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Admiraba a Dante Panzeri sin advertir que también él se había convertido en el fiscal del deporte argentino. Diego Bonadeo jamás buscó complacer: pensaba a contramano de lo establecido y amaba la polémica esclarecedora. "Soy medio cabrón, pero voy de frente. Y soy arbitrario, pero no necio", admitía.
Cada tanto sonaba el teléfono y del otro lado aparecía su voz de cascarrabias sólo para preguntar: "¿Viste lo que hizo Iniesta? ¡Qué maravilla!". Emparentado desde siempre con la belleza del fútbol -aunque el deporte que le corría por las venas era el rugby- se lo veía más menottista que César Menotti y, en la última década, acaso más guardiolista que Pep Guardiola.

Había nacido en febrero de 1939 y desde una posición desahogada se dedicó con pasión al periodismo. Se inició en LA NACION con poco más de 20 años, teniendo a Alberto Laya como maestro, y al poco tiempo abrevó en la revista El Gráfico, bajo la mirada de Panzeri. "Estar ahí era como tocar el cielo con las manos -aseguraba-, lástima que esa etapa duró poco".
Editó la revista especializada Tercer Tiempo y formó parte de un equipo que marcó época en la radio, el de Sport 80. Aunque quizá se lo recuerde más por haber sido conductor del desprejuiciado ciclo "Fútbol prohibido", que hizo del ataque contra el monopolio del fútbol su razón de ser.
Gracias a su chispa y el filo de su inteligencia, se destacaba especialmente con el micrófono más que con el teclado. Su sentido del oficio, audaz y frontal, inspiró a muchos jóvenes que, ya mayores, inundan las redacciones y los estudios de radio y TV.
Nunca se calló nada. "A Bielsa lo quiero para la vida, no para el fútbol", solía elogiarlo. Hasta sus amigos afrontaban su brutal franqueza.
Simpatizante del socialismo, llegó a ser concejal de Vicente López por el Frente Grande; dejó su cargo asqueado por los enjuagues de la política. Militó un tiempo en torno a la Coalición Cívica, no ocultaba su desencanto con el curso del país en los últimos años. Padre de cuatro hijos, es el mayor, Gonzalo - al que adoraba-, quien mantiene vivo el romance del apellido con el periodismo.


