Fiesta latina en el Super Bowl de Trump: la rebeldía, esta vez, fue autorizada
A nueve años de la mítica protesta de Colin Kaepernick, un artista popular lideró el momento más visto de todos los tiempos en la definición de la NFL
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El escenario era el mismo. La escenografía no. Arriba del Levi’s Stadium, en Santa Clara, California, volaban aviones de guerra ante los aplausos de la multitud. Dentro del campo eran condecorados comandantes del Ejército. Y en los altavoces sonaba el himno nacional. “Sobre la tierra de los libres y el hogar de los valientes”, cantan todos de pie, mano en el pecho, la letra compuesta por Francis Scott Key, abogado esclavista tres siglos atrás. Un show patriótico, previo a cada partido, por el que el Pentágono pagó más de cinco millones de dólares a la National Football League (NFL), el fútbol macho de Estados Unidos, santuario conservador, cultura militarista, ochenta por ciento de aficionados blancos, banderitas eternas en el “Sunday Night Football” de la NBC para el “America’s Game”. Hasta que Colin Kaepernick, quarterback negro de los San Francisco 49ers, el equipo dueño de casa, se arrodilló en 2017. Fue una protesta no controlada, que se expandió a otros deportes. Oficinas y escuelas. A las calles de todo Estados Unidos. Kaepernick terminó echado. Su rebeldía no había sido autorizada.
Casi una década después, la NFL, que en 2020 pediría disculpas y elogiaría al movimiento “Black Lives Matter” (pero sin mencionar jamás a Kaepernick), cedió el último domingo el Levi’s Stadium y su fiesta patria del Super Bowl, para una celebración de amor, baile y diversidad, el “halftime show” más visto de todos los tiempos y casi todo en español, liderado por el puertorriqueño Bad Bunny, y en plena era de odio MAGA instaurada por Donald Trump, obviamente furioso con el espectáculo.

No tuvo acaso la fuerza poética del show del entretiempo del Super Bowl de 2007, cuando Prince cantó “Purple Rain” en medio de una tormenta. Pero ofreció una potencia arrolladora de “empoderamiento, resistencia y alegría”, como reprodujo en un posteo en sus redes el actor chileno Pedro Pascal, también protagonista, igual que Lady Gaga, Ricky Martin y muchos más, todos en un escenario lleno de salsa y también de simbolismos, desde la bandera independentista hasta el niño latino víctima de ICE, la policía migratoria de Trump, que ejecuta y siembra terror en las calles del país. A diferencia de Kaepernick, la protesta de Bad Bunny sí fue autorizada.
“El poder”, escribió en sus redes Ricardo Gamboa, activista artista nacido en Chicago, “aprendió que es extremadamente efectivo cooptar luchas” y “venderlas como entretenimiento”. Ya no silencia el disenso, sino que “lo abraza para controlarlo” y “pacificar la rebelión”. En los últimos años, habían reclamado diversidad e inclusión los shows de Madonna, Cold Play, Shakira y Jeniffer López, entre tantos. Beyoncé y sus bailarinas desafiaron en 2016 con el uniforme de “Panteras Negras” y simbología de Malcolm X y “Black Power”. Y, en el Super Bowl del año pasado, Kendrick Lamar denunció esclavitud, vieja y actual, con un Tío Sam interpretado por Samuel L. Jackson. Eso sí, cuando el bailarín Zul-Qarnain Kwame Nantambu exhibió la bandera “maldita” de Palestina (y también la de Sudán), la NFL lo echó de por vida. Como a Kaepernick. “El disenso es permitido sólo cuando puede ser controlado”, escribió Gamboa (the_scarlet_faguette en Instagram).

ICE, igual que Trump, no se asomó el último domingo al Super Bowl en Santa Clara. “Nadie es ilegal en tierra robada”, había recordado unos días antes, al ganar su premio Grammy, la artista Billie Eilish, también ella nacida en California. Le pregunté a la IA si Santa Clara era parte de México. Me respondió que sí, claro, que fue parte de México antes de “integrarse” a Estados Unidos. La IA habla de “intervención” de Estados Unidos (Batalla de Santa Clara en 1847) y de una ciudad que fue “cedida” por México. Le cuestioné esas expresiones y la IA se disculpó: “Para ser intelectualmente honestos, Santa Clara no se ‘integró’. Fue conquistada y anexada como parte de un botín de guerra”, precisó. Lo cantó mucho antes un narcocorrido de Los Tigres del Norte: “Nos quitaron ocho estados... Yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó”.
No es fácil contar lo que sucede hoy en el deporte, como ya fue dicho, cada vez menos deporte, cada vez más espectáculo. En su política de recortes, el magnate Jeff Bezos, que gastó 75 millones de dólares en su documental obsecuente de Melania Trump, decidió directamente cerrar la sección Deportes del Washington Post. Pero el deporte sigue siendo la zanahoria central para todas las nuevas plataformas, y para su público más joven, más proclive al negocio de las apuestas.

La NFL precisa rejuvenecerse y expandirse. Acaso por eso, como dice el analista mexicano Mauricio Cabrera, hoy ayuda que Bad Bunny afirme que América no es Estados Unidos, sino un continente. Un continente que bailó y lo celebró el domingo. Que sintió al menos una pequeña reivindicación. El escritor Dante Stewart lo escribió citando a la poeta Maya Angelou: “He aprendido que la gente olvidará lo que dijiste, la gente olvidará lo que hiciste, pero la gente nunca olvidará cómo la hiciste sentir”.
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