Contracrónica: el milagro de la vida, a la hora de la vergüenza de la final de la Copa Libertadores

Lejos de los nervios coperos: otra mirada, a kilómetros del superclásico
Lejos de los nervios coperos: otra mirada, a kilómetros del superclásico Crédito: DIEGO SPIVACOW / AFV
Teresa Sofía Buscaglia
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25 de noviembre de 2018  • 12:17

La idea era buena, original y hasta romántica: escribir una crónica sobre cómo se palpitaba el Boca-River en un lugar diferente, no convencional, en donde la vida y la muerte latan tan fuerte como el corazón de los hinchas de Boca y River en el Monumental, que se batirían a duelo, por primera vez en su historia, por la Copa Libertadores. Mi elección fue fácil: preferí escribir sobre la vida y mi destino fue la Maternidad Sardá, en el Barrio de Parque Patricios, que fue inaugurada en 1937, es una de las más prestigiosas del país y asiste a más de 6000 partos por año.

A las 4 de la tarde del sábado, los jardines de la maternidad están bañados de sol. A la entrada, un jacarandá en flor da sombra a unos bancos de cemento, en donde muchos familiares se sientan a fumar o a hablar por celular. En la sala de espera, unas 15 personas están dispersas a lo largo de cinco filas de sillas amarillas, que miran para un mismo lado: el pasillo que las conducirá hacia los recién nacidos. En esa geografía humana, cualquier insignia futbolera pasa desapercibida. Manuel está sentado en la primera fila, listo como para salir en punta a conocer a su segundo hijo. Lleva una remera de Argentina y un gorro de River con la visera hacia atrás. "El jueves, Gabriela, quedó internada para un control, porque tenía muchos dolores. Mis amigos habían apostado que nacería justo para el partido y se cumplió. Ahora está en sala de parto. Soy hincha de River, pero no fanático. Lo escucharé en el celular. Lo que me está pasando es más importante.", explica.

Son las cuatro y cuarto. Falta media hora para que comience el partido, pero nadie parece estar alterado por ese tema. Algunos están chateando con sus celulares, otros charlan con sus familiares. Todos esperan a que los llamen. Sólo se percibe una vibración de felicidad e incertidumbre." Sobre el mostrador que separa la sala de espera con el pasillo que conduce al primer piso, donde están las salas de internación, hay una caja llena de preservativos, con un cartel que dice "Usálo siempre". Los empleados de seguridad, sentados detrás del mostrador, atienden con amabilidad a todos los que van llegando. "¡Familia Álvarez!", grita uno de ellos, luego de colgar el teléfono. Una señora de unos cincuenta años se acerca despacio junto a su marido y él les indica por dónde tienen que ir para ir a conocer a su nieto. "No hay televisión para ver el partido", aclara otro guardia a un familiar que se acerca a preguntarle muy humildemente. ."Estos monitores de acá sólo pasan ese video que se repite siempre", agrega, señalando una pantalla arriba de él que dice Vamos Buenos Aires, en colores amarillos y verdes.

¿Sánchez ya parió?", entra gritando un hombre bajo, con un gorro de River y unos anteojos negros que tapan la mitad de su rostro. "Yo soy el abuelo", se presenta socialmente. "¿Acá no hay televisión para ver el partido?", exclama. Nadie responde. Un relato desde la cancha, en volumen muy bajo, se empieza a escuchar como un murmullo lejano. Ya eran las cuatro y media y la sala de espera seguía pulcra y brillante, aunque un poco más vacía. Sandra estaba sentada sola. De cabellos oscuros y largos, se había vestido con los colores de River. Su hija, Mayra, de 20 años, estaba saliendo del parto. Su nieta había nacido a las tres y estaba muy ansiosa por estar junto a ellas. "Los hombres ya se fueron. El abuelo es de River y mi yerno es de Boca. Ya le habíamos dicho a Mayra que, si nacía hoy, podía ser sólo a la mañana o a la noche, no durante el partido. Pero bueno…la vida es así y acá estoy.",dice sonriendo, rodeada de bolsos para pernoctar allí.

"El partido se suspendió", dice un mensaje que llega a mi celular a las cinco menos veinte. No entendía bien si estaba leyendo mal, por no llevar puestos los anteojos o el corrector del celular había cambiado las palabras. Salgo al jardín y confirmo lo que leí, mientras que en la maternidad, nadie estaba enterado de nada. Ni un grito, ni un murmullo, ni una exclamación. "¡Familia Vila!", exclama la empleada de seguridad, ya como un ritual al colgar el teléfono. Un grupo familiar de cuatro personas se acercan caminando hacia ella y continúan por el pasillo, en silencio.

Todos hacen su trabajo. Cuidan, esperan, se angustian, caminan. El partido River-Boca no existe en ese lugar. Sólo Sandra se mueve de su asiento, conecta su celular a la terminal de carga de baterías que está instalada a la derecha de la puerta de entrada y se la ve contrariada, mientras escribe y espera. "Es una vergüenza lo que pasó. ¿Cómo quedamos ante el mundo? ¿Qué van a decir los del G20? Todo por cuatro idiotas que nos arruinaron el partido. ¿Vos viste los videos?", me pregunta con angustia. Eran las cinco y media y ya se había viralizado la vergüenza más grande del fútbol argentino, la tristeza más profunda y la frustración más inconsolable. El partido se había suspendido para las seis y cuarto.

Las pocas personas que quedan en la sala de espera están en silencio o conversan a muy bajo volumen entre ellos. Parecen habitar otro planeta, más civilizado, donde la vida y la muerte merecen más respeto que cualquier otra circunstancia. Nadie se inmuta por el partido ni por su suspensión momentánea. El murmullo de la previa ya no se escucha y los últimos rayos de sol rebotan multilcolor contra un mural de venecitas que decora la maternidad hace algunos años.

La Commebol informa que el partido se suspende para las 19.15. A diferencia del resto del país, el reloj de la maternidad giraba alrededor de las madres, no de ese partido. Ezequiel había salido al jardín,para hablar con sus amigos y entender mejor lo que estaba pasando. Tiene 26 años, trabaja como pastelero y espera a su primer hijo, Bautista, junto a Daiana. "Es varón", dice con una sonrisa, mientras está acostado en un banco de cemento, bajo un árbol, con su cabeza apoyada en uno de los bolsos que trajo para quedarse con su mujer en la maternidad. En una de sus piernas hay un tatuaje con el escudo de Boca. "El jueves conocí la cancha de Boca por primera vez. Fui con un amigo al entrenamiento abierto y por muy poquito casi no entraba, había una banda de gente.", me dice, mientras gesticula con sus manos. Ezequiel nunca imaginó que su hijo iba a nacer ese día, pero tampoco le importó. "Pensé que veníamos a un control, porque está de ocho meses. Pero las contracciones fueron fuertes y la internaron. El partido quedó arruinado, pero estamos acá…por una alegría más grande, ¿no?", agrega.

En ese momento, me llega otro mensaje: "Se suspendió el partido, definitivamente. Parece que se juega mañana". En la maternidad, esto parecía no importar. Todo seguía igual. Nadie decía nada. La poca gente que quedaba, entraba y salía sin preocupación. Volvían con bebidas y comida. Entre las 4 y las 7 de la tarde, habían nacido cinco niños. Nada de la vergüenza y la desazón de lo ocurrido en el estadio de River había rozado el milagro de la vida que se respiraba allí. No sé si es un consuelo, pero estoy segura de que es una gran esperanza.

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