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LA PLATA.– Héctor Ricardo Sotelo movió la cabeza hacia los costados y lanzó un gancho con la izquierda: su sparring perdió el equilibrio. Dos directos. Otro gancho, menos potente. Se detuvo. Una lámina de sudor, espesa como el aceite de oliva, cubría su cara.
A su lado había unos hombres de uniforme celeste que sonreían y le decían “campeón” y, más atrás, unos barrotes. Sotelo también sonreía, aunque él, a diferencia de los de celeste, está preso en la Unidad Nº 23, en Florencio Varela. Sonreía porque hoy ocurrirá algo extraño: Sotelo –que no goza de beneficios excarcelatorios– fue autorizado por el Tribunal en lo Criminal Nº 5 de La Plata a salir del presidio para enfrentar, en la Federación Argentina de Box (FAB), a Miguel Angel “Tommy” Aguirre. Es una pelea profesional, que empezará a las 22.30. Después, volverá a la cárcel, donde llegó en septiembre de 2004, sospechado de conducir un camión robado. No sabe cuándo saldrá en libertad: aún está procesado.
“Pegate un baño, que dentro de dos horas es el pesaje”, le dijo uno de los oficiales del Servicio Penitenciario. El boxeador asintió y escupió el protector bucal sobre su guante. Otra vez mostró los dientes y contó que el de adelante que le falta lo perdió en Panamá, en una pelea que ganó Luis Pineda. Porque Sotelo era boxeador profesional antes de caer preso.
Las cosas no suelen ser fáciles para los chicos del conurbano. Ese lugar invadido por la miseria, donde las fábricas van a derramar sus desechos misteriosos y la Argentina, el fracaso manifiesto. Allí nació el boxeador. Fue en Avellaneda, hace 31 años. Sería el primero de los ocho hijos de Héctor Osvaldo Sotelo y Jesús Benavídez. La familia se mudó a Florencio Varela. El padre puso un bar y, en los ratos libres, se dedicaba al boxeo amateur. La madre se ocupaba de los chicos.
“Al boxeo lo llevo en la sangre. Mi papá, que falleció, jugaba conmigo y me decía que yo también tenía que ser boxeador. Los amigos del bar también lo decían, así que algo debía tener yo”, cuenta en la cárcel.
Algunos de los chicos del barrio se hicieron delincuentes. Eso fue hace tiempo, en los primeros años de la década pasada. Sotelo no se vinculó con el hampa. No en ese entonces. “A los 18 años empecé a entrenar en serio, en la Sociedad de Fomento Monteverde, que estaba ahí nomás, a cuatro cuadras de casa”, dijo. Aprendió rápido. Fue uno de los pupilos del cubano Sarbelio Fuentes, contratado por la FAB entre 1994 y 2000 para darle impulso al boxeo amateur. Sotelo estuvo tres años en el seleccionado. Fue capitán del equipo y campeón argentino.
“En el 95 estuve en los Panamericanos de Mar del Plata. Y después conocí un montón de países: Panamá, Alemania, Cuba, Venezuela... Más tarde me pudrí de los viajes. Quería estar con mi mujer. Estar cerca”, relató.
Entonces, dio el paso: se convirtió en profesional. Lo dirigía el santafecino Amílcar Brusa, ex conductor de Carlos Monzón en tiempos de gloria. Sotelo tenía condiciones. Era un semipesado potente, y el 25 de noviembre de 2000, le quitó el título de campeón argentino a Miguel Robledo.
Luego, tiempo de guantes colgados. La carrera de Sotelo empezó a declinar. No se entrenaba lo suficiente. “No sé.... No me tenía confianza. Mi mujer [Isabel, con quien está desde hace 12 años y acaban de tener su primer hijo, Alfredo Osvaldo] me decía: Mirá lo que sos. Me decía que era bueno. Y me mostraba las revistas –tomó una que estaba en una mesa, al lado de unos guantes rojos: en la portada estaba Nicolino Loche–. Pero yo no me tenía confianza. Quise suicidarme algunas veces...”.
La última pelea fue el 15 de febrero de 2003, en Carlos Paz. Perdió por puntos, contra Hernán Garay. Para entonces, ya había probado la cocaína y la marihuana. “Pero no me hice adicto”, confesó. Después fue lo del camión. No quiso hablar de eso. Está bien. No es una historia de piratas del asfalto.
Ahora, este hombre sólo quiere volver al ring. Por eso, todos los días se levanta a las 6.30 y se entrena. Después trabaja, limpiando la escuela del penal. Y estudia. Ayer recibió una medalla por obtener el mejor promedio, y acaso dentro de dos años termine el secundario. Por las tardes, también se entrena.
“Bajé más de diez kilos. Ahora peso 90,700”, dijo. A pesar del calor, Sotelo no se quitó el equipo deportivo. Apenas abrió el cierre de su campera para mostrar una camiseta de Racing. “Este Tommy [por Aguirre] es campeón sudamericano. Yo tengo un gancho que... bluuum... Lo único que quiero es terminar con las manos en alto.”
LA PLATA.- En febrero último, las cosas empezaron a cambiar para Héctor Ricardo Sotelo. El encierro en la Unidad Nº 23 ya no iba a ser tan duro: le permitieron empezar a entrenarse. O sea: recuperar parte de su vida como boxeador.
El 8 de junio, el Servicio Penitenciario organizó una exhibición de boxeo en esa cárcel. Estuvieron Jorge "Locomotora" Castro, Marcelo Domínguez y Raúl "Pepe" Balbi, entre otros boxeadores. Sotelo -que enfrentó en dos rounds a Castro y a Domínguez- ya conocía a estos hombres, quienes volvieron al penal a visitarlo. Sobre todo Castro, de quien fue sparring hace ya mucho tiempo.

