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CORDOBA - Con dos goles de Rubén Ayala y uno de Carlos "Chupete" Guerini Argentina clasificó frente a Paraguay para ir a Alemania 1974. "No sé qué pasó, pero fui el único de ese equipo al que no llevaron al Mundial. Me quedó un gusto amargo porque había marcado el triunfo; pero fue así y no vale la pena preguntar. No te llevan y listo".
Guerini conversa con LA NACION y se nota que no hay rencores. Es de esos tipos que se toman la vida "como viene"; nunca se quedó atado al pasado ni el arrepentimiento por lo hecho lo privó de andar más liviano por los caminos decididos. Cordobés de barrio Patricios, triunfó en el Real Madrid y un día –"sin pensarlo y con contrato por dos años más"- decidió volverse a Talleres.
"Lo mío fue un golpe de suerte; era un chico de barrio, pobre y terminé cenando con los reyes de España. Un día Alberto J. Armando me llamó y me dijo ‘lo vendimos al Malága; ¿se va?’. Contesté que sí sin pensar y al tiempo estaba en el Real Madrid". Recuerda que ese día le habían ganado a Ferro 2 a 1; había pasado a Boca desde Belgrano y llevaba poco tiempo cuando recibió la noticia.
Jugó dos temporadas en el Málaga y en 1975 pasó al Real Madrid donde estuvo cuatro años. Se extraña de que los cordobeses lo reconozcan. "Hice la mayor parte de mi carrera afuera de la provincia". En 1990 regresó a España –donde están sus cuatro hijos- y se volvió en 2011; hoy analiza regresar para quedarse.
Quienes lo vieron jugar aseguran que tenía un "remate fulminante" y que parecía tener atada la pelota al botín. Los de su generación lo califican de "verdadero crack". No se la creyó nunca. "La gente cree que es fácil, pero de golpe pasas de no tener para un cigarrillo y fumar de prestado a poder comprar lo que querés. Afuera se pagaba dos o tres veces más que acá en esos años, pero la mayor diferencia era que cobrabas seguro".
Acostumbrado a esas fechas inciertas para pasar a buscar el sobre con el pago por la administración del club, cuando llegó a España pensó que el club llevaba dos meses sin cumplir. Su compañero Sebastián Viberti –otro cordobés- lo avivó; la plata iba directo al banco, sólo había que pasar por el cajero automático.
Mientras se hacen las fotos de la nota en la cancha auxiliar del estadio Mario Kempes –donde él alcanzó a jugar- los profes le explican a los chicos de la escuela de fútbol quién es "esta gloria". A él le da apuro. "Le voy a decir a mi papá que estuve con uno del Real. ¿Cómo es que te llamas?", dice uno.
Guerini no se cansa de definirse como un hombre "de suerte; mi carrera se definió en dos años". Jugó el Nacional 1972 para Belgrano y en la noche del último partido un gerente de Fiat se presentó en su casa para decirle que tenía un puesto en la fábrica. "Eso búscamos entonces; tener trabajo. Estaba feliz. Por entonces a tu rival de la tarde al otro día lo encontrabas en el baile o en la línea de montaje".
Sin embargo, el destino le tenía otra sorpresa. A las dos horas golpeó la puerta un integrante de la comisión directiva del club para avisarle que al mediodía tenía que presentarse en la oficina del club porque lo habían vendido a Boca. "No puedo; tengo trabajo en la Fiat". Su esposa lo convenció de que era joven, que probara.

El francés Marcel Domínguez era el técnico del Malága que lo recibió; el estadio estaba lleno para ver "al nuevo fichaje" pero Guerini vio el partido desde el banco. "No me puso; me dejó ahí". Del Real Madrid tiene los mejores recuerdos: "Es el mejor del mundo en todo sentido; por cómo trata a los jugadores, por cómo está organizado".
"Por aquellos años a los que íbamos de Latinoamérica nos decían ‘indios’ o ‘sudacas’; todo el estadio te gritaba así y en el campo te tiraban patadas a romper". Estaba en plena luna de miel con los madrileños cuando otra vez se coló el destino.
Amadeo Nucetelli, presidente de Talleres, fue a España a comprar a Daniel Bertoni al Sevilla. La operación no se hizo porque el jugador no quería volver y llamó a Guerini. "¿Vos querés venir?". Ni lo pensó; dijo sí. "No me preguntes qué tenía en la cabeza; nada. En mi casa no entendían, en el club tampoco. Pero ya había contestado".
El presidente del Real le insistía. "¿Sabe la cantidad de cartas que recibimos de jugadores que quieren jugar gratis para nosotros? Usted se va a Talleres, a jugar la liga de Córdoba". Nadie lo convenció y Guerini se volvió. "Al otro día, cuando fui a entrenar y no había agua caliente y no había botines ya pensaba para qué; pero ya estaba. Fueron cinco minutos de capricho pero no había vuelta atrás".
Hasta 1980 estuvo en Talleres y en 1985 regresó a Belgrano, donde se retiró. Había empezado en un club bien de barrio, en General Paz Juniors. Cuando se fue a vivir a España en los ’90 jugaba con los veteranos del Real; Alfredo Di Stéfano –el hombre a quien muchos le adjudican haber cambiado la historia del club- viajaba con ellos. "Se bajaba y nadie nos miraba a nosotros; todos iban a saludarlo, a pedirle fotos. Los de su época contaban que les enseñó todo, desde la picaresca del fútbol a comer".
Guerini, en su paso por Boca, con dos goles a Ferro
Cuando la rodilla le "empezó a fallar" dejó los partidos de los veteranos. Ahora, todos los sábados, va a un complejo deportivo a "comer asados y charlar con los amigos". A la cancha no va y por la televisión sólo mira a la Selección Argentina.
"Ya no hay fútbol, hoy son jugadores que corren. No hay más 9, no hay más 10. No hay nadie como (Román) Riquelme o como (Daniel) Willington antes. Discutimos a todos; discutimos a (Lionel) Messi que es el mejor hoy, como antes lo fue (Diego) Maradona o Pelé. Cada uno en su momento".
A Guerini le costaba entrenar. Odiaba los "martes y miércoles" y cuando llegó al Real Madrid, en pretemporada, era cuatro veces al día. "La primera vez, en la sierra, me senté en una roca; diría que me había perdido; era nuevo y no daba más. Apareció el alemán (Uli) Stielike y me tiró ‘vamos, acá tenemos que luchar todos iguales’. Tenía razón". Compartió equipo, en esos años, con dos argentinos Enrique Wolff y Roberto Martínez.
"Yo era un loco, caprichoso; hablaba poco". El cordobés se hizo muy amigo de Vicente del Bosque (después DT de la España campeona del mundo). "Un día, así nomás dejé de hablarlo. No sé porqué; en la cancha sí, pero afuera no. Y me sorprendió que una vez, en un reportaje, él se acordaba de eso. Lo llamé, hablamos. El loco era yo".
No acepta que hoy los intereses económicos le ganen al fútbol; que "todo sea negocio". Cuando Armando le explicó que el Málaga le pagaría el 15% del pase, "yo no sabía ni qué era; me hice el entendido pero no tenía idea. Cuando llegué allá, en el club me dieron un sobre con plata para que comprara regalos para la familia; no lo quería, no entendía nada. A mí me gustaba jugar, patear, hacer goles".




