Acuña muerde, Alario convierte, Marchesín se distrae, Lautaro se enoja y Dybala desafina

Cristian Grosso
Cristian Grosso LA NACION
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13 de octubre de 2019  • 22:50

Pinceladas de un amistoso sin equivalencias, donde varios futbolistas de la selección aprovecharon la oportunidad para intentar convencer al entrenador Lionel Scaloni de que podrán ser tenidos en cuenta cuando los adversarios tomen relevancia y jerarquía. Exámenes que, pese a la vulnerabilidad de Ecuador, no todos consiguieron aprobar.

Marcos Acuña se afirma como la opción más valiosa para fortalecer ese eje central que muestra a Leandro Paredes y a Rodrigo De Paul como dos engranajes insustituibles del sistema del entrenador. Participó de los tres primeros goles de la Argentina y esta vez completó todo el encuentro, para certificar que su prestación merecía más minutos que los puñaditos de minutos que Scaloni le solía entregar. Entre su decidido ingreso con Alemania y este choque con Ecuador, se convirtió en el valor más rescatable de la 'ventana FIFA'. Versátil, una opción para todo el largo de la banda izquierda, con pegada, esfuerzo y criterio.

Lucas Alario también exprimió sus minutos. Hace poco más de un mes no entraba en la consideración de Scaloni, incluso postergado por jugadores como Matías Suárez. Se sumó de emergencia, a último momento a la gira pasada por los Estados Unidos, y en esta oportunidad dejó su sello en el arco rival. Fue el revulsivo ideal contra Alemania en la media hora que jugó y ante Ecuador, ahora como titular y durante 55 minutos, volvió a ser una preocupación constante para el adversario. Inteligente para retrasarse en algunas ocasiones, claro para la descarga, supo complementarse con Lautaro Martínez y grabó su nombre en la red, en definitiva, lo que siempre se le demanda a un goleador. Con otro cabezazo, como en Dortmund, en Elche abrió la sencilla victoria.

Además, cerca en su área de influencia, Acuña disfrutó de un socio rebelde y prepotente: Lucas Ocampos. El volante de Sevilla, que esperó durante años el llamado a la selección, desde que debutó hace unos días con Alemania parece dispuesto a recuperar el tiempo perdido con una contagiosa verticalidad. Agresivo, comprometido y siempre dispuesto para asociarse o para llegar al gol. Dos partidos, dos festejos.

Nicolás González resultó el rendimiento más intrascendente de la apuesta de Scaloni. El volante de Stuttgart apenas cumplió un desteñido debut, sin maniobras influyentes en el juego por su banda, la derecha. Las facilidades de Ecuador por el sector opuesto fueron una tentación para que la Argentina cargara el juego por allí y, así, González participó de manera intermitente.

Tal vez uno de los aspectos más preocupantes del amistoso en Elche resulte tener que detenerse en el arquero argentino, Agustín Marchesín, cuando Ecuador fue un oponente de bajísimo calibre. Su desatención en el tiro libre de Mena, en el comienzo del segundo tiempo, fue alarmante. Ante un rival de otra jerarquía, en un juego trascendente, esas fallas pueden costar una derrota. Creyó que el envío se iba ancho, acompañó con la mirada y terminó por ir a buscar la pelota al fondo de su arco. Peligroso.

Lautaro Martínez, que frente a México había convertido un triplete el mes pasado, cerró esta gira europea sin goles entre los 135 minutos que disputó. No es preocupante en sí mismo porque siempre se mostró inquieto y activo, en cambio sí merece atención una conducta que repitió: ya le había discutido a Paredes la ejecución de un penal ante México, y esta vez repitió la desprolija escena frente al volante de PSG. El ejecutor designado por Scaloni es Paredes y el ámbito público no es el lugar para discutir esas decisiones. El capricho de Lautaro rebela una cuota de inmadurez. Y una línea final para Paulo Dybala, que ingresó luego del entretiempo, y ni ante un adversario tan descolorido se las ingenió para llegar al gol: no tendrían que seguir retaceándole entusiasmo a la selección argentina.

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