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MAR DEL PLATA.– Hace seis meses, el apodo "Roña Castro" le sonaba a chiste de mal gusto a Claudio Aquino. No es que le molestara el sobrenombre ganado por cierto parecido con el ex campeón, lo que no le cerraba al volante de Independiente era que el mote tuviera que incluir también uno de los grandes dramas de todo boxeador: el peso. Preocupado por esos cuantos kilos de más, hizo los deberes y recuperó la forma. Los piques y los cambios de ritmo ya no lo ahogaron y aumentaron los minutos de juego que empezó a darle el técnico Mauricio Pellegrino. El premio por la constancia, como lo definió el propio entrenador, llegó con los dos goles frente a River, anteanoche, en el Torneo de Verano. Aquino lo sabe mejor que nadie: no fue magia.

En un partido de vuelo bajo, de los peores que presentó el verano por calidad técnica, el volante demostró desde el comienzo que tiene planes serios para 2016. Contratado por Independiente en marzo de 2015 por pedido de Jorge Almirón –el ex técnico buscaba llenar el hueco que dejó Daniel Montenegro– y criticado al poco tiempo de su llegada a Avellaneda por su falta de estado físico, en la noche marplatense fue el único que se animó a jugar en el primer tiempo. Y casi como en una profecía autocumplida le dio el gusto a Ezequiel Vidal, que horas antes, mientras jugaban a la Play Station en la concentración le había dicho que iba a hacer un gol. Por eso después de marcar el empate, con un remate cruzado, corrió a abrazar al juvenil delantero que estaba en el banco de los suplentes.
El segundo gol fue un bonus no presagiado, una sorpresa incluso para él: "Nunca hago uno, y ahora hago dos". El tanto marcó el camino del triunfo sobre River, y sirve, sobre todo, para que el entrenador sepa con el material que cuenta. Para el número 22, poco importa que se trate de un amistoso de verano. "Si hay que pelear un puesto –dijo– hay que hacerlo desde donde sea."
Una noche de verano, Aquino empezó a desandar una nueva relación con la camiseta de Independiente. Un desquite, después de las lágrimas derramadas en los días en que Avellaneda era un calvario.
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