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Alberto Demiddi, el mejor remero argentino de la historia y uno de los más notables atletas que dio nuestro país, murió ayer a los 56 años, en un sanatorio privado de San Fernando, como consecuencia de un cáncer que sufría desde hacía varios años. Los restos del brillante deportista, que estaba casado con Silvia Sivieri y tenía cinco hijos, son velados en Alsina 1136, San Fernando, y serán sepultados hoy, a las 15, en el cementerio Parque Memorial, en Pilar.
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Resulta curioso, pero los obstinados buscadores de triunfos viven las horas de gloria con menos intensidad que quienes los rodean. Es que el éxito suele llevarse mejor con los que no alardean de él. Así era Alberto Demiddi; demasiado humilde y exigente consigo mismo como para advertir en sus logros algo a lo que muy pocos podían aspirar.
Allá por 1972, los aparatos de televisión conjugaban las imágenes de una prueba de remo con los relatos de un símbolo de las transmisiones de fútbol, José María Muñoz. Quien estaba allí, en la cancha artificial que Munich había preparado para los Juegos Olímpicos, era Demiddi. Por un rato, en la culminación de su carrera, lograba que el interés por un deporte olvidado orillara la masificación.
En la fría tarde del 2 de septiembre, ante tribunas colmadas, el hombre que por años había derrochado esfuerzo en el río Paraná buscaba su mayor hazaña. Fueron siete minutos y medio de encarnizada lucha con el ruso Yury Malishev, que al final se quedó con la medalla dorada. Demiddi, que cruzó la línea menos de un segundo y medio después, se llevó la plateada. Paradoja que suele darse en las vidas de los vencedores, ese notable logro terminó siendo su mayor frustración.
"Me molestaba demasiado perder", le dijo a La Nación hace poco más de un mes, y en esa simple razón podría encontrarse el motivo de esas ansias inquebrantables de mejorar. Tal vez, también, pueda buscarse en la severa educación que su padre le había dado desde siempre.
Como para que desde bien temprano quedara claro cuál iba a ser el paño de su destino deportivo, Demiddi, que nació el 11 de abril de 1944 en el Hospital Rivadavia, de Buenos Aires, comenzó a educarse en el deporte con el waterpolo y la natación. Siendo niño, su padre, Alberto, recibió una oferta de Newell´s Old Boys para ser entrenador de natación y junto con su esposa, Sara Gabay, decidieron trasladar la familia a Rosario.
Por años sólo se dedicó a la natación, hasta que, en 1960, una circunstancia ajena a él comenzó a delinear su futuro. Tras un conflicto de su padre con Newell´s, se marchó al Club de Regatas Rosario, presidido por Napoleón Sivieri, quien, años después, se convertiría en su suegro. Fue Sivieri quien, un día, lo alentó a dedicarse al remo; entre el entusiasmo por los primeros triunfos -en ocho, junior- y el aprendizaje que le aportaron algunas derrotas ya estaba encaminado. Poco después se dedicó por entero a la que sería su especialidad, y también su gran pasión: el single.
No tardaría en comenzar a enhebrarse la larga cadena de triunfos y títulos. Guiado por el entrenador que lo formó y lo acompañó en sus horas más brillantes, Mario Robert, llegaron los títulos nacionales y la proyección internacional.
En 1964 dio el primer gran golpe fuera de nuestras fronteras: Henley, la Meca del remo, lo vio arribar segundo. Por aquellos días tenía también su primera experiencia olímpica, en Tokio (finalizó 4º). Tanta tenacidad y seriedad no le impedían aferrarse a recursos menos racionales: nunca abandonaba la cábala de las medias rojas y la cadenita de Rómulo y Remo, obsequio de sus padres.
Henley, que se le volvió a negar en el 66, se rindió ante él en 1971. Igual que los campeonatos europeos de 1969, en Austria, y 1971, en Dinamarca. Eran años de acostumbrarse al triunfo. Por eso no extrañó a nadie que llegara el título mundial en 1970, en St. Catharines, Canadá.
Tras el bronce en México 68, sólo le faltaba el oro olímpico cuando llegó aquella tarde de Munich. No lograrlo lo decepcionó y lo llevó a dejar todo dos años después. Ya se había ganado un lugar notable en el deporte argentino: hasta hoy, es uno de los tres atletas -junto con el pesista Humberto Selvetti y el windsurfista Carlos Espínola- que ganaron medallas en dos Juegos Olímpicos.
Con ese carácter fuerte y exigente que lo distinguió sobre el bote y lo llevó a frecuentes enfrentamientos con la dirigencia, se dedicó a entrenar. En esa actividad estuvo desde 1975 hasta noviembre del año último, en el Club de Regatas La Marina; también condujo al seleccionado nacional en los Panamericanos de Mar del Plata, en el 95. Ese puesto fue el que eligió para seguir luchando.
Murió Demiddi. Las aguas del Paraná, que alguna vez se acostumbraron a los obstinados surcos de su bote, lo extrañarán definitivamente.
El 18 del mes último, La Nacion publicó una entrevista con Alberto Demiddi, en la que habló del remo de ayer y de hoy. Estos fueron los conceptos más salientes:



