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RIO DE JANEIRO.- Y sí. La imagen lo es todo, se decía ayer en estas páginas en el anuncio de la apertura de los Juegos Panamericanos, y los brasileños, los cariocas en particular, lo entendieron así. Resultó, en efecto, una fiesta espectacular. Muy, muy buena. Entretenida, linda. Lejana al aburrimiento que provocan algunas inauguraciones que carecen de agilidad, que por causar impacto pierden frescura.
Nada de eso pasó ayer en el célebre Maracaná, salvo en el inevitablemente extenso desfile de las delegaciones. El show fue en general impresionante y, sobre todo, acorde con las aspiraciones de organizar Juegos Olímpicos (2016 en esta ciudad) y un mundial de fútbol (2014) que alberga Brasil.
Una buena y original idea tuvo la organización: ir poniendo a tono al público con dos cantantes, durante unos quince o veinte minutos antes de la fiesta, para que los espectadores estuvieran en ritmo de celebración y no fríos cuando comenzara la ceremonia. Y los 70.000 espectadores que cubrieron las gradas se prendieron en la propuesta. Ya habían adherido a la onda panamericana cuando la gran mayoría de ellos llevó al estadio remeras blancas, a tono con el pedido de la organización para que se destacaran más los colores de los protagonistas que estuvieran en el campo de juego.
El único tiempo de cierto tedio fue el apuntado paso de los deportistas, entrenadores y oficiales de cada representación nacional, que duró unos 40 minutos. Lo encabezó la Argentina, no por orden alfabético, sino por ser el país de los primeros Juegos Panamericanos: Buenos Aires 1951. A la cabeza de los casi 320 representantes albicelestes estuvo la leona Luciana Aymar, portadora de la bandera. Tras ella, una situación curiosa: la escoltaron Mario Moccia, jefe de misión, y Jorge Araldi, segundo jefe de misión, y a continuación había un enorme vacío hasta que aparecían los otros atletas argentinos. ¿Por qué? Ese resto tardó en ingresar porque portaba una gigantesca enseña nacional, de unos 50 metros, de esas que visten los edificios que ocupa la delegación en la villa panamericana. La llevaban los remeros.
"Estoy superfeliz. No sabía cómo sería esta experiencia, y la disfruté muchísimo", comentó la hockista rosarina. "No sé qué pasó. Me reía por los nervios. Yo caminaba muy rápida o el resto, muy lento", expresó, divertida, acerca del insólito hueco entre ella, los directivos y los demás deportistas. Su imagen fue la primera en surgir y, a diferencia de lo que se podía aguardar por la rivalidad argentino-brasileña, hubo escasos silbidos y pocos aplausos, pero más de estos últimos. El ambiente era, literalmente, de fiesta generalizada.
Los grupos entraban por un vértice del estadio y avanzaban en el sentido de las agujas del reloj por el legendario terreno donde se definió el Mundial de fútbol de 1950. Una generosa porción de las plateas del anillo inferior, frente a las cámaras de televisión, estaba vacía para recibir a los atletas. Como en Santo Domingo 2003, los atletas se sentaron después del desfile; algo mucho mejor que la típica permanencia de dos horas sobre el césped, que sumadas a las cuatro horas en que permanecen en el estadio, se vuelven interminables. De hecho, a veces los protagonistas evitan acudir a la apertura para no cansarse. Esta vez no fue necesario. Sentados, descansaron y disfrutaron mejor el espectáculo.
Un espectáculo, posterior a los discursos protocolares (ver aparte), que empezó con el himno de los Juegos ("Viva essa energia") y se dividió en tres actos, con diversas coreografías. El primero se centró en el sol, con animales y plantas a los que el astro da vida. El segundo fue el del agua, visualmente el más logrado, pues el terreno se pobló de personajes vestidos de azul con lonas en los brazos que simulaban olas y hacían parecer lleno de agua el lugar; también había gente que se metía en el mar y jugaba, imaginariamente, locos de fútbol y partidos de voleibol playero. Y el tercero tuvo por eje al hombre, con una canciones de cuna interpretadas por la popular Adriana Calcanheto y acompañadas por figuras tenebrosas ahuyentadas por payasos, en un episodio de tinte carnavalesco.
Por último, fue el tiempo del encendido del pebetero. Algunos especulaban que sería Pelé. Nada que ver, porque, en otra buena idea, varios equipos y deportistas individuales campeones olímpicos, siempre brasileños (el voleibol masculino de Barcelona 92, el básquetbol femenino de Atlanta 96, la voleibolista de playa Sandra Pires, el nadador Gustavo Borges), fueron pasándose la antorcha hasta que llegó a manos de Joaquim Cruz, vencedor en los 800 metros pedestres de Los Angeles 84, que subió una escalera y encendió no un pebetero tradicional, sino una suerte de pila de 6 metros de altura y 5 toneladas, que consumirá 750 kilos de gas hasta el 29 de julio, día de la clausura.
Ya se verá cuál será el balance a esa altura; por lo pronto, Río de Janeiro 2007 empezó de la mejor manera.
"Río, ciudad olímpica de Brasil y de América latina", proclamó Carlos Nuzman, titular del comité organizador de los Panamericanos, en su largo discurso inaugural. Y destacó que Brasil debe demostrar al mundo su capacidad organizativa.
El legendario estadio Maracaná tiene mucha historia y capacidad, pero también un serio problema de acústica. Por esto salió grabada toda la música, salvo el himno nacional brasileño que muy bien interpretó, a capella, Elza Soares.
Mercury sacó de la platea a la delegación local
El cierre posterior al encendido de la llama estuvo a cargo de la cantante Daniela Mercury (foto), que hizo salir de sus asientos a los deportistas brasileños para bailar en el campo. Esto fue prohibido a los otros deportistas.


