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Entre dos cámaras de gas, una cancha de fútbol. En un arco ataja Ron Jones, cabo de 23 años del ejército galés, prisionero de guerra desde 1942. De lunes a sábado, trabaja doce horas diarias en el sector E715 para la fábrica de caucho sintético IG Farben. Por las noches escucha disparos. Provienen del vecino Auschwitz III o Monowitz, el mayor campo de trabajo forzado en Auschwitz. Hay prisioneros polacos, disidentes y homosexuales. Los que no resisten son trasladados a las cámaras de gas de Birkenau (Auschwitz II). Allí, en el medio de ambas cámaras, está la cancha. El primer domingo de fútbol, Jones ve “esqueletos que caminan”. “¿Quiénes son estos pobres diablos?”, pregunta. “Judíos”, responde un soldado nazi. En pleno partido, siente un olor nauseabundo. Prisioneros polacos le cuentan que los judíos son asesinados en las cámaras. No les cree. Jones sigue jugando fútbol con su buzo de selección de “Gales”. La Cruz Roja entregó también juegos de camisetas de “Inglaterra”, “Escocia” e “Irlanda del Norte”. Los guardias más jovenes hacen de hinchas. A las pocas semanas, Jones acepta la verdad. “Puede sonar loco, pero tengo buenos recuerdos de esos partidos. Un gol, una atajada, discutir un off-side, eran el único modo de no quebrarse, de no pensar que podíamos ser los siguientes”. Jones muestra la foto de su equipo. Él está en el centro, de pie. El nazismo había prohibido que siguiera jugándose fútbol en Polonia. No en Auschwitz. “Señor”, pidió el papa Francisco la semana pasada en su visita al campo de exterminio, “perdón por tanta crueldad”.
Ron Jones recién pudo volver a hablar de Auschwitz después de ver en 1993 La lista de Schindler. Y a sus 96 años de edad, ayudado por el periodista Joe Lovejoy, presentó en 2013 el libro “The Auschwitz goalkeeper”. Volvió a Polonia. Recorrió otra vez el mayor de campo de concentración de Hitler, a setenta kilómetros de Cracovia, donde fueron exterminados más de 1,1 millones de personas. “El fútbol salvó mi vida”. Esos partidos de los domingos –le dijo a Lovejoy– lo ayudaron a sobrevivir luego en “La Marcha de la Muerte”. Semanas y semanas caminando por Polonia, Checoslovaquia, Alemania y Austria. Conscientes de que llegaban las tropes soviéticas, los nazis vaciaron Auschwitz. Querían borrar el horror. Decenas de miles de prisioneros murieron en esas caminatas por la nieve. Jones perdió cuarenta kilos pero llegó vivo. Por Monowitz pasó también el tunecino de familia sefardí Víctor Young Pérez, un peso mosca que en 1931, con apenas 20 años, se había coronado como el campeón mundial más joven de la historia. Una gloria en Francia y quien, según un relato de Paul Steimberg en “Crónicas de un mundo oscuro”, fue obligado a combatir en Auschwitz contra un soldado alemán que pesaba treinta kilos más. De Monowitz sobrevivió, "La Marcha de la Muerte" incluida, Elie Wiesel. “Ay de la humanidad,”, escribió una vez el ganador del Premio Nobel de la Paz en 1986, “que pretende dejar la memoria a cargo de los muertos”.
La primera mención a una cancha de fútbol en Auschwitz fue acaso la del sobreviviente Joseph Zalman Kleinman al testimoniar en 1961 contra Adolf Eichman. “¡Miren! Una cancha para que podamos jugar al fútbol después de trabajar”, cuenta que dijo el escritor húngaro Imre Kertesz cuando vio el campo de juego. Tenía 14 años. Citó la cancha el escritor estadounidense Gerald Posner. El polaco Tadeusz Borowski escribió en un libro que a su espalda, en medio de un partido, tres mil personas eran enviadas a las cámaras de gas. Su compatriota John Wernicki recuerda a “Tato”, el hombre que cuidaba la cancha. William Schick, futbolista semiprofesional checo, cita a un amable oficial nazi que formó un equipo en el sector B2B para enfrentarse con otra escuadra de prisioneros. Y otro sobreviviente, el gitano alemán Walter Stanoski Winter, incluye en un libro el capítulo “Football matches”. Alguno de esos partidos, cuentan otras crónicas, tuvo como árbitro a Leo Goldstein, que, dos décadas después, fue juez de línea en el Mundial Chile 62. En el gueto Therensenstadt, de Praga, los propios nazis difundieron que dejaron jugar a los prisioneros judíos la Liga Terezin (youtube.com/watch?v=xLlzC-qZWt8). Y también hubo fútbol en los campos de concentración de Dachau y de Mauthausen. Ron Jones, hoy de 98 años, no se olvida de lo que representó el fútbol en Auschwitz. Menos se olvida de “Josef”, el judío que le regaló un anillo porque él le había convidado una salchicha. Un mes después Josef fue enviado a la cámara de gas. Ron conserva el anillo.
