna y comenzó a defender a su gente. Un policía serbio le advirtió que saliera del medio, pero él se negó y, tras algunos segundos de fricción, lo golpeó y lo envió sin escalas al hospital. Veinte días debió desaparecer del mapa para no ir a prisión. Las casas de los amigos, alternativamente, se convirtieron en refugio para el fugitivo Zvone, como su gente lo llamaba.
Lo suspendieron por ocho meses hasta que las escenas del combate, divulgadas por la televisión alemana, convencieron a los dirigentes de la federación yugoslava de que debían reducir la pena. Quedó en cuatro meses la imposibilidad de jugar oficialmente. Y, con esos días, también se le cercenó el derecho de disputar el Mundial de Italia.
A él jamás le importó. "Hice lo que debía", recuerda hoy, ocho años y pico más tarde.
Para los croatas se convirtió en un héroe, en un defensor de la causa secesionista. Y ni qué decir cuando, con el estallido de la guerra civil, Boban se encargó de financiar el envío de ambulancias y camiones con medicamentos para ayudar a sus compatriotas necesitados. A partir de entonces, Zvone es una especie de bandera para el pueblo croata.
Lo admite Miroslav Blazevic, el entrenador de su seleccionado: "Sí, sí, él es un héroe para Croacia".
Boban suele ser un poco más tranquilo. Prefiere no llamarse "héroe" y antepone razones bastante atendibles: "No, por favor, héroes son los que dieron su vida por la liberación de Croacia. Yo no soy un héroe".
Cuentan que se recibió de humilde en Italia, cuando llegó al club Milan y Berlusconi lo mandó enseguida a Bari, equipo con el que se fue al descenso. "Ahí aprendí lo que era el sacrificio", admite.
Después sí llegó lejos, tal como muchos previeron en el Mundial Juvenil de 1987, aquel en el que Yugoslavia se consagró campeón. De cualquier manera, nunca supuso que su camino se estiraría hasta las semifinales de una Copa del Mundo de esas que juegan los grandes. "Tengo que ser sincero: yo me conformaba con pasar la primera rueda. Pero ahora doy hasta el alma por Croacia", asegura.
¿Podrá? "Mire, yo soy parte de una generación especial de mi país. Yo jugué aquel Mundial juvenil con Suker, Prosinecki, Stimac y Jarni. Crecimos juntos, nos hicimos amigos, ayudamos a que el grupo se hiciera fuerte en los peores momentos. Nosotros no somos como Yugoslavia, que se perdía en las ocasiones importantes. Nosotros no tenemos esa mentalidad tan típicamente balcánica. Nosotros somos ganadores desde adentro. Y no estamos hechos, más allá de que nuestra Mundial ya sea fantástico."
Habla con un convencimiento tan grande que contagia. Y que emociona. Y lo dice desde su posición de casi héroe. Porque, aunque prefiera esquivar semejante elogio, él sabe todo lo que representa para su gente. Por eso juega por el honor y la felicidad de su pueblo. Por eso defiende tanto sus convicciones. Y por eso, también, es el líder de esta pequeña y sorprendente Croacia que pretende dibujar un poco más la historia del fútbol. En su primera participación en un Mundial los croatas ya consiguieron estar entre los cuatro mejores, hoy, ante los franceses, van por más. Impulsados por ese amor propio que los distingue. Para cerrar heridas.

