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Luchan. Se agarran. Se empujan. Se abrazan. Parece que danzan. Son la pareja de hermanos estadounidenses más ganadora de la historia de la lucha libre. Campeones olímpicos y mundiales del país más poderoso. Pero la lucha es un deporte sin rating. Los campeones precisan un mecenas privado. Ése es el problema. Foxcatcher, el film que competirá este domingo por cinco nominaciones al Oscar en Hollywood (no al de mejor película), desnuda como pocas veces el costado menos glamoroso del deporte de alto rendimiento. El campeón es imbatible sobre el escenario. Pero es uno más cuando se apagan las luces. Luchar contra el comunismo ruso es más sencillo que enfrentar a los propios demonios.
Dave y Mark Schultz, campeones mundiales, ganan el oro en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 84. Los recibe Ronald Reagan en la Casa Blanca. Atletas del mundo libre versus atletas soldados del comunismo, los arenga el presidente de Estados Unidos. Los Ángeles 84, primeros Juegos privatizados de la historia, y sin Rusia, que boicotea la cita, es una fiesta del neoliberalismo. Un patriotismo patrocinado por Coca-Cola y Xerox. Gritos de "U-S-A" y banderas por todos lados. El Comité Olímpico Internacional (COI) protesta por la cobertura nacionalista de la cadena ABC, casi despreciativa para los atletas extranjeros. Estados Unidos, con Carl Lewis como gran figura, gana 83 medallas doradas. No hay otro país que gane más de 20. Sin embargo, Mark Schultz no tiene dinero para llegar a fin de mes. Despedido de su puesto de entrenador en la Universidad de Stanford, Foxcatcher lo muestra dando una charla en una escuela. Le pagan 20 dólares.
La película de Bennet Miller, director de Capote y que ya incursionó en el deporte con Moneyball, revela que también en Estados Unidos los atletas deben arreglarse muchas veces como puedan. Sucede aún hoy. En medio de los últimos Juegos de Londres 2012, el diario USA Today informó el quebranto de las familias de la gimnasta estrella Gabby Douglas y del nadador Ryan Lochte, ambos medallistas. Preparar a un hijo para subir al podio, decía el informe, implica miles y miles de dólares. Clubes de elite, viajes, ropa, implementos, alimentación especial. La Federación cubre los gastos sólo a partir de que el atleta es seleccionado. Pero una beca de 400 dólares mensuales, como la que recibía la pesista Sarah Robles, tampoco alcanza para mucho. Una medalla de oro en Londres equivalió a 25.000 dólares, más sponsors. Pero no todos suben al podio. Muchos ni siquiera llegan a los Juegos. Y otros deben rechazar dinero de patrocinadores para no perder la beca universitaria. USA Today se pregunta por esos muchos que quedan en el camino. En Foxcatcher, Mark Schultz recibe una oferta de 24.000 dólares al año. Es el sueño americano. Imposible decir no. Aunque el mecenas se presente ya a la primera charla "duro como una piedra".
El mecenas se llama John Eleuthère du Pont, heredero de 46 millones de dólares gracias al negocio familiar vinculado con la banca y la industria química y armamentística. Su madre, con la que vive en una mansión victoriana de 800 hectáreas en Pensilvania, le paga a otro niño para que sea amigo de su hijo. Ornitólogo y filatelista, separado a los tres meses, después de golpear a su esposa y acusarla de ser una espía rusa, John du Pont, deportista frustrado, instala Foxcatcher, un gimnasio de lujo de 600.000 dólares, y forma un equipo liderado por Mark Schultz. La escena de Mark pisando y corriendo para probar el piso del gimnasio es formidable. En Foxcatcher, una película de silencios inquietantes, dialogan los cuerpos. Lo hace el propio Du Pont con ropa deportiva, cuando pretende enseñarles a los atletas tomas de primer grado para impresionar a su madre dominante (Vanessa Redgrave). El egocéntrico arma también su propio documental y Discovery Channel lo exhibe como un filántropo y patriota. La paranoia crece tras la muerte de la madre. Du Pont echa a los tres atletas negros del equipo. Se viste de naranja y pide que lo llamen Dalai Lama. Cree que hay nazis en la mansión. Y en su escritorio, en medio de fotos con George Bush y Anwar Sadat, dice a sus atletas que la patria los necesita. Que hay que ganarles a los rusos.
Foxcatcher pasó casi inadvertida en la cartelera porteña. Modifica fechas y omite datos, pero Steve Carrell (el Michael Scott de The Office), también él nominado a un Oscar, es un Du Pont magnífico, de nariz falsa y tres horas de maquillaje antes de cada jornada. Un monstruo humano. El magnate consume cocaína junto con Mark Schultz (Channing Tatum). El verdadero Mark Schultz le pide a Miller que evite la escena. Y enfurece por las redes sociales -luego se disculpa-, porque el director de Foxcatcher sugiere una relación sexual entre el magnate y el luchador. Los luchadores se enojan porque otros ven un juego sexual donde ellos sólo ven fuerza y técnica. Mark Schultz abandona la mansión tras salir sexto en los Juegos Olímpicos de Seúl 88. Queda su hermano Dave (Mark Ruffalo). Du Pont lo mata a balazos el viernes 26 de enero de 1996. "¿Tenés algún problema conmigo?", le grita mientras le dispara. La muerte sucede el día del cumpleaños del luchador búlgaro Valentin Jordanov, integrante del equipo, supuesto amante de Du Pont y beneficiario del ochenta por ciento de la fortuna del magnate. Du Pont se atrinchera en la mansión y la policía, amiga del magnate, tarda 48 horas en arrestarlo. La justicia lo encuentra culpable, pero lo declara insano. Du Pont muere en 2010, en la cárcel, a los 72 años. ¿Por qué el asesinato? Foxcatcher no lo dice. No todo en la vida tiene respuesta.
Los luchadores eran las estrellas en los Juegos de la Antigua Grecia. El más famoso, Milon de Crotona, consumía 9 kilos de carne por día, más 9 kilos de pan y 8 litros de vino. La leyenda dice que llegó a comerse un toro él solo. Cuenta Estrabón que sostuvo el techo de un edificio al derrumbarse una columna. Discípulo del matemático Pitágoras, Milon murió comido por los lobos. Hoy, la lucha sobrevive a duras penas en los Juegos Olímpicos. El negocio busca imponer el show de la lucha libre de la TV de cable. Con todas sus variantes. El entretenimiento de luchas fingidas, resultados pactados y festival de drogas. El de las artes marciales mixtas. O el del que vale todo, como el Randy Robinson de Mickey Rourke en El Luchador, que sólo siente seguridad sobre un ring, porque le duele más la vida que los golpes del rival. Poco de nuevo. Ya los Juegos de la antigua Grecia tenían el pancracio, la "lucha total", mezcla de lucha y boxeo, con atletas que hasta morían estrangulados, como le sucedió a Arraquio de Phigalia en la 54 Olimpíada, en el 546 a.C. Mark Schultz, hoy mormón de 54 años que da charlas en universidades, también pareció sentirse más seguro dentro que fuera de un ring. Alejado definitivamente de Du Pont, se ganó la vida en el show de la lucha libre. Foxcatcher, una película triste, cierra con Mark Schultz peleando en el circo de la UFC contra un rival ruso. Y la multitud que grita eufórica: "¡U-S-A! ¡U-S-A!".
