Cristian Ledesma: el golazo de Ramón Díaz

Fue una de las claves del River campeón; el volante central se convirtió en un emblema del equipo
Crédito: Sebastián Domenech
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20 de mayo de 2014  • 12:13

Cortar y pasar. Recuperar y entregar. Marcar y transpirar. Relevar y equilibrar.

Partiendo de "Pipo" Rossi como viejo modelo del "centrojás", el mediocampista central de River siempre supo cual era su función. Su valía, su relevancia y también sus limitaciones.

Raimondo, Merlo , Gallego , Astrada, Almeyda , Mascherano , Ponzio. La lista es mucho más larga y el patrón los unifica a todos. Alguno con más técnica, otro con más despliegue, la matriz del "cinco" de la banda siempre buscó una idea. Mucha ubicación, voz de mando y rápida entrega a los creativos una vez que se obtiene la bola.

Por diseño, la influencia de ese mismo jugador en idéntica posición, en la filosofía de juego de Argentinos Juniors es diferente. Batista, Gancedo, Redondo, Cambiasso, Ortigoza, incluso el propio Riquelme en sus inicios, brillaron con la camiseta del Bicho construyendo el fútbol desde el medio del campo. La idea de juego nacía de la circulación, el reparto y las pisadas del hombre que se paraba en el ecuador del terreno y a partir de él, se gestaba cada movimiento. El manejo era un bien esencial y el control y la posesión dos hermanos gemelos.

En estos tiempos en los que los enganches son una especie en extinción, la influencia de algunos cerebros capaces de cortar, pero además jugar, le han dado al mediocampista central una influencia decisiva. Ramón encontró en Cristian Ledesma a su jugador fetiche y el Lobo le respondió con la clase y la jerarquía de su juego.

La postal de su cara emocionada e incrédula ante su bautismo goleador, con ese derechazo impactante que se coló en el ángulo superior izquierdo en la consagración ante Quilmes, vino a ponerle la rúbrica a un campeonato en el que, igual que todo River, Ledesma fue de menos a más.

Mérito del entrenador saber cambiar a tiempo, Ramón diagramó un equipo en el verano dispuesto a defender con una línea de tres defensores, pero al ver que Balanta debía ocupar un espacio demasiado grande y el riesgo era innecesario, replanteó el proyecto y lo volvió a foja cero. Administrar sus recursos y mover al grupo fue otro punto a favor del técnico. La aparición decisiva de Chichizola fue gravitante, pero más aún lo fue el respeto del líder por el lugar que se había ganado Barovero, a la hora de devolverle su puesto. Augusto Solari, Ramiro Funes Mori, Kranevitter y Villalba fueron suplentes destacados, y su intervención en algunos momentos específicos del torneo le dieron la razón al Pelado en los pequeños ajustes con los que fue corrigiendo interferencias.

Casi inexpugnable de local, le ganó a Gimnasia, San Lorenzo, Lanús, Arsenal, Newell´s y Vélez. Utilitario y más práctico de visitante, robó para la corona puntos como los de Bahía Blanca o La Plata en encuentros en los que dejó algunas deudas con el juego, pero privilegió la matemática por encima del riesgo. River comprendió como ningún otro equipo el contexto particular de este trimestre premundialista. Con los mejores equipos del fútbol argentino distraídos en la Copa Libertadores, el millonario bien podía ser el mejor del torneo local. Sabía que su enemigo era Boca y con el quiebre psicológico del triunfo en La Bombonera ya nada lo detuvo. Dentro de un fútbol tan chato como competitivo, fue el campeón y el mejor de estas 19 fechas. Nada más ni nada menos.

Cavenaghi, Teo y Carbonero, probablemente el mejor de todos, se encargaron de los goles. Lanzini, de la explosión y el cambio de ritmo. Maidana, Balanta y Mercado defendieron la trinchera, y Barovero y Chichizola fueron el último bastión.

En el medio