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Es un sueño. O una pesadilla. Es la vida misma, según cómo se la observe. De un lado... o del otro. Racing, un poderoso, es el partícipe del juego de opuestos de los más grandes. De cómo a Boca le salen todas, aun cuando parece que está a punto de caerse al precipicio. De cómo a River no le sale una, siquiera cuando tiene el cielo a sus pies. La final de la Copa Argentina, la renovada estrella del terreno doméstico, descubre a Boca y a Racing como finalistas. El 30 de junio o el 8 de julio se disputaría la interesante batalla futbolera, según siga el destino copero del club xeneize. Aunque hoy, ahora mismo, el contrapunto boquense y millonario atrapa, magnetiza, se entromete en la escena. Por qué a Boca le va tan bien, si no siempre lo merece. Por qué a River le va tan mal, si no siempre se equivoca.
No siempre fue así, claro. Hay que viajar en el tiempo. A los setenta, a los ochenta, incluso a los noventa. River, casi siempre, River. Clásicos, títulos domésticos, aun internacionales. Pero desde hace unos cuantos años, Boca, casi siempre Boca. Más aún: luego del tropezón más grande de la historia millonaria. Boca, mientras River chocaba con su sugestiva nueva realidad, se consagró en el último Apertura. River sigue adaptándose, a los tumbos, a su traumático desafío de volver, mientras Boca se nutre de tres desafíos. Finalista de la Copa Argentina. Puntero del Clausura. Semifinales de la Copa Libertadores. El mundo es suyo.
"Hubiese sido muy lindo jugar la final con Boca. Lo merecíamos", expresa Matías Almeyda, el conductor millonario, al borde de la angustia. "Estamos perfectos. No hay prioridad: los tres torneos son nuestras metas", insiste Julio Falcioni, el director xeneize, al borde de la autosuficiencia. Por qué a Boca le va tan bien. Por qué a River le va tan mal.
El superdomingo es maravilloso, en ese sentido. Describe sueños y pesadillas. Boca juega con varios titulares, jugadores de excelencia y no puede contra Deportivo Merlo , una humilde expresión de la B Nacional, que le empata en el último suspiro. Van a los penales y gana, como suele hacerlo, afortunado y eficaz.
River lo hace con suplentes, algunos pibes con limitado rodaje y empata sin goles, con Racing , otro poderoso, que arriesga a los titulares. Van a los penales y pierde, después de fallar el tiro del final. Está en ventaja, a un tiro de la final. De la finalísima. De la final que soñaron todos. Hasta aquí llegó. No le sale una. River trastabilla por colectora, mientras Boca ajusta los cinturones: su avión ya despegó.


