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El ritual comenzó igual que todas las madrugadas, con los Juegos Olímpicos de por medio, en la casa de Conscripto Bernardi, en San Martín, el búnker de la familia de Karina Masotta, capitana de la seleccionado de hockey sobre césped. "Nos sentamos siempre en el mismo lugar, por cábala, y Nadia (sobrina de Karina) mira los partidos en la habitación y no baja hasta que termina", comentó Sandra, hermana de Karina.
Estampitas de santos sobre la mesa, mate y galletitas; el ritual desde hace dos semanas; sólo que esta vez hubo una rara mezcla de satisfacción, por el desempeño de las chicas; y la sensación de que todavía quedaba algo por alcanzar.
Cesarina, la mamá de Karina, cruza los dedos; ni siquiera cambia de actitud cuando faltan pocos minutos y aparecen por TV las primeras lágrimas de impotencia; convertidas, rápidamente, en lágrimas de orgullo. "Esto es el resultado de muchos años de esfuerzo. A Kari lo único que le faltaba era una medalla olímpica y ahora la tiene", dice la madre.
Ninguno saca la vista del televisor, Rosa, la tía, por primera vez rompe con la cábala: se levanta de la silla, nerviosa, y lo sigue parada. Con el gol argentino, que marca Oneto, con un pase de Karina, renacen las esperanzas; insisten, pero no pueden; aunque desde San Martín empujan.
Se escapa el partido; con él, la medalla de oro; llega el final y la emoción se apodera de toda la familia; Cesarina, Sandra, Rosa y Leandro (el sobrino), se abrazan; lloran. Cesarina levanta las estampitas de la mesa. "Esta vez no nos pudieron ayudar", se consuela la mamá de Karina, que recuerda: "Cuando pasó lo de los puntos, Kari llamó por teléfono y le dije que estaba enojada con Dios y me dijo: Mami, no te enojes con él, que ahora lo vamos a necesitar más que nunca". Falta poco para las 8, las australianas festejan; las argentinas, también; tienen las medallas plateadas colgadas; en San Martín, queda la sensación de que toda la familia también.