A Hitler no le gustaba el fútbol. Este domingo se cumplirán ochenta años de su única ida a la cancha. Lo tentaron porque Alemania había goleado por 9-0 a Luxemburgo en el partido previo. Pero la inesperada derrota por 2-0 ante Noruega terminó provocando una pronta eliminación de los Juegos de Berlín. Al día siguiente, 8 de agosto de 1936, fue el turno de Austria, con la que Alemania había firmado ya un mes antes un primer pacto, paso previo a la anexión de 1938. Austria representaba mejor el ideal de raza superior que la selección de negros, cholos, zambos y mestizos de Perú, rival en cuartos de final y que venía de golear por 7-3 a Finlandia con cinco tantos de Lolo Fernández, atacante mítico de Universitario de Deportes. Perú, con un jugador más que Austria, anotó en los últimos 15 minutos los goles que permitieron un agónico 2-2. Las crónicas sobre lo que pasó en adelante difieren según quién lo cuente. Que “El Mago” Valdivieso atajó un penal en el último minuto. Que en el alargue el árbitro noruego Thoralf Kristiansen anuló además tres goles por off-side a Perú, impulsado al ataque por el gran Alejandro “Manguera” Villanueva. Y que en el medio del tercer y el cuarto goles que decretaron el triunfo final por 4-2 de Perú, hubo una invasión de campo que dejó herido a un futbolista europeo. Austria protestó, la FIFA ordenó que el partido se jugara de vuelta en el Potstadion, sin espectadores, y Perú, por orden de su presidente, Oscar Benavides, militar de turno en año electoral, protestó haciendo abandonar al equipo los Juegos, con solitario apoyo regional de Colombia. Austria perdió la final contra Italia. Hubo saludo fascista en la Alemania nazi.
En Lima, furiosos hinchas peruanos destrozaron la bandera olímpica en la casa Ostern, propiedad de alemanes. Trabajadores portuarios se negaron a descargar buques mercantes de bandera germana. Hubo protestas en Plaza de Armas, Plaza San Martín y otros puntos de la ciudad. Himno nacional. Discursos nacionalistas de Benavides. “Los héroes de Berlín” fueron paseados en hombros al llegar a Lima. Coronas de laurel y ovaciones. El mito se agrandó. Se dijo, poco menos, que Perú le había ganado al Wunderteam de Matthias Sindelar, cuando, en rigor, Austria había enviado a Berlín a un seleccionado amateur y no a su gloriosa selección de los años treintas. Que Perú ganó ante los ojos de Hitler, supuestamente presente en el Herthastadion (no fue así). Y que fue poco menos que el Führer quien decidió que el partido se jugara otra vez. Del otro lado, se citó como dato cierto una crónica del periódico inglés Daily Sketch según la cual mil hinchas peruanos habían invadido el campo armados con fierros, cuchillos y revólveres. La sensación de despojo histórico al fútbol peruano se reflotó en 2014 cuando una serie de televisión (“Goleadores”) recreó los hechos, sugiriendo que el nazismo hasta envió mujeres a los jugadores peruanos. Algunos medios dijeron “basta” y citaron la investigación de Luis Carlos Arias Schreiber, que niega hasta la sanción del penal atajado por Villanueva y que hubiesen sido anulados tres goles a Perú en el alargue. No hay imágenes. La página oficial de la FIFA apenas dice que “seguidores peruanos invadieron la cancha y atacaron a un jugador austríaco”. “Documentos y crónicas oficiales”, dicen unos, hasta quitan eventual influencia del gobierno alemán en la decisión de la FIFA que dirigía Jules Rimet y se ríen de lo que llaman “el escape peruano a la victoria”. “Documentos oficiales, sí, pero en tiempos de Hitler y de muchos que admiraban a Hitler”, replican otros.
Lo peor, claro, estaba por venir. Lo sabe Ron Jones, que con más de 90 años, decidió recordar aquellos partidos en medio de las cámaras de gas. Recuerdos utilizados en algunos sectores, historiadores incluidos, para relativizar el horror de Auschwitz. “Los historiadores que niegan el Holocausto”, afirmó el historiador francés Henry Rouso en un foro que organizó UNESCO en 1998 en París, “no son historiadores. Son negacionistas”.

