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Sergio Batista era un formidable número cinco. Sin un despliegue físico exuberante, siempre estaba bien ubicado. Conocía sus limitaciones, escondía sus defectos y exprimía sus virtudes. Su velocidad mental le permitía anticiparse a las jugadas. Sabía lo que iba a hacer con la pelota antes de recibirla. Y casi siempre la movía de primera para agilizar la circulación, en una zona donde hay que tocar y no trasladar. Su estilo convenció hasta el mismísimo Bilardo, quien dejó afuera a su querido Miguel Russo y lo llevó al Mundial de México. El nuevo sistema táctico no modificó la manera de jugar de Checho, cuyo tic tac fue imitado por Redondo y Cambiasso, sus herederos en La Paternal.
En esos tiempos, un solo cinco era suficiente para marcar presencia en el medio. Marangoni en Independiente, Gallego en River, Palma en Central, Martino en Newell’s imponían sus diferentes características en el mismo puesto: el de volante central. No estaban solos, por supuesto. La cobertura del mediocampo demandaba un jugador por la derecha y otro por la izquierda. Eran tiempos del 4-3-3, un número telefónico que, con los intérpretes correspondientes, explicaba el reparto de espacios: cuatro defensores, tres centrocampistas y tres delanteros. Los números de las camisetas aún tenían relación de pertenencia con la posición en la cancha. El 4 y 3 eran los laterales, el 2 y el 6 los zagueros, el 8, el 5 y el 10 los volantes, el 7 y el 11 los punteros y el 9 el centrodelantero. "¿De qué jugás, pibe"?, preguntaba el encargado de las pruebas de juveniles del club. Y el pibe respondía con el número.
Las "novedades" tácticas fueron redefiniendo al futbolista. Los punteros desaparecieron y llegaron los "puntas". La defensa de tres centrales terminó con los laterales y engendró a los carrileros. El delantero tirado atrás se convirtió en enganche. Y la línea de cuatro volantes creó al "doble cinco", la fórmula de moda. En la primera fecha del Clausura 2001, 7 de los 20 equipos presentaron este esquema: Racing (Arce-Lux), Gimnasia (Cavallo-Scotti), San Lorenzo (Tuzzio-Zurita), Estudiantes (Osorio-Zapata), Los Andes (Levato-Salomón), Belgrano (Martina-González) y Argentinos Juniors (Herrón-Medina), con… Batista como DT. Cinco años más tarde, el arranque del Clausura 2006 mostró a 13 de los 20 con este formato: Banfield (Leiva-Santana), Racing (Torres-Bastía), Newell’s (Husaín-Zapata), Quilmes (Pietravallo-García), Gimnasia (Escobar-González), Gimnasia de Jujuy (Ramasco-Damonte), Independiente (Herrón-Biglia), Lanús (Salomón-Pelletieri), Instituto (Barrientos-Facciutto), Estudiantes (Esmerado-Cardozo), Olimpo (Pinto-Wagner), Central (Ledesma-Díaz) y Arsenal (Hirsig-González). Y en esta primera fecha del Clausura 2011, vimos a Sánchez-Verón en Estudiantes, a Bernardi-Mateo en Newells, Ortigoza-A. Torres en San Lorenzo, Poclaba-Zuculini en Racing, Kalinski-Cerro en Quilmes, Razzotti-Cantero en Vélez, Castaño-Martínez en Tigre, Battaglia-Somoza en Boca, Almeyda-Acevedo en Ríver.
Por supuesto, hay matices propios de cada equipo que pueden explicar su respectiva pareja de medios. No es lo mismo el excelente tándem Braña-Verón en el campeón que el fallido experimento de Falcioni para armar un cuadrado con Riquelme y Erviti en la creación. Pero la profusión de nombres apunta a fundamentar el concepto: la multiplicación del volante central. Durante el Sudamericano de Perú, el seleccionado juvenil tuvo en su nómina de 20 futbolistas a cuatro medios: Battaglia, Cirigliano, Zuculini y Cardozo. La no-clasificación para Londres 2012 es un fracaso. La Argentina no podrá defender sus medallas doradas de Atenas 04 y Pekín 08. La competición olímpica significa más para el deporte argentino en general que para el fútbol en particular. La FIFA se ha encargado de quitarle valor a su torneo con restricciones de edad (Sub 23) y un discutible criterio geográfico para determinar a sus 16 participantes. No quiere que se convierta en otro Mundial, como sí ocurre en el básquetbol, voleibol y hockey sobre césped. Humberto Grondona Jr., subdirector de Selecciones Nacionales, y Walter Perazzo, entrenador de la selección Sub 20 han sobrevalorado el módico objetivo cumplido: la plaza para el Mundial de la categoría en Colombia. Sólo el último puesto del hexagonal final hubiera dejado al equipo sin Copa del Mundo. Un papelón ya consumado hace dos años en el Sudamericano de Venezuela, con Sergio Batista de entrenador.
