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Cuando hace unos quince años surgía en el mundo del polo nacional la técnica de trasplante embrionario, eran más las dudas y las miradas de reojo al nuevo sistema que las certezas y el entusiasmo: que las crías logradas eran chicas, que adoptaban características de la yegua que hacía de incubadora, que... Década y media después, resulta nítido que es el medio de reproducción favorito del presente y que no pareciera tener competencia con el tradicional en el futuro.
Bien vale repasar de qué se trata esto de la transferencia embrionaria. Consiste en extraer del útero de la yegua madre su embrión de siete días y entre 180 y 250 micrones (0,18 a 0,25 milímetros) de longitud y ubicarlo en el de otra hembra para que complete allí la preñez, que en el caso de los équidos dura once meses. ¿Para qué todo eso? Para que las yeguas jugadoras de polo no estén inactivas mientras su feto se prepara para nacer. Dicho de otra manera, para que las yeguas jugadoras, que suelen concebir descendientes de categoría valiosa como la suya, puedan tener hijos sin perder una temporada de polo.
Difundida la técnica y, sobre todo, vistos sus resultados, con hijos de yeguas protagonizando el Argentino Abierto junto a sus madres, el trasplante embrionario se consolidó. Algunos comenzaron a hacerlo por cuenta propia, pero con el tiempo aparecieron los centros de transferencia embrionaria, auténticos mayoristas de la cuestión, y el sistema creció a un ritmo galopante.
Sin embargo, un nuevo desafío parece esperarlos a la vuelta de la esquina: "En el futuro, los centros de transferencia van a ser bancos de genética importantes. La genética va a valer cada vez más y va a ser su verdadero capital; hoy todavía está barata respecto a lo que puede llegar a costar dentro de diez años, cuando las yeguas van a estar mucho más probadas por lo que rindan sus embriones", vislumbran Daniel Lucero (h.), de 32 años, licenciado en economía agropecuaria, propietario y responsable del establecimiento El Caburé, cercano a Carmen de Areco.
El éxito de esta vía de reproducción es claro, a tal punto que de los 3000 productos anotados anualmente en la Asociación Argentina de Criadores de Caballos de Polo, en el 2002 hubo 800 (26,6%) de ese origen. Pero la cifra se volvió asombrosa el año último: 1500, exactamente 50%. Esto responde, también, a que hasta hace un tiempo la cría era el vehículo para tener caballos y, con ellos, posibilitar el negocio de jugar al polo, y hoy en día la propia cría es vista como negocio. De hecho, a Lucero, otrora mano derecha de Alberto Heguy (h.), le han llevado una hija de la gran Mala Pata, de rozagantes ocho años, comprada sólo para reproducción vía trasplante y ya retirada del polo como jugadora, pese a sus grandes dotes para esa condición.
Los polistas, principalmente los de alto handicap -un 40% de la clientela de los centros de trasplante; el otro 60% está entre el mediano y el bajo-, dejan sus yeguas para transferencia embrionaria entre Navidad y fin de febrero, y en ese par de meses las donantes -tal la denominación de las madres- producen, después de un tiempo de desestresarse de la exigente temporada (sólo entonces ciclan bien), unos tres embriones en promedio que son depositados, tecnología mediante, en las receptoras, que son las madres sustitutas.
Una vez que las sustitutas transitan el segundo mes de preñez, son llevadas al campo del cliente, donde permanecen no sólo hasta que dan a luz, sino hasta el destete de la cría postiza, que tiene lugar entre 6 y 9 meses luego del nacimiento.
El sistema cuenta, según calcula Lucero, con una eficacia de un 20% aproximado en cuanto a hijos de categoría de Campeonato Argentino Abierto si su madre es de la misma jerarquía. "Ahora bien, si esos embriones son de yeguas que comprobadamente dan, es decir, que tienen hijos de nivel de alto handicap, puede ser superior a 50%. Por ejemplo, si consideramos hijos de Luna, de Mala Plata y de Canita, tres madres históricas, salvo fatalidades, un 60% de ellos jugará el Abierto".
