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No importa qué perfil asuma, Juan Carlos Biscay siempre se mantiene vinculado con el fútbol. Y cuando por alguna circunstancia estuvo al margen del ambiente, sufrió y tomó decisiones drásticas para reinsertarse. Biscay, de 53 años, es recordado por su paso como árbitro de primera división, aunque en sus comienzos fue futbolista del ascenso y ahora despunta una nueva pasión: la dirección técnica. Desde mediados de año es entrenador ad honorem de FC Urquiza, en la primera D. El equipo marcha segundo en la Zona B y él dirige detrás del alambrado porque todavía no está habilitado.
–¿Cómo pasó de árbitro a técnico?
–En 1995, cuando daba mis últimos pasos en el arbitraje, se acercó el vicepresidente de FC Urquiza, Guillermo Campo, que estaba como secretario técnico de Sportivo Barracas; me ofreció tomar el equipo y le dije que no tenía pensado ser técnico. Estuve un tiempo al margen del fútbol y la pasé bastante mal, tanto es así que renuncié a Telecom porque me sentía preso; tenía a cargo los barrios privados y countries desde Vicente López hasta Campana y largué todo. Un día me llamó el ex árbitro Ricardo Calabria, que era DT de El Porvenir, y me pidió una mano para que lo ayudara. En definitiva, el que me dio las dos manos fue él, porque me devolvió una parte de mi vida. Salimos campeones de primera B y yo fui su ayudante de campo. Después de la experiencia en El Porvenir trabajamos dos años y medio en Almirante Brown. Y este año dirijo solo a FC Urquiza, más que nada por la necesidad de estar.
–¿Y cómo se siente detrás del alambrado?
–Por precaución, cuando voy a las canchas visitantes me ubico en lugares seguros. Hasta ahora, en los clubes me recibieron con afecto, tanto las hinchadas como los dirigentes y técnicos. Quizá me tratan como una persona distinta por mi pasado de árbitro.
–¿Tuvo problemas con los referís?
–No, lo máximo que le grité a uno fue “estúpido”, que es un insulto pero no tan descalificante. Se lo dije por soberbio. Pero después no tuve mayores inconvenientes.
–Paradójicamente, su equipo tiene un promedio de casi un expulsado por partido.
–Creo que estoy fallando en el mensaje hacia el plantel. Yo no quiero que mis jugadores sean señoritas, pero necesito que se autoimpongan un límite necesario para no vulnerar la ley.
–¿Y estuvieron bien expulsados?
–En realidad, dos de los cinco fueron informados. Al arquero le dieron cinco fechas de suspensión porque devolvió una burla a la hinchada de Claypole con gestos, pero me pareció una sanción excesiva. Y el otro que fue informado le pegó un puntapié a un rival tras el partido. El tercero estuvo mal expulsado: le pegaron un codazo en la boca y reaccionó y el árbitro no vio la primera agresión. Después, el cuarto y el quinto vieron bien la roja, uno por doble amarilla y el otro por la ley del último recurso.
–¿El arbitraje lo ayudó para la dirección técnica?
–Sí, cuando dirigía me la pasaba viendo a Bochini; fue un aprendizaje fantástico. Y Martino, el de Newell’s. Gracias al Tata descubrí el secreto de la velocidad en el fútbol. Tenía inteligencia para acelerar en el momento justo.
–Retrocediendo en el tiempo, ¿cómo fue su transición de futbolista a árbitro?
–Yo era un enganche zurdo que jugaba en el ascenso y me expulsaban permanentemente, la mayoría de las veces por protestar. Me hacían faltas sistemáticas y no las soportaba. Yo no quería que me protegieran, sino que aplicaran la ley. Mi rebeldía con los árbitros se daba por mi afán de justicia; por eso me hice árbitro. Pero realmente me molestaban los jueces que manejaban el reglamento a su antojo.
–¿En qué papel disfrutó más, como jugador, árbitro o técnico?
–Cada actividad tiene su encanto. En la etapa de futbolista sentía placer por la pelota, que era como un imán. Aunque me di cuenta tarde de que es mejor ser inteligente antes que gambetear de más. Como árbitro disfrutaba de una ley de ventaja bien otorgada o con un acto de justicia en cualquier lugar del campo. Y en el papel de DT, la máxima satisfacción es ver cómo triunfan los jugadores que uno tuvo. En El Porvenir, a Garrafa Sánchez lo filmábamos con una camarita familiar para que corrigiera los errores y hoy, en Banfield, noto sus progresos.
–¿Cuál es el planteo de FC Urquiza?
–Es un 4-3-1-2, aunque en un sentido espiritual, jugamos con un 1-10.
–¿¡Cómo!?
–Sí, nombro al arquero en la formación, algo que nadie hace. Y pretendo que los otros 10 colaboren y que sean solidarios. Como un verdadero equipo.



