Del 7-1 a la corrupción: motivos de la decadencia de Brasil

Phillip Lahm consuela a un abatido Oscar tras el 7-1 en Belo Horizonte
Phillip Lahm consuela a un abatido Oscar tras el 7-1 en Belo Horizonte Crédito: dpa
Luego de la eliminación en las semifinales del último Mundial como local, la 'verdeamerela' va por una revancha en la Copa América del Centenario en Estados Unidos
Ignacio Naya
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30 de mayo de 2016  • 14:18

RIO DE JANEIRO (dpa) - El 8 de julio de 2014 algo se rompió en el fútbol brasileño. Aquel día, miles de "torcedores" lloraron mientras millones de espectadores en todo el mundo asistían atónitos al 7-1 con el que Alemania vapuleó a Brasil en Belo Horizonte, en las semifinales del Mundial organizado en el "país del fútbol".

Dos años después, la pentacampeona mundial afronta la Copa América Centenario sumida en el desconcierto. No contará con su mejor hombre, Neymar , que fue incluido para los Juegos Olímpicos, pero eso no es lo más importante.

La clave para Brasil es diagnosticar su enfermedad y encontrarle cura, algo que no se antoja sencillo, a juzgar por la posición que ocupa actualmente en las eliminatorias sudamericanas al Mundial de Rusia 2018, donde es sexto y, por lo tanto, está fuera de los puestos clasificatorios.

Por primera vez en ocho años, un brasileño, Neymar, estuvo presente en enero entre los finalistas de la gala al mejor jugador del año de la FIFA. Pero la crisis de talento por la que atraviesa el país parece aún lejos del final. Entre los 23 jugadores más votados para el premio, el único brasileño era el delantero del Barcelona.

Desde que Kaká, que fue el encargado de darle el galardón al argentino Lionel Messi, ganó en 2007, ningún futbolista "verdeamerelo" había vuelto a asomar por los primeros lugares del prestigioso premio.

Desde que la revista "France Football" abrió el premio a los no europeos en 1995, Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho y Kaká levantaron el preciado balón dorado. Pero entre los tres primeros se colaron también jugadores como Roberto Carlos o Deco, que aunque se nacionalizó portugués, es producto de la factoría brasileña.

Eran los años en los que Brasil encadenó tres finales mundialistas seguidas: la que ganó en Estados Unidos 1994, la que perdió en Francia 1998 y la que volvió a conquistar en Corea/Japón 2002. Eran tiempos en los que parecía que el talento brasileño no tendría fin.

En 2006 y 2010, sin embargo, Brasil cayó en cuartos de final. Y en 2014, pese a que llegó a semifinales, la debacle fue total. El 7-1 ante Alemania fue la mayor humillación sufrida por el orgulloso balompié brasileño en toda su historia. Un año después, ya bajo el mando de Dunga, Brasil volvió a decepcionar en la Copa América de Chile, donde cayó en cuartos de final ante Paraguay.

¿Qué ha pasado? "Hemos tenido la suerte durante mucho tiempo de tener generaciones y generaciones de cracks, pero hoy por hoy no es suficiente con dos o tres estrellas. Hay que prepararse y tener un plan a medio y largo plazo", dijo a dpa el periodista Jamil Chade, autor del libro "Política, Propina e Futebol", en el que denuncia la corrupción en la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF).

El reportero de "O Estados de S. Paulo" cree que eso es imposible bajo las condiciones del contrato de venta de los amistosos de la selección, que entre otras cosas estipula que si un futbolista de primer nivel no puede jugar por lesión deberá ser reemplazado por otro con "el mismo valor de marketing".

"No es que cumpla el mismo objetivo sobre el campo para el técnico, no, es que tenga el mismo valor comercial. Ahí queda muy claro que el objetivo de ese partido no es el fútbol. En términos financieros funcionó muy bien, pero en términos deportivos empezamos a descubrir que hemos sufrido", denunció Chade, muy crítico con la dirigencia futbolística de su país.

Los tres últimos presidentes de la CBF -Ricardo Teixeira, José Maria Marin y Marco Polo del Nero- están procesados por la Justicia estadounidense en el caso "FIFAGate", acusados de recibir sobornos en la venta de los derechos comerciales de competiciones nacionales e internacionales.

Ellos fueron también los responsables de organizar un Mundial que, según los datos, costó en estadios lo mismo que Alemania y Sudáfrica gastaron juntas. Y también los que pusieron al frente del proyecto deportivo a Mano Menezes para cambiarlo apenas un año y medio antes del torneo por Luiz Felipe Scolari.

Ningún brasileño se encuentra tampoco actualmente dirigiendo a alguno de los grandes clubes europeos. Y Dunga, seleccionador nacional, apenas tiene otra experiencia en los banquillos que la de sus dos etapas con Brasil.

Cinco títulos mundiales y jugadores como Pelé, Garrincha, Sócrates, Rivelino o Tostão dieron a Brasil el derecho a autodenominarse "pais do futebol", pero según señala el profesor universitario Oliver Seitz, especializado en la industria del fútbol, la asistencia a los estadios en Brasil fue siempre limitada.

Desde los años 70, dice en un artículo publicado en el blog del periodista Juca Kfouri, la media de asistencia a los partidos es de unas 15.000 pesonas. "¿Por qué entonces todo estadio nuevo debe ser para 45.000?", se pregunta. "Obviamente, los estadios están vacíos y abandonados. Pero eso no es la crisis. Es vivir una ilusión irracional".

Pese a todo, Marco Polo Del Nero, último representante de un grupo de poder que se mantiene en la CBF desde hace décadas, sigue en su puesto de jefe del fútbol brasileño, a diferencia de la mayoría de los jerarcas sudamericanos, borrados del mapa por el "FIFAGate", o de su antecesor, José Maria Marin, que fue encarcelado en la famosa redada en el hotel Baur au Lac de Zúrich en mayo de 2015.

"Reconstruir un sistema establecido durante 30 años no se hace de la noche al día", aseguró Chade. "El 7-1 fue simbólico, generó para mucha gente un desencanto total. Pero si Brasil, por primera vez, no se clasifica al Mundial, será un golpe mortal. No sólo la gente se dirá dónde hemos llegado, sino que habrá pérdidas económicas muy fuertes para los inversores. Y van a decir basta. Esto no puede seguir. Si no se clasifica, mi previsión es que será el fin de la transición que empezó con el 7-1, que pasó por las encarcelaciones y que terminaría con un descrédito total en el mundo".

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