Aquel 80% de ineficiencia que se da cuando las madres no son especialistas en reproducción obedece, mayoritariamente, a eventualidades posnacimiento y no a ineficacia tecnológica en el tratamiento. "La genética cumple -explica el Dr. Victorio Viglierchio, de 51 años, médico veterinario y director técnico de El Caburé-, pero debe ir de la mano con una serie de pasos, en los cuales se puede malograr lo que se alcanzó con ella. Tras la genética vienen la crianza, la doma y la hechura de polo.
En las dos primeras pueden suceder diversos accidentes, y la última consiste en convertir al animal en un caballo de polo. "Por ejemplo, si cada vez que le pega a la bocha el piloto (N.d.R.: hacedor de montados de un polista) con el taco intimida, roza o agrede la cabeza del caballo, cuando el jugador empiece el movimiento de pegar, el caballo, inexorablemente, va a correr la cabeza, haciendo gala de su excelente memoria y en su propia defensa. O si cuando se lo mete por primera vez en una cancha se lo manda a recibir un pechazo, cada vez que el caballo vea que se acerca uno va a correrse. Pero si se le hace perder el miedo y se le enseña progresivamente, va a ir a la jugada bien armado y con la tranquilidad de ya haber hecho eso una vez y otra", sostiene Viglierchio, uno de los pioneros en desarrollar esta técnica en el país, hace un decenio y medio.
Lucero agrega que los descendientes de grandes reproductoras muestran una gran facilidad para aprender en la doma y la hechura de polo y reducen por ello los riesgos de accidentarse. Entre los más salientes deportes ecuestres, el polo lleva la delantera en esta actividad. Los caballos de salto llevan, según estima Lucero, "diez años de atraso" -aunque un gran adelanto en congelamiento de semen-, y en el turf el trasplante está, directamente, prohibido, tal vez porque se cerrarían demasiado las líneas de pedigree. En este sentido, la transferencia permitió abrirlas en el polo; de hecho, empieza a ser común encontrar a un jugador con productos criados por rivales o familias con las que no tiene mucho vínculo. Por casos, Alberto Heguy (h.) con Gete Tango (cría de Tanoira) y Santiago Chavanne con Polo Púrpura (cría de Alberto Pedro Heguy). "Todos están interesados en abrirse a lo que tienen los otros y no cerrarse en su círculo reproductivo", comenta Viglierchio.
Es por todo esto que, aun con servicios de precio elevado -conforman 50 o 60% del costo de la cría-, los centros de transferencia embrionaria (casi agotados en su productividad por la favorable situación económica y por la escasez de receptoras que padecen, pues se necesitan cinco por cada donante) van compitiendo ya con los remates y ofrecen no sólo la posibilidad de que una yegua jugadora siga en actividad -incluso en el exterior, en el caso de los polistas de alto handicap-, sino también un interesante acervo genético, dado que algunos suelen quedarse, previo acuerdo con el cliente, con algunos embriones.
Resulta claro, entonces, que la de trasplante es una técnica ya adolescente respecto a edad, pero aún embrionaria en cuanto a utilidad futura...
Pocos jugadores, tal vez ninguno, hay tan fanáticos del polo en general y de la cría en particular como Eduardo Heguy. El back de Indios Chapaleufú II, actual campeón argentino, es un cultor de la transferencia embrionaria, tanto que todos los caballos que utilizó en los dos últimos partidos del Abierto de Palermo -o sea, sus mejores- experimentaron esa técnica. "El trasplante crece año tras año, con más embriones, más centros y más productos jugadores en la temporada. Es medio caro, pero vale la pena, y con el tiempo va evolucionando porque uno manda sus mejores yeguas y se mezclan las buenas líneas maternas con padrillos excelentes, como Pucará, El Sol, Nevadito e hijos de Southern Halo. Eso es lo bueno: que no hay límite. Y en el futuro los costos irán bajando y se podrá congelar semen, sexar [determinar el sexo] y clonar", se entusiasma El Ruso.


