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Escondió un alma de niño grande detrás de esa guapeza que lo personificaba como un peleador inexpugnable. Mixturó, quizá como pocos, esa personalidad bravucona y verborrágica con la ternura del grandulón que derrochaba corazón desde los ravioles que preparaba Doña Dominga, la vieja . Oscar Natalio Ringo Bonavena quedó indentificado tan fuertemente con el porteño barrio de Parque de los Patricios que sonó absurda su muerte tan lejos, en el umbral del Mustang Ranch, un burdel ubicado en los arrabales de Reno, en los Estados Unidos.
Aquel sábado 22 de mayo de 1976 cobraba dimensión el régimen del teniente general Jorge Rafael Videla, que dos meses antes había desalojado del gobierno a María Estela Martínez de Perón. Los diarios de ese día repartieron sus portadas entre los primeros pasos del mandatario de facto, la aparición del cadáver del político uruguayo Zelmar Michelini, secuestrado días atrás en la Capital Federal, y la tensión en Uruguay entre civiles y militares que pugnaban por el control del poder.
Compartiendo el noticiario de un momento oscuro, la muerte de Bonavena o la inocencia de un quijote que a ciegas tentó al peligro. El hombre que no midió riesgos al enfrentarse con un oponente que lejos estaba de utilizar guantes sobre un ring. La insolencia de Ringo, de 33 años, se topó con el escopetazo de Willard Ross Brymer, un matón que resguardaba la espalda de Joe Conforte, propietario del Mustang y con quien Ringo había firmado un contrato para seguir peleando. El hecho naufragó en la confusión y Brymer salió en libertad tras pagar una fianza.
Ringo siempre manejó muy bien su condición de ídolo con una dosis -a veces desmedida- de provocación. Tal vez por ello se vio forzado a abandonar su carrera amateur por un mordiscón que le dio al norteamericano Lee Carr, en los Panamericanos de 1963, en San Pablo.
Ponía el alma para pelear y también para dejar a un costado sus limitaciones técnicas y esos pies planos que lo obligaban a arrastrarse sobre el ring. Fue el peso pesado argentino más emblemático, después del mítico Luis Angel Firpo.
Sin embargo, Bonavena nunca consiguió un triunfo resonante contra los rivales de primer nivel. Eso sí, sólo el gran Muhammad Alí se dio el gusto de vencerlo por KO, en aquella inolvidable noche del Madison Square Garden, de Nueva York, en la que Ringo sucumbió cuando faltaban segundos para el final del 15° asalto. Después sufrió derrotas por puntos ante Joe Frazier (fueron dos, la última por el título mundial pesado), Jimmy Ellis y Floyd Patterson.
Paralelamente, Ringo explotó su extraversión en comerciales, series de TV (hay un sketch imperdible junto con Pepe Biondi) y en frases salidas de su boca que lo convirtieron en una verdadera usina del ingenio popular ("La experiencia es un peine que te dan cuando te quedás pelado", fue una de tantas). Los colores de Huracán pintaron sus días y se convirtió en un asiduo plateísta del estadio Tomás A. Ducó, en aquellos años felices de 1973.
Las camisas floreadas, el habano, la voz de pito, la mandíbula prominente... Ringo fue un personaje popular por donde se lo mire, que ganaba títulos argentinos, los perdía por inconducta y volvía a conquistarlos. Abarrotaba el Luna Park con los que lo amaban y con los que querían verlo noqueado y él respondía con morisquetas y palabras picantes.
Aquella sonrisa tierna, altanera, se apagó hace ya 25 años, junto con la luz que dejó de brillar para siempre en la modesta casa de Treinta y Tres Orientales y Caseros. Abruptamente, confusamente, desterrado en la desde entonces legendaria Reno, cuando su rústica ingenuidad se entrometió en terrenos demasiado intrincados y peligrosos para ese par de músculos despojado de maldades.
Víctor Emilio Galíndez era atendido en un hospital de Johannesburgo y el mensaje le cayó como un mazazo al corazón. "Mataron a Ringo", le dijeron con voz seca. Se le congeló la sonrisa y empezó a soltar lágrimas. Atrás había quedado la epopeya con su rostro bañado en sangre y el KO fulminante sobre el norteamericano Richie Kates, para retener el título mundial semipesado, en el Rand Stadium colmado por 42.000 espectadores.
Las heridas, provocadas por los cabezazos de su rival, no detuvieron a Galíndez. Fue un toro embravecido, atropelló por puro instinto. El árbitro griego nacionalizado sudafricano Stanley Christodolou, lucía su camisa teñida de rojo por que argentino se limpiaba la sangre para poder ver a su oponente. En el 15° y último asalto, Galíndez envió a Kates a la lona. Cuatro días después, en su regreso, una caravana lo acompañó desde Ezeiza hasta el Luna Park. Allí, le brindó un homenaje a su amigo Oscar Ringo Bonavena, cuya muerte le otorgó un sinsabor a una fecha que parecía quedar para la posterioridad como el día nacional del coraje.
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Bonavena, un trapecista de la vida