Este modelo 2011 fue tan mediocre como el anterior. Sin talento individual, sin juego asociado y con un DT temeroso, que no tomó riesgos ni siquiera cuando estaba obligado. Ganó un par de partidos con mucha fortuna. Su mejor futbolista fue el arquero Andrada. Salvo casos aislados como Nervo y Battaglia, los integrantes de este equipo no son frecuentes titulares en sus clubes. "Se acabó el glamour", dijo Grondona Jr., co-responsable de este retroceso. Tras el título en Canadá 2007, la AFA decidió desmontar la exitosa estructura Pekerman-Tocalli. Designó a un grupo de voluntariosos futbolistas retirados que no ha demostrado idoneidad para conducir y formar juveniles.
De todas maneras, el problema es más complejo. El fútbol amateur está en un momento crítico. A los entrenadores de las divisiones menores se les exigen resultados y no la preparación de futbolistas para la primera. Ávidos de una salvación económica, los representantes y el entorno familiar promueven el individualismo en un deporte de equipo. Hay un alarmante déficit en fundamentos básicos de la técnica individual, como el control de la pelota. El panorama ya influye en el profesionalismo. El aporte de las divisiones inferiores a las primeras alineaciones del Clausura 2011 ha sido bien bajo. No llega al 30 por ciento de los titulares. Sólo 1 de los 16 equipos presentó mayoría de jugadores hechos en su fábrica: Newell’s Old Boys con 6 (Lema, Fuentes, Vella, Mateo, Bernardi y Sperduti). No se vislumbra una mejora en el corto plazo. Los clubes argentinos no acuden a su fútbol de base.
Barcelona, el equipo modelo, juega con ocho titulares egresados de La Masía. Estamos muy lejos de Catalunya. En realidad, el único punto de contacto entre ambas expresiones futbolísticas se llama Lionel Messi, el mejor de todos. En un esquema que necesita especialistas, Batista lo eligió a él como único nueve entre tantos candidatos. Sin embargo, en la mitad de la cancha aplica la tabla del cinco y multiplica volantes centrales. Su admirado Barsa juega con uno solo: Sergio Busquets, cuyo suplente es el titular del seleccionado nacional. El bajo rendimiento de Mascherano hoy le quita el cartel de indiscutido que supo ganarse entre 2004 y 2010.
Ante Portugal, Batista hizo generala de cincos. Arrancó con Banega, Mascherano y Cambiasso. Y en el segundo tiempo, puso a Gago y a Biglia. Aun con momentos y lugares repartidos, es una exagerada cantidad. La fórmula de moda ha eliminado al ocho y al diez, que acompañaban con despliegue, llegada y retroceso. Podemos recordar a Ardiles, JJ López, Alonso, Brindisi, Giusti o Babington. Pero también hay jugadores que en la actualidad llenan ese formulario. En el listado de la derecha podemos incluir a José Sosa, Belluschi, Lucho González, Toranzo y hasta Salvio (sí, juega de ocho en Benfica). Y en el margen izquierdo aparecen los zurdos Leandro Benítez, Erviti, Víctor Zapata y hasta Gaitán (sí, juega de diez en Benfica). Lejos de un pedido masivo de convocatoria, esta nómina apunta a destacar intérpretes en lugares de la cancha que hoy son cubiertos por volantes centrales. En sus buenos viejos tiempos del Argentinos Juniors 85, con Videla y Commisso a los costados, Sergio Batista no necesitaba de un doble (o triple) cinco.
jpvarsky@lanacion.com.ar


