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Las hazañas de las mujeres a lo largo de la historia política, institucional o social del mundo han sido suficientes como para considerar que aquello del sexo débil no es más que un mito armado por alguien sin demasiada idea de la determinación femenina. No vamos a ocuparnos aquí, justamente, de resaltar los logros de esas heroínas de antaño ni de aquellas que por estos días las honran continuando su tarea.
Nos referiremos, como corresponde y específicamente, a las mujeres deportistas que abordan desafíos permanentes en cualquier rincón del planeta, sin titubear jamás ante condiciones adversas, que, como se sabe, en los deportes extremos las hay y de sobra. Ellas son las elegidas.
Tenemos la oportunidad de comprobarlo en forma paulatina y sistemática cada fin de semana en las pruebas de aventura que se desarrollan en nuestro país, cuando vemos a esforzadas atletas correr, pedalear o trepar empinados cerros a la par de sus compañeros masculinos a la velocidad del rayo.
Sin embargo, hay situaciones, momentos y vivencias que no terminan de sorprender y nos hacen preguntarnos hasta dónde puede llegar la mujer en su rol de aventurera desinteresada y convencida de sus posibilidades cuando se abraza férreamente a su pasión.
Motivan estas reflexiones las repercusiones de la fabulosa travesía de la francesa Maud Fontenoy, quien el sábado último llegó a la costa del archipiélago de Hiva Oaemera, una de las islas Marquesas de la Polinesia francesa. Allí, Maud culminó una impresionante derrotero que la llevó a convertirse en la primera mujer en cruzar el océano Pacífico a remo, después de palear sin concesiones durante 73 días.
Su pequeña embarcación, de 7,5 metros de eslora y 1,60 de manga, que vacía pesa 350 kilos, recorrió casi 7000 kilómetros desde su partida en el Callao (Perú) hasta el destino previsto. Y no todo fueron rosas para la francesa de 27 años. Hasta se le dio vuelta su embarcación en alguna oportunidad, lo que la llevó a declarar: "El barco se llenó de agua, dado vuelta y todo. Me veía morir como dentro de un acuario". Eso también da una idea de su temple para revertir las situaciones límite.
Un dato: en 1947, el explorador noruego Thor Heyerdahl, sobre su legendaria balsa Kon Tiki, hizo un trayecto similar –algo más al Sur– y arribó a Tuamotu (otro archipiélago de Polinesia) 101 días después de su partida. Lo acompañaban cinco hombres. Nuestra heroína moderna navegó sola.
La fantástica hazaña de Maud, a la que ella misma se empeña sistemáticamente en restarle méritos, merece un reconocimiento especial. Marca el avance del muy mal llamado "sexo débil" en estas cuestiones extremas. Como para empezar a considerar que todos los récords masculinos que figuran en la enciclopedia Guinness pueden empezar a tambalear de un día para el otro si aparecen chicas con tanta determinación.
Las palabras de la propia remera en el punto de llegada son más que testimoniales: "No realicé ninguna hazaña. Sólo cumplí un ejercicio de voluntad para probar que una mujer posee las mismas cualidades físicas y mentales que un hombre para completar, en absoluta soledad, una travesía de esta magnitud". Humilde, además de todo...
Y lo dijo con una sonrisa que apenas denotaba "algo" de cansancio, mientras en la playa de Atuona una multitud le rendía honores muy tradicionales del lugar. ¿Podremos seguir hablando, a la luz de los hechos, del sexo débil?

