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Ese día, negro fue el color de la victoria. Los méritos deportivos de Jesse Owens lo avalan para convertirse en uno de los tres atletas más importantes de la historia. Pero su consagración mundial, esa que llega hasta nuestros días, no se granjeó sólo por su velocidad única para la época. Ese 4 de agosto de 1936, en el Olympiastadion, en Berlín, Owens se ganó una fama imperecedera: hace 70 años, un deportista negro llenaba de furia nada menos que a Adolf Hitler. Ese día, el deporte venció al nazismo. Ese día, nació la gloria de Jesse Owens.
En la historia oficial, los Juegos Olímpicos de Berlín 36 quedaron como el intento de Hitler por demostrar la superioridad de la raza aria y, luego, mostraron cómo un negro desbarataba esas aspiraciones. Y aunque no todo lo que se cuenta de aquella jornada sea verdad, el símbolo permanece inalterable.
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La leyenda es clara: todo sucedió en la jornada de la competencia de salto en largo. Dos días antes, Owens había asombrado a las 100.000 personas que había en el estadio al mejorar el récord mundial de los 100 metros. Veinticuatro horas después, ganaba la medalla dorada en esa distancia. Pero la mañana del 4 de agosto, comenzó a gestarse una jornada histórica. Se disputaban las eliminatorias del salto en largo y, tras un par de intentos deficitarios, el norteamericano corría serio riesgo de no clasificarse para la final. Entonces, para su sorpresa, recibió el saludo del alemán Luz Long, su principal competidor. Cuentan que se le acercó, le preguntó qué le pasaba, lo tranquilizó y le dio un consejo para el próximo intento. Owens saltó y pasó a la definición.
Por la tarde, ya sin temores, la supremacía del negro fue abrumadora. Se impuso con 8,06 m, récord mundial (había hecho en otra prueba 8,13 m, pero no había sido homologado). Long, su rival, fue segundo, con 7,87 metros. Aquel encuentro de los competidores los hizo amigos; durante años mantuvieron una relación epistolar, hasta que el alemán murió en combate en la Segunda Guerra Mundial.
La historia dice que, en el palco oficial, Hitler no toleró esa afrenta. Un negro en el primer escalón del podio, por encima de un alemán, era más de lo que podía soportar. Se retiró del estadio antes de la premiación, no dispuesto a estrecharle la mano a Owens.
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Hay quienes aseguran que aquello nunca ocurrió así, que sólo fue un mito. Dicen que Hitler nunca desairó a Owens: el primer día de competencias agasajó a los campeones de Alemania, pero no al resto. El Comité Olímpico Internacional le hizo la observación de que no podía brindar trato especial a los deportistas, y por eso optó por no saludar a ningún ganador. Si hubiera triunfado Long, esgrimen, tampoco lo hubiera saludado.
Verdad o no, el símbolo permanece inalterable. Setenta años después, Jesse Owens es recordado como el hombre que logró enfadar a Adolf Hitler y vencer al nazismo. Aunque más no fuera en una pista de atletismo.

