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Por Andrés Prestileo
LA NACION
Nacho no deja de reírse nunca, salvo cuando está concentrado, taco en mano y listo para ejecutar alguno de los golpes geniales que lo convirtieron en una especie de Maradona del pool. Por lo menos, el Maradona original ya le confió una suerte de padrinazgo. Fue en la noche de los Olimpia, el martes pasado, cuando el Diez, sobre el escenario, eligió ponerlo como ejemplo a él en su pequeño discurso de agradecimiento. Nacho, es decir Ignacio Block, es el billarista prodigio que a los 14 años –los cumplió el 22 de noviembre– hace rato que dejó atrás la competencia entre sus pares de edad, porque un talento precoz e increíble lo puso antes de tiempo a jugar contra los mayores. A los que casi invariablemente les gana, claro.
Para presentar a Nacho podrían buscarse elogios rebuscados, pero nada como una buena imagen: si usted quiere asombrarse, o tal vez reírse con esa risa que provoca la admiración, busque en Internet videos con las jugadas de fantasía que hace el chico. Son imperdibles. "Yo tenía un profe que hacia esas cosas, y como me gustaron quise hacer lo mismo. Tiraba y tiraba hasta que me salía. Es así, las saqué copiando tiros", cuenta él, como si pudiera hacerlo cualquiera. Las bolas hacen piruetas, doblan, saltan e infaliblemente cumplen con la acrobática orden que les da ese nene de carita inocente. La cuestión es que Nacho, afiliado a la precocidad, es el primer menor en ascender a la categoría mayor del billar de nuestro país. Lo suyo es el pool –la federación nacional contempla esa disciplina, el billar y el snooker– desde que a los 9 años un día vio aparecer una mesa en su casa, en Pilar.
Aquí pasa a relatar su papá, Gastón. "Una vez puse un almacén en mi casa y ya no pude ir más a los torneos. Entonces compré una mesa de pool para jugar con los amigos. Nacho nos miraba, aprendió con nosotros y en seis meses les ganaba a todos. A mí tambien. Ahí decidí enseñarle a jugar y que lo viera un profesional, para que me dijera si le veía aptitudes. Cuando lo vieron me dijeron que tenía todas las condiciones". Eso de ganarles a todos los amigos de su papá ocurrió cuando Nacho tenía 9 años. A los 11, Ignacio ya era campeón interprovincial entre los adultos, en las modalidades de bola 8 (es como el pool que todos conocen, salvo que la bola negra puede meterse en cualquier tronera, pero antes hay que "cantar" a cuál se la dirigirá) y 9 (se meten las bolas de la 1 a 9, y gana el que mete la última), en tercera categoría. No lo dejaron competir más en tercera y lo pasaron directamente a primera y Master, los dos escalones más altos.
Eso lo llevó a cumplir algunos sueños. En junio de este año viajó a Venezuela para representar al país en el Panamericano. Entre los juniors (hasta 19 años) sólo perdió en la final, y se clasifico para el Mundial de EE.UU. en noviembre, en el que terminó 25°; y entre los profesionales fue 34° entre 64 billaristas mucho mayores que él. "Tenía el sueño de viajar en avión y también el de representar al país. ¿Miedo al avión? No, yo no tengo miedo. Fue muy lindo jugar para la Argentina, colgarme la bandera en la espalda cuando me dieron el premio".
Ahora Nacho se divierte con la impensada popularidad que le dio estar entre los mejores del deporte y convertirse en el personaje de la noche de los Olimpia. "Fue muy especial, muy lindo, nunca había estado. Había mucha gente que no conocía, me saqué fotos con ellos. Para mí fue increíble que Maradona me haya nombrado como ejemplo", cuenta. Esa noche posaba con el chaleco, la camisa y el moño clásicos de los billaristas. "Ahora que lo tengo, lo uso. No es para dejarlo guardado".
Pero Nacho tiene competencia, y muy seria: su hermanito Braian, de... 7 años, y un crack en potencia que ya dejó estupefactos a varios rivales adultos. "Cuando juega lo único que se le ve aparecer es la cabeza por sobre la mesa. Pero juega bárbaro", dice Ignacio. El padre asiente: "Es otro fanático. Cuando lo llevo a jugar se cae el pool a pedazos".
Hincha de River ("pero no tanto como mi abuelo, que es fanático", dice), Nacho se pasa entre dos y tres horas por día practicando en la mesa profesional que le compró su papá. Ya terminó el segundo año de industrial y las vacaciones vienen perfecto para recibir amigos que de golpe lo convirtieron en el ídolo inesperado. También para ir a pescar con el papá y amigos mientras avanza a una velocidad de vértigo en lo que ya será su oficio. "¿Lo que más quiero? Ser profesional, seguir viajando y representar a la Argentina. Eso es lo que más me gusta".
Padre de cuatro hijos junto con su esposa, Laura –además de Ignacio están Braian, de 7; Natalia, de 10, y Julieta, de 13–, operario desde hace quince años en una panificadora y también jugador de pool aunque sólo "por gusto", Gastón explica que no es sencillo solventar el aprendizaje y la carrera incipiente de la "estrella" de la familia. "Por suerte, el viaje a Venezuela para el Panamericano de junio lo costeó la Presidencia de la Nación. Llegamos a ellos porque Nacho estuvo en la televisión en un casting de un programa que convocaba a gente con talentos especiales, y una persona de ahí que conocía a Aníbal Fernández dijo que haría un contacto. El jefe de Gabinete se entusiasmó y decidió hacer la gestión para que nos pagaran el pasaje, la estadía, la comida y todo lo necesario para competir", explica.
Ese fue el primer viaje de Ignacio al exterior; antes que eso, todos los gastos para competir en los torneos locales los afrontaba la familia. "Golpeamos algunas puertas, pero no conseguimos apoyo. De todos modos, nadie tiene la obligación de ayudarnos para esto. Eso sí, ahora, para poder seguir compitiendo en su nivel necesitaría algún sponsor. Vienen torneos importantes y tiene que estudiar inglés. Hubo ofrecimientos de algunas marcas, pero todavía no se concretó nada", agregó Gastón.

