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Hay que creerles a los jugadores profesionales cuando se sienten afortunados de la vida por ganarse el pan, granjearse la simpatía de los demás y sentir cada tanto algunas palmaditas de la gloria a través de una actividad que siempre es elegida y jamás impuesta: jugar al fútbol. Hasta tienen la pertenencia a una minoría privilegiada; porque por cada uno que llega al reconocimiento público y al bienestar personal, siempre habrá varios más que ahogan en el anonimato las penas de haberse quedado en el camino.
Son tiempos en los que la aptitud vocacional realizada tiene una alta carga de sufrimiento. Y cuando ya no se empieza a disfrutar con lo que se hace, todo es más vulgar y decadente. Hoy en día, al jugador de elite le cuesta cada vez más mantenerse en el pedestal. Por cada poco que juegue, que demuestre, que deslumbre y justfique antecedentes, escucharemos mucho de cansancio, saturación, lesiones, fatiga, acumulación de esfuerzo.
Calendarios atiborrados de competencias por los intereses de los clubes y de las asociaciones nacionales e internacionales, insaciables a la hora de servirse del plato del dinero. Campeonatos locales, copas, partidos de seleccionados... Una secuencia que no admite respiros, porque el negocio no puede detenerse, aunque la materia prima se deteriore y no pase la prueba de calidad. Total, si ya es una verdad asumida con resignación que cada vez se juega un poco peor. Que el fútbol creció en todo lo periférico -TV, merchandising, participación empresarial, transferencias- y se estancó dentro de la cancha. Que está permitido aburrir, pero de ninguna manera hay licencia para perder en nombre de un estilo que busque ganar asumiendo más riesgos que los que permite el mercado. Porque el dinero impone prácticas especulativas para protegerlo y multiplicarlo, y entonces esa misma teoría es llevada a los campos de juego. Se invierte en grandes delanteros, personajes llamados a hacer su parte en soledad, la que les impone esquemas tan defensivos y conservadores como olvidables.
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Agrandar la torta no significa dejar satisfechos a los invitados de las tribunas. La Liga de Campeones de Europa se desnaturalizó al franquear el acceso a equipos que terminaron en el segundo, tercero o cuarto puesto en sus ligas locales. La UEFA tuvo que agrandar el cupo y repartir más dinero para que los equipos grandes no se les rebelaran y armaran su propia competencia. Consecuencia: una rueda clasificatoria con 32 equipos y un nivel apenas discreto. Una etapa de "fúbol descafeinado", como la bautizó Johan Cruyff, o de "fútbol fast-food", como la definió el periodista español Santiago Segurola.
Una rueda que se justifica sólo para disfrutar con el Barcelona, convertido en la rara avis de todo el panorama descripto anteriormente. Fútbol de ataque, de toque por norma y de pelotazo por excepción; de gran circulación para confluir en el área rival como objetivo esencial. Y claro, con los jugadores que tiene; así cualquiera, pensará más de uno. Es cierto, Van Gaal dispone de Rivaldo, Kluivert, Figo, Luis Enrique, Guardiola, los mellizos De Boer. Pero tiene la decisión de ponerlos juntos y los aprovecha con un planteo audaz. Para valorar esto no hay más que recordar desperdicios recientes: como Cesare Maldini, que en el Mundial 98 incluía a Baggio o a Del Piero, pero nunca a los dos juntos; o a Passarella y a Hoddle, reteniendo más de la cuenta en el banco a Gallardo y Owen, respectivamente; o a Eriksson, que en Lazio sacrificó a Salas en el sprint final del calcio y perdió la Liga ante Milan por amarrete. Los jugadores del Barcelona son afortunados: el equipo siempre tiene lugar para los mejores.


