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Aprovechar el deporte para obtener ventajas políticas no es, evidentemente, nada de lo que puedan escandalizarse Mauricio Macri o Sergio Massa, aunque la inusual reunión boxística del viernes en ese también inusual reducto que es Villa La Ñata los dejó como aprendices de Daniel Osvaldo Scioli, el ex motonauta que quiere ser presidente. Si algunos lo acusan de haber competido en los 80 y en los 90 contra apenas una lancha en el camino a sus ocho títulos mundiales, esta vez son dos -y fuertes- los rivales, lo que confirma que la política es bastante más dura que el deporte.
Así como no existen estudios que mensuren cuán gravitante fue y es para la imagen positiva y la empatía que genera Scioli el tremendo accidente que le costó la pérdida del brazo derecho, tampoco los hay acerca de las ventajas que reporta en general la utilización política del deporte. El gobernador le contó el jueves por la noche, con genuina emoción, a Alejandro Fantino cómo rescató de la calle a Ramírez, "el Tyson del Abasto", un joven al que ayudó a levantarse ya dos veces cuando estaba claramente en la lona. Que la emoción de Scioli al recordarlo fuera sincera no impide preguntarse cuántos votos se ganan recuperando en prime time ese recuerdo, porque el sueño de ser un héroe del deporte atravesó la infancia y la adolescencia de millones de argentinos. El de ser político, a bastantes menos. Por ahí pasa también la ecuación que lleva a las urnas. No hay dudas de que Macri sería menos Macri de no haber sido presidente de Boca Juniors, ni de que por algo Massa se valió o vale de Tigre, Juan Martín del Potro o incluso Roger Federer para ligar su imagen al deporte, ese intangible de emociones y simpatías transversales imposibles de generar en la política.
Así como es dudoso el beneficio que le genera a la provincia de Buenos Aires una noche de boxeo en casa a un costo de un millón de dólares, sin dudas rendían mucho más a efectos de promoción turística los (¿diez?) millones que Scioli sacó del bolsillo bonaerense para la final de la Copa Davis en 2008, en Mar del Plata. Pero aquella historia terminó en catástrofe -que el avión de la gobernación se convirtiera en taxi de jugadores ayudó lo suyo-, lo que confirma que el deporte tiene sus propias reglas.
@sebastianfest


