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Esta es una historia que no sabe de indulgencias; sus personajes apuestan al individualismo.
El azerbaijano Garry Kasparov, de 41 años, y la Federation Internationale des Echecs (FIDE, según sus siglas francesas), tras dos años de romance con acuerdos inescrutables y reuniones subrepticias, disolvieron la fugaz convivencia. Kasparov, N° 1 del mundo de los trebejos desde hace veinte años, se hartó y pateó el tablero; renunció al match por el campeonato mundial oficial por realizarse en Turquía, entre el 25 de abril y el 14 de mayo próximos, y acentuó el cisma, que suma doce años de luchas.
Otra vez, las pujas de poder alejaron del ajedrez a su mejor figura. Y así nace la historia.
Dirigentes de catorce países (entre ellos, la Argentina) fundaron la FIDE el 20 de julio de 1924, en París; ochenta años más tarde, ese organismo rector del ajedrez cobija a 160 entidades de los cinco continentes que la convierten en una de las federaciones con mayor número de afiliados, sólo superada por la FIFA (fútbol) y la FAAI (Atletismo).
Tras la muerte del campeón mundial Alexander Alekhine, en 1946, la FIDE tomó las riendas de la conducción y organizó los matches por el título mundial; cuestiones de ideología y de poder la acercaron a la federación soviética. Curiosamente, durante 24 años (1948-1972), el dominio del mundo del ajedrez fue exclusivo de los rusos hasta la aparición de Robert James Fischer.
Tres años después de su consagratoria actuación en Islandia, en 1972, frente al ruso Boris Spassky, el norteamericano se convirtió en el primer campeón mundial que perdió tal condición fuera de los escaques; en 1975, y sin haber efectuado defensa alguna, la FIDE lo despojó del título y dio origen al mito Bobby Fischer. El reino del ajedrez aclamó la llegada del nuevo rey, Anatoly Karpov, y el poder regresó a manos de los soviéticos; por lo tanto, la casa estaba en orden...
Un joven, Garik Weinstein, que tras la muerte de su padre, en 1971, adoptó el nombre de Garry Kasparov, comentó en su autobiografía, "El hijo del cambio", que en 1982, cuando era un serio aspirante a la corona de Karpov, advirtió ciertas trabas para progresar en su carrera; consultado el jefe del Departamento de Ajedrez del Comité Deportivo Soviético, Nikolai Krogius, le respondió: "Por el momento tenemos un campeón mundial y no necesitamos otro".
Kasparov comprendió la jugada y se unió a Mikhail Gorbachov; con el avance de la perestroika y la glasnot desafió a la cúpula del deporte ruso. Algo más que un jaque estuvo en juego en aquella histórica definición de las 2K, en 1985. Kasparov se convirtió en el campeón mundial más joven de la historia (con 22 años) y en el reino de los trebejos soplaron aires de renovación.
La felicidad fue una brisa breve. Sólo por ocho años Kasparov lució la corona de campeón, con cuatro defensas exitosas ante su archirrival, Anatoly Karpov. En 1993, cuando surgió un nuevo desafiante, el inglés Nigel Short, la FIDE ejecutó otro movimiento para el olvido; lo despojó del título y, tras un descolorido match frente al holandés Jan Timman, el ruso Karpov fue declarado campeón.
Kasparov se alejó y junto con una obediente cofradía creó la Asociación de Profesionales de Ajedrez (PCA), que luego se llamó Consejo Mundial de Ajedrez (WCC) y más tarde Brain Games Network (BGN). Defendió con éxito la corona ante Short y el indio Anand, y en 2000 cayó ante su conspicuo discípulo, el ruso Vladimir Kramnik, actual campeón oficioso.
En el Congreso de Praga, en 2002, la FIDE, un grupo de empresarios y destacados maestros alcanzaron un acuerdo para poner fin al cisma; participó Kasparov y aceptó las condiciones. Dio la palabra. Hubo un amago de que en 2003 el match entre el campeón oficial y el azerbaijano se disputaría en Buenos Aires; la cantidad de 1.500.000 de dólares exigidos como garantía del encuentro resultó un jaque mortal en el bolsillo de los auspiciantes.
Sin embargo, cuando la Federación Turca de Ajedrez (FTA) anunció el cumplimiento de las garantías para la organización del match, Kasparov, muy cerca de ir por la hazaña de la reconquista del título mundial, el 25 de abril próximo ante el uzbeco Rustam Kasimdzhanov, rival accesible en el pronóstico, extrañamente renunció y acusó estar harto de los desencuentros con la FIDE.
Como hace 20 años, Kasparov comprendió la jugada; sabe que es el mejor del mundo y especula; juega poco y escribe mucho, acaba de editar el cuarto volumen, dedicado a la vida de Bobby Fischer, de una obra sobre la historia del ajedrez, "Mis grandes predecesores".
Como un emérito ajedrecista vagabundea por las ciudades descifrando propuestas; cada día más cerca de las letras, cada vez más lejos del tablero y de la palabra.
