Claudia, la abogada que se convirtió en la primera jueza del fútbol uruguayo

Claudia Umpiérrez, de 33 años, resulta un caso único en el fútbol charrúa
Nelson Fernández
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7 de septiembre de 2016  

Fuente: AFP

MONTEVIDEO.– “¡Penal, juez, penal!”. El juego siguió su curso y en la platea los hinchas se agarraban la cabeza. Unos de alivio, otros de bronca. Era el primer minuto de juego, y era el primer minuto de arbitraje en primera división del fútbol uruguayo, con una jueza mujer. River Plate, dirigido por Juan Ramón Carrasco, se salvaba de arrancar el partido con un penal en contra en el primer minuto ante el modesto Boston River, recién ascendido y que juega en Primera del fútbol uruguayo, por primera vez en su historia, de club callejero, sin cancha.

Claudia Umpiérrez, una abogada de 33 años que el domingo pasado se convirtió en la primera jueza de fútbol de primera, no vio la mano en alto del defensa Giovanni González y no pitó. El delantero Federico Rodríguez levantó los brazos en protesta, pero todo siguió como si nada. Boston River dio el batacazo con una goleada de 5 a 1, pero la lupa estaba en la jueza, que daba un carácter histórico al partido.

No puede zafar del tema. Las conversaciones giran sobre penales, posiciones fuera de juego, el análisis sobre la intención de una patada, y respecto a si la pelota entró o picó en la línea. Su marido es juez, también de fútbol. Sus amigas son árbitras. Y son las le analizan cada fallo con lupa más exigente.

Y los lunes, cuando llega a su oficina del Banco de Seguros del Estado (BSE), sus compañeros de trabajo despliegan suplementos deportivos sobre los escritorios y repasan amarillas, rojas, “orsai” y otras cuestiones que son la sal del fútbol: la discusión sobre los fallos.

Claudia es amable, simpática, muy agradable, pero eso sí, le pone de muy mal humor que insulten a un árbitro de fútbol, y si escucha algo de eso, siente como si la agresión le cayera en carne propia.

“No puedo ver los partidos en casa con la familia o los amigos porque al primero que insulta al árbitro lo echo de mi casa. Es un colega, podría ser yo... Mientras cada uno está fanatizado por su cuadro yo sufro por el compañero que está arbitrando, expuesto a ese insulto gratuito... entonces sentarme a verlo … nooo, paso mal, realmente paso mal", dijo Umpiérrez al diario El País. Pero no todo son insultos ni críticas ácidas.

Claudia tiene 33 años, es una linda mujer, y en algunas jugadas es objeto de piropos, que a ella no le disgustan si van con buena onda. "La gente te grita cosas originales; cuando estás sacando una tarjeta algunos te soplan el teléfono y te dicen anotalo mi amor, por favor. La gente se divierte en la cancha, mientras sea así, sin violencia, no me molesta". Aunque en realidad, desde el primer día que salió a la cancha para impartir justicia, supo que lo más común y suave era que la mandaran a lavar la vajilla.

Ella siente pasión por el fútbol, lo que es producto de herencia deportiva familiar y también del impacto que recibía por la ventana de su primera casa familiar. La jueza nació en el barrio obrero de Capurro, en la capital uruguaya, pero su referencia d infancia está en la ciudad Pan de Azúcar, en el departamento de Maldonado, más cerca de Punta del Este que de Montevideo.

Al levantarse en la casa de sus abuelos, la primera imagen que llegaba por la ventana, era la de la cancha del club Estación de Pan de Azúcar. "Ahí jugaban mis tías y unas amigas del barrio”, recuerda Claudia con cariño por el pasado. Y fue ahí donde dio sus primeros pasos en una cancha de fútbol, pero no pitando como jueza, sino como futbolista.

Recorrió canchas junto a su padre Julio César Umpiérrez que fue DT de selecciones departamentales en el fútbol del interior, y vio los partidos desde el banco de suplentes. Otra influencia familiar fue la de su tío Rubén "Pico" Umpiérrez, que jugó en la selección juvenil de Uruguay y luego siguió en Francia.

Cuando tenía 16 años, sorprendió al padre al anunciarle que quería ser juez de fútbol, aunque demoró en ingresar a la escuela de árbitros por restricciones de edad. Mientras, jugaba. Lo hizo en Progreso, y en Rampla Juniors. Y luego sí cumplió su sueño. Reconoce que se le “erizó la piel” el primer día que tuvo que arbitrar en el Estadio Centenario. Al salir por el túnel y ver la Torre de los Homenajes, sintió que le movía el piso. Era un partido de Tercera División entre Peñarol y Defensor, lo que es un clásico de tensión. Las líneas estaban vigiladas por mujeres, y el cuarto árbitro, también era mujer. Sintió el honor de caminar por un césped que tiene historia pesada, desde el primer Mundial de Fútbol, el de 1930.

En 2003, Claudia cumplía el primer año del curso de arbitraje cuando conoció a Gabriel Popovits, que estaba en el segundo año. Hubo flechazo, pero cada uno estaba casado, así que, igual que en una cancha hay que tomar decisiones drásticas, con el tiempo decidieron cortar y cambiar. Se divorciaron, y se casaron.

Gabriel es Licenciado en Comunicación y también funcionario público, en la Administración Nacional de Puertos. Tuvieron una hija, Naomí y viven en el Parque Batlle, muy cerquita del Estadio Centenario. El sábado de noche, en su casa, cocinó Gabriel. Claudia debutaba en Primera División. Gabriel era línea en el partido de Nacional y Plaza Colonia. La valoración de su arbitraje fue buena. Y ahora, el segundo partido será otro más.

Ella y su esposo saben que el arbitraje no es para hacer plata, aunque desde la tribuna les griten “¡ladrón! ¿Qué cobras?”. “Esto es un hobbie remunerado”, dice Popovits, mientras junto a Claudia afirma que no lo hacen por dinero, sino “por la gloria”. Y que lo que ganen como jueces no les cambiará la vida, y en todo caso les podrá alcanzar para “cambiar el auto”.

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