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El silencio general continuó a la alarma inicial. Gabriel Migliónico, delantero de Colón, tendido en el césped, con serias dificultades para respirar, es asistido por el cuerpo médico mientras la congoja afecta a todos; y, más, a César Velázquez, arquero de Nueva Chicago, el victimario de la historia que tuvo un final feliz. Sólo porque el destino lo quiso.
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La noche santafecina del 25 de agosto último fue la fecha reciente más dramática en las canchas del fútbol doméstico. El arquero salió, desesperado, por el aire, tras el trofeo que volaba con destino de gol. Con distinto objetivo saltó el atacante y el puño derecho de aquél chocó con la cabeza de Migliónico, que sufrió una conmoción cerebral, segundos después de anotar el gol. El partido se postergó, los casos similares continuaron.
El domingo último, Juan Carlos Olave, guardavallas de Belgrano, tuvo un episodio similar con Esteban Cambiasso, de River, pero el volante continuó en el juego. Semanas atrás, Sebastián Saja, de San Lorenzo, le propinó un puñetazo en un cruce aéreo a Facundo Sava, de Gimnasia, que no resistió el golpe y fue retirado en camilla con un cuello ortopédico; se recupera en su domicilio. Y se vivieron otros casos, no tan famosos. ¿Se expulsó a los arqueros por la infracción? No. ¿Se sancionó penal? Tampoco. Todo siguió el curso habitual.
“Si el arquero sale con fuerza excesiva se debe cobrar penal y expulsarlo. Pero si llega tarde y no es muy violento el choque, no se sanciona. Todo se mide por la fuerza. Yo no aprecié el golpe a Cambiasso. Lo que pasó con Saja y Sava hubiese merecido la sanción más dura; y Velázquez, aquella vez, también debió irse expulsado”, comentó Gabriel Brazenas, el árbitro entre millonarios y piratas.
Más allá de la frase, los arqueros, tras los golpes, siguen bajo los tres palos. A pesar de la carta aclaratoria de Juan Carlos Loustau, director de la Escuela de Arbitros, hacia Raúl Madero, director del Departamento de Medicina Deportiva de la AFA, en septiembre último, inquieto por la reiteración de episodios similares. En un párrafo, una frase marca: “Se debería sugerir a los árbitros que interpreten en esta acción estricta y cabalmente el sentido del uso de una fuerza excesiva... que pone en peligro la integridad física de un adversario, debe ser sancionado como juego brusco grave...” Reglas más severas, mayor protección.
Los arqueros dicen que se debería juzgar la intención, aspecto erradicado en el mundo de la pelota. Saja se defiende. “Son situaciones del juego; ahora dicen que van a cambiar las reglas para hacerlas más estrictas, pero lo único de lo que no se dan cuenta es que perjudicarían más a los arqueros. Si seguimos así, algún día nos van a prohibir atajar con las manos. Hay que tener en claro que jamás hubo mala intención”, comentó el arquero de San Lorenzo.
Lo mismo hizo Juan Carlos Olave, de Belgrano. “Fue un encuentro casual con Cambiasso. Llegamos casi juntos, y me demoro porque estoy más lejos de la jugada. Lo que se está hablando, sobre la sanción con penal de este tipo de jugadas, está mal. Se les están dando menos posibilidades a los arqueros. Si seguimos así, llegará el momento en que los arqueros jugaremos atados a la red”, comentó.
La controversia pasó de ser una casualidad a convertirse en un nuevo clásico argentino. Los árbitros deberían sancionar con mayor dureza, los arqueros deberían aceptar la responsabilidad, los delanteros deberían salir protegidos. De deberes se trata, según confía Héctor Baldassi. “El reglamento es claro: penal y expulsión. No hay que hablar más de intención; es una jugada que existirá siempre, como los golpes y las expulsiones”, simplificó el juez. Pero la preocupación aumenta con los días. Semanas atrás, Loustau admitió que se planteó “una reconsideración sobre este tipo de acciones”. Pero no se aplica.
Se entiende: la polémica apenas ve la luz. En el fútbol doméstico, los golpes, en el aire y en el campo, son casi una rutina indeseada. En Rusia fue tragedia. El 18 de agosto último el arquero Serghiei Perkhun, de CSKA de Moscú, chocó de frente con el jugador de Anji, Budun Budunov, estuvo diez días en estado de coma y falleció por los graves daños cerebrales. Es un caso extremo; si se quiere, un hecho aislado. Vale como advertencia.
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Migliónico se recuperó y volvió a ser figura de Colón. Velázquez es uno de los fundamentos de la buena campaña de Nueva Chicago. Pero el vértigo de los sucesos deportivos no deja en el olvido aquellas palabras de Eduardo Vega, médico de Colón. “El jugador corrió peligro de muerte”, dijo. Un final feliz, pero con el color de la fortuna.



