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LA PLATA.- René Favaloro nunca ocultó sus preferencias futbolísticas con Gimnasia y Esgrima; tampoco escondió su orgullo de haber vivido en El Mondongo, el barrio más tradicional de esta ciudad.
Por eso el cálido homenaje a ocho días de su muerte; por eso, también, el minuto de aplausos, que le desplazó al clásico minuto de silencio. Gimnasia le rindió tributo a su memoria: antes de comenzar el partido se izó la bandera argentina, con un crespón negro, a media asta.
El recuerdo se cubrió de presencias de dirigentes de varias épocas de Gimnasia, de legisladores y de hasta una gloria de la entidad, que dejó caer unas lágrimas: Francisco Varallo. Gimnasia, fundado por un grupo de hombres de la alta aristocracia, abandonó su origen y le dio paso a la pasión popular, impulsada, a principio de siglo, por los obreros de los frigoríficos de Berisso y los estudiantes universitarios, al que estaba ligado el entonces joven Favaloro.
El cardiocirujano -que fue miembro del Tribunal de Honor del club- jamás sintió tan cerca la pasión del hincha como en la final en la que Gimnasia venció a Racing y regresó a la primera división, en 1984. O aquella frustración de 1995, cuando en la última fecha, tras caer ante Independiente, resignó el título que quedó en manos de San Lorenzo.
Dos hitos en los que Favaloro no pudo contener su desborde pasional. Entonces, nada quedaba del profesional aplomado, mesurado. En la cancha ganaban los nervios.
Pero, ¿quién era Favaloro en la cancha? Simplemente un fanático, apasionado como pocos. Muchos recuerdan que cuando Gimnasia fracasó en la obtención del título, en 1995, Favaloro dijo: "Fue un duro golpe al corazón. Me voy profundamente triste".
Favaloro solía manifestar que el ser humano puede cambiar de ideología política, de religión o de profesión, pero debía mantener inalterable su condición de simpatizante de un club. Y él nunca ocultó su fatismo por la camiseta tripera.


