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¿Está Don King vinculado con el crimen organizado?", preguntó el asesor Daniel Rinzel a Joseph Maffia, el arrepentido jefe de finanzas de Don King Productions, en una audiencia ante una Comisión del Senado de Estados Unidos que en 1992 investigaba corrupción en el boxeo.
Thomas Hauser, biógrafo de Muhammad Alí y abogado de Maffia, interrumpió a Rinzel y afirmó: "Usted no entiende. Don King es el crimen organizado".
Dieciséis años después, Hauser, consultado para este artículo, me dice que Don King, fugaz visitante de Buenos Aires la semana pasada, "es ahora algo bueno para el boxeo". Tiene 76 años y ya no es más el Tarzán de la jungla. Pero en enero pasado -cuenta Hauser- dio una última gran lección. En apenas cuatro días se sometió a un rally mediático como presidente en campaña y logró que los abonos del pay per view de la pelea Félix Trinidad-Roy Jones subieran de 300.000 a 500.000. "Ningún otro lo habría logrado", asegura Hauser.
Don King permaneció apenas unas horas en Buenos Aires. Agitó banderitas argentinas. Dijo que amaba el país y a sus boxeadores. Habló de Evita, Uganda e Ingrid Betancourt. Y se deslumbró con Graciela Alfano. En rigor, sólo vino para que la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) diera una pelea por el título de los pesos completos a John Ruiz. Su discurso se acomoda según el país que visite. "¡Viva México! ¡Viva Pancho Villa! ¡Y viva Emilio (por Emiliano) Zapata!", dijo unos meses antes al arribar a Cancún para promocionar una de sus peleas.
En Londres, donde estuvo en marzo pasado, agitó banderitas británicas y contó su amor por la reina y por Winston Churchill. Así cambia de color el hombre que siempre gana, sea cual fuere el resultado final del combate, como en una pelea a la que arribó en la limusina de Joe Frazier, entonces campeón, y se fue en la de George Foreman, vencedor y nuevo rey de los pesados. Otra anécdota lo describe todavía mejor: miembros de la comunidad musulmana querían alejarlo de Muhammad Alí y enviaron a cuatro hombres a que lo golpearan en un hotel de Bahamas. Dos de ellos fingieron golpear duro y dijeron a sus compañeros que ya era suficiente. Eran los dos a los que King, advertido de la maniobra, les había pagado para que le pegaran poco.
Esta última anécdota es una de las tantas que cuenta el periodista Jack Newfield en su libro de 1995 llamado Only in America. The life and crimes of Don King , una tremenda investigación sobre "la vida y los crímenes" del más famoso promotor del boxeo mundial. "¿Dónde puede un notorio rufián aplastar la vida de alguien, pasar por la cárcel y aun así levantarse y acceder a la fama y la fortuna? Only in America (sólo en Estados Unidos)", decía el libro de Newfield, un famoso periodista que investigó por años sobre la corrupción política en Nueva York para The Village Voice y que, antes de morir de cáncer, en 2004, escribió en The Nation su último artículo sobre su deporte más amado, que tituló "La vergüenza del boxeo". Denunció allí el "extorsivo monopolio" de las más poderosas entidades del boxeo mundial, de sus "rankings y jurados comprados" y de sus "promotores amigos". Y entrevistó a Lou DiBella, un ex hombre de la HBO. "La «buena sociedad» dice que el boxeo siempre fue sucio. Y no le interesa, porque todos los pugilistas son negros o latinos. Hasta los rusos son pobres. Si esto le ocurriera a un beisbolista -dijo DiBella-, tendríamos sesiones televisadas en el Congreso."
En esa jungla ingresó Don King a fines de los años 60, tras cumplir 45 arrestos entre 1951 y 1966 y sufrir dos condenas por asesinato, cuando controlaba las apuestas en Cleveland, su ciudad natal. En la cárcel leyó a Marx, Hitler, Shakespeare, Adam Smith y Martin Luther King y realizó cursos por correspondencia de derecho, economía y política. El salió de prisión y Alí, del ostracismo que sufrió por su negativa a combatir en Vietnam. Le organizó una exhibición a beneficio de un hospital. El hospital terminó cerrando, pero Don King ganó dinero.
En 1974 convenció al dictador Mobutu, pagó 5 millones de dólares a Alí y otros 5 a Foreman y organizó en Zaire la pelea acaso más célebre de todos los tiempos, "Rumble in the jungle". Sobrevivió luego a un escándalo de peleas arregladas para la cadena ABC, con denuncias comprobadas de sobornos a la revista The Ring para falsificar rankings. Y resucitó nuevamente con peleas de los pesados en lugares exóticos, como la tercera Alí-Joe Frazier en Filipinas ("Thrilla in Manila"). Hizo pelear a J.C. Chávez ante 130.000 personas en el estadio Azteca. Fue promotor de más de 500 peleas por títulos mundiales. Pagó por arriba de un millón de dólares a más de cien boxeadores. Intervino en siete de las diez peleas más vistas en la historia del Pay per view. The New York Times lo incluyó entre los cien afroamericanos más influyentes del siglo XX. Y se reunió, entre otros, con Nelson Mandela, Leonid Brezhnev, Vladimir Putin, Tony Blair, Silvio Berlusconi, Fidel Castro, Ferdinand Marcos y siete presidentes de Estados Unidos, incluyendo su admirado George W. Bush, a quien alentó por las invasiones de Afganistán e Irak. Fracasó un intento reciente en la plaza San Pedro de saludar a Benedicto XVI, pero al menos alcanzó a lanzarle un cinturón de campeón a Georg Gaenswein, secretario del Papa.
Después de Alí, su golpe más resonante fue Mike Tyson, a quien esperó con una limusina y una valija llena de dólares cuando Iron Mike salió de la cárcel condenado por violación. Pero Tyson, igual que Alí y que muchísimos otros boxeadores, lo denunció por estafa. "Lo consideré mi padre adoptivo, mi hermano, pero terminó convirtiéndose en un verdadero Tío Tom, en un verdadero negrero. Les hizo más daño a los boxeadores negros que cualquier promotor blanco", lo acusó Tyson en un documental de la ESPN. "King es negro, vive como un blanco y piensa gris", lo describió Larry Holmes. "Si la m... fuera poesía -dijo otro promotor-, Don King sería Shakespeare."
A todos los sedujo con su pasado difícil y especialmente con su negritud, convenciéndolos de que debían dejar de ser explotados por patrones blancos, como en los tiempos de la esclavitud. La carta racial se le hace ahora difícil en la categoría máxima, donde hoy sobresalen los hermanos ucranianos Wladimir y Vitaly Klithschko, el ruso Sultan Ibragimov, el uzbeco Ruslan Chagaev, el ex kosovar Luan Krasniqi y el kazako Olek Maskaev, los Ivan Drago reales, no de Hollywood, pero cuyos cuerpos, según diría Norman Mailer, dialogan torpemente sobre el ring. La carencia es tal que hasta Foreman y Evander Holyfield, de 55 y 45 años, siguen en la brecha.
La TV de Estados Unidos se solaza entonces con el nuevo fenómeno de la lucha libre, un espectáculo circense de resultados pautados y con grandotes más brutales que técnicos que responden a los apodos de Big Show, Randy Orton, Edge, Batista, El Emperador o Rey Misterio y cuya imagen de "entretenimiento familiar" se hizo trizas tras las denuncias de ingestas masivas de drogas para inflar músculos y soportar dolores. Por eso, Don King pide "recuperar el viejo boxeo", la única jungla, según muchos, en la que "los leones les temen a las ratas".

