Atreverse está en la historia de Boca, pero no en el manual de Gustavo Alfaro

Cristian Grosso
Cristian Grosso LA NACION
Gustavo Alfaro. entrenador de Boca
Gustavo Alfaro. entrenador de Boca Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli
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1 de septiembre de 2019  • 20:30

Boca no podía perder. La derrota lo sumergía en un mes de culpas y ansiedad, la antesala más incómoda rumbo a esa obsesión llamada Libertadores. Entonces Gustavo Alfaro revisó su manual favorito y se reflejó en aquel entrenador de Quilmes, Arsenal o Huracán, los equipos con los que había logrado sus tres únicos triunfos contra River luego de enfrentarlo 23 veces en su carrera como entrenador. Oscuro palmarés. Los antecedentes lo condenaban y los abundantes recursos xeneizes -él resolvió relegar al banco a Tevez, 'Bebelo' Reynoso y Villa, y solo sumarlos en grajeas- lo alentaban a asumir el clásico con grandeza. Pero se abrazó a su genética como técnico, el miedo. Alfaro entendió que evitar la derrota era más trascendente que conseguir la victoria..

El pragmático análisis de Alfaro se aferró a los recuerdos de 2015, cuando Boca le ganó 2-0 a River por el torneo local y cuatro días después cayó por un gol en la ida de los octavos de final de aquella Libertadores. Una semana más tarde, el gas pimienta completó la eliminación xeneize. La Superliga no le importó a Alfaro. Este clásico no guardaba gravitación estadística para el técnico, pero sí, riesgos emocionales. Ganar no le aseguraba nada en la Superliga porque todavía faltarían otras 18 fechas. Pero caer lo zarandeaba anímicamente. No perder se volvió una obligación; ganar, apenas una eventualidad. El tema es que redujo a Boca a una expresión tímida y amarga, casi abandonada al manto protector del confiable Andrada.

El superclásico, bajo la temerosa óptica de Alfaro, ponía en juego algo mucho más valioso que los puntos: la tranquilidad. Cómo transitar sin turbulencias los próximos 28 días hasta las semifinales de la Copa. ¿Hará lo mismo el 1° de octubre? Tal vez. Pero primero aparecía este duelo, incómodo en el calendario para el entrenador. Alfaro siempre entendió el partido como un problema que debía atravesar sin sufrir daños. Nunca pensó en los beneficios. Nunca lo observó como una posibilidad para asestarle un golpe al rival de siempre, para disfrutar, al menos, de una mínima fiesta en el patio enemigo. Atreverse está en la historia de Boca, nunca en el libreto de Alfaro.

Convivir con una potencial derrota condicionó mucho más a los visitantes que a River, que no sabe de urgencias, nervios ni histeria porque se acorazó entre tantas victorias, especialmente desde la escala en Madrid. Boca jugó asustado por la amenazante atmósfera de desaliento y estrés que traería un tropiezo. El plan austero, rocoso y metalúrgico, diagramado únicamente para resistir, funcionó. Paradójico: después de una docena de visitas a Núñez en su trayectoria, Alfaro sigue sin saber de qué se trata vencer en el Monumental..., pero seguramente se marchó satisfecho. Boca soportó y transitará con calma este mes hasta la apertura de la serie por la Libertadores. También quedó a la vista el miedo que le tiene a River.

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