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A Bill Shankly, un director técnico escocés que durante la década del 60 dejó un recuerdo imborrable en el Liverpool al crear una mística de equipo que se transformó en un credo para el club inglés, le gustaba repetir en el vestuario que "el fútbol no es una cuestión de vida o muerte, sino algo mucho más importante". Una exageración que no deja de tener un amplio poder descriptivo y que parece hecha a medida cada vez que hay que ambientar un superclásico argentino. Boca y River la recrean siempre en la inminencia de otros 90 minutos.
El Clausura transita su línea media, con la disputa de la 10a. fecha, y el superclásico llega con su carga de ansiedad previa y el peso de su influencia posterior. Todo en la Bombonera, a partir de las 17.10.
La mirada previa a un choque de este tipo suele tener más de una realidad. Una es la que indica las posiciones, vara de medida que favorece ampliamente a River, con su cómodo liderazgo. No pecan de presuntuosos sus jugadores cuando vaticinan que un triunfo los pondría en la antesala del título, porque al valor matemático habría que agregarle el envión anímico. Boca se encuentra a diez unidades, en un límite: saber que está más para hacerle un favor a los perseguidores de River que para ilusionarse con retener el título.
Hay otra realidad que es la proyección de la historia reciente, en la que River vivió a la sombra de Boca. La paternidad de la última década es marcada. Y esto condiciona: Boca la vive con ánimo de invencible, más allá de las circunstancias de cada encuentro, y River la soporta como una mezcla de fatalismo y calvario al que no le encuentra la vuelta. En mentalidad, la tabla muestra a Boca bastante por encima de su rival. Un empate es un buen resultado para River, pero no lo redime de su deuda con la historia reciente.
Pasemos a la realidad de los jugadores: Boca ya no cuenta con Palermo, un eterno verdugo de River. Muchas miradas recaerán en Riquelme, que suele estar a la altura de lo que exige un clásico. Volverá Ibarra, importante por experiencia y proyección. Pérez y Rodríguez o Imboden tendrán su bautismo en choques oficiales.
La bandera de River es Saviola, hasta ahora más decisivo en los clásicos jugados en el Monumental que en la Bombonera. Habrá que ver cómo se acomoda el equipo a la ausencia de Coudet, vital en los últimos encuentros por su llegada al área; lo reemplazará alguien de características diferentes: Guillermo Pereyra, más apto para la recuperación que para el ataque, más allá de su respetable juego aéreo. En la continua rotación de números 3, Gallego se inclinó por la dureza de Sarabia. En un puesto siempre tan observado como el del arquero, Costanzo vivirá su primer clásico oficial.



