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Gustavo Eberto es un muchacho simple y muy amable, que nació hace 23 años en uno de los accesos fronterizos del Mercosur: Paso de los Libres, en Corrientes. Debutó en la primera división de Boca en 2003, con Oscar Regenhardt como DT, y rápidamente fue señalado como una de las máximas promesas del semillero xeneize. Era usual verlo llegar a los entrenamientos en Casa Amarilla en un auto sin estridencias, escuchando chamamé y siempre con el mate y el termo bajo el brazo. Luego de varios años en el banco de suplentes bajo la sombra de Oscar Córdoba y Roberto Abbondanzieri, a principios de 2006 el arquero decidió pasar a préstamo a Talleres, de Córdoba, para de sumar experiencia. Pero su objetivo se desmoronó muy pronto.
"Desde el año pasado ya venía con poca recuperación física. Me costaba mucho reponerme. Veía que trabajaba a la par de mis compañeros y me cansaba el doble que ellos. No entendía por qué", cuenta Eberto. De todos modos, nada le hacía pensar lo peor porque le diagnosticaron neumonía. Pasó al conjunto cordobés; el 9 de febrero debutó en La T en la victoria por 2 a 1 frente a Huracán y fue fundamental para sostener el resultado. "Estaba muy feliz, porque quería ganarme un lugarcito en Talleres. Pero empecé a expectorar sangre y empecé a preocuparme otra vez. Después del debut volví a Buenos Aires a buscar mi auto, pero aproveché para hacerme unos estudios y en la placa salieron unas manchas. Me revisaron los pulmones, la zona abdominal, la ingle... y en los testículos encontraron el tumor. Recién ahí todo se descubrió."
Con una entereza admirable, Eberto confiesa su lucha diaria, su historia de vida. Hoy está entusiasmado, otra vez entre sus compañeros, compartiendo un vestuario. Luego de seis ciclos de quimioterapia, el futbolista terminó exitosamente el fuerte tratamiento y, poco a poco, sueña con retomar su vida normal. "Estoy contento, es una alegría inmensa haber vuelto a entrenarme. Primero deseábamos (yo y mi familia) que la salud me acompañara, quería el alta del doctor y tener la tranquilidad de que el tratamiento me hiciera bien. Ahora, en dos o tres meses, solamente me queda una operación para prevención a futuro. Pero lo que es quimioterapia o radioterapia ya está todo realizado. Fueron siete meses de tratamiento. Y por suerte el ciclo de quimio lo sobrellevé sin complicaciones", describe Eberto, en el predio azul y oro, durante la primaveral mañana.
-Sinceramente no caía en ese momento, no me daba cuenta. Hasta que llegó la primera quimio. Si me tocó a mí es por algo, no le hice mal a nadie. Me pasó a mí, como le pudo tocar desgraciadamente a cualquiera. Nadie está exento de eso. No me desesperé. Uno piensa que nunca le va a tocar, pero se está dando muy seguido. Desde que me enteré de mi enfermedad, empecé a escuchar un montón de casos, descubrí otro mundo. Por suerte me agarró fuerte psicológica y físicamente. El otro día recordaba con Víctor [Civarelli, el entrenador de arqueros de Boca] el caso de la hija de Nico [Burdisso], que con dos años tuvo leucemia y por suerte también salió adelante. Son cosas que pasan en este mundo y hay que aceptarlas. Hay que lucharla y tratar de seguir adelante.
-¿En qué cosas te apoyaste en los momentos difíciles?
-En mi madre, Teresa, en el resto de mi familia y en la fe. Todos en mi casa teníamos mucha fe, pero ahora mucho más. Conocimos qué es creer y sentirse tranquilo espiritualmente. Le pedí a Dios con mucha convicción que pudiera salir a flote y por eso me lo concedió.
-¿Tuviste oportunidad de charlar y pedirle consejos a Burdisso o a Wilfredo Caballero, cuya hija superó un cáncer de retina?
-Sí; con Nico ahora estamos comunicados vía mail. Y con Willy también estuve; él siempre me acompañó. A mí también me tocó estar del otro lado, cuando la nena de él tuvo ese problemita de salud. Pero bueno, nunca perdí las esperanzas. Por ahí, en un momento de tranquilidad, cuando uno está solo a la noche antes de dormirse, se le cruzan las ideas de no poder sobrepasar la situación y ver lo negro. Pero me aferré mucho a la fe y estoy seguro de que eso es lo que me sacó, junto con el apoyo de mi familia, de mi novia y de un montón de gente. Estaré eternamente agradecido al grupo de doctores de la Clínica y Maternidad Suizo Argentina y del Sanatorio Agote. Me atendieron muy bien en todo momento.
Eberto habla pausado, se preocupa por explicar a la perfección cómo sucedió todo y cómo se siente ahora. Está de buen ánimo; hasta bromea por su calvicie. Todos lo saludan, le estrechan la mano y le desean lo mejor. Sucede que éste correntino, de 1,85 metros, es un muchacho que se hace querer. "Es una satisfacción enorme lo que siento. Encontrarme con este mundo tan particular como es Boca fue una gran alegría", dice el guardavalla.
-Hace muy pocos días que volviste a hacer ejercicios, ¿pero ya soñás con volver a jugar al fútbol?
-Sí, pero no me pongo tiempos para volver. Lo tomo de una manera muy parecida al tratamiento: es día tras día, paso a paso. En esto hay que ir muy despacio. Hace cuatro días que estoy trotando despacito, nada más que diez minutos, y me cansa... Así que éste es un proceso lento que voy a tener que superar con el tiempo. El sueño es volver a jugar, lógico, es lo que más quiero. Pero lo tomo con tranquilidad. Si no se da, se verá. Hoy estoy saliendo de una situación muy j... y veo las cosas distinto. Estoy preparado para luchar y así lo haré toda mi vida. Y seguramente esto me va a fortalecer tanto que las cosas ingratas que vengan serán sencillas de superar. Estoy seguro de que va a ser así...
Eberto hace una pausa, observa con sana envidia a un grupo de juveniles que corren detrás de una pelota en la cancha principal del predio y suelta: "Ojalá que la medicina avance un poco más en lo que respecta a la quimioterapia, porque se sufre bastante con la internación y los pinchazos. Ojalá se descubran otras maneras de combatir el cáncer, para no tener que estar sometidos a una internación".
El sol brilla muy fuerte en el complejo deportivo xeneize; la temperatura aumenta y el cemento arde. Luego de su entrenamiento del día y tras charlar durante bastante tiempo con madurez, Eberto se va a duchar. En su casa lo espera mamá Teresa, con la comida lista. Luego vendrá la siesta reparadora y, por ello, Eberto no quiere demorarse. Los ojos le brillan, agradecidos. Pero antes de despedirse deja una última frase: "Cada día me levanto con mucha alegría y entusiasmo, pero con tranquilidad y equilibrio, porque no quiero dejarme llevar por las ganas de jugar. Por mí, quisiera empezar a jugar ya, el domingo [por pasado mañana] contra Nueva Chicago. Pero lo tengo que tomar tranquilo. Con el tiempo veré si vuelvo a jugar, pero lo más importante es que estoy vivo".
Gustavo Eberto, un muchacho amigable, que lucha diariamente con fe por salir adelante y dejar su pesadilla en el olvido.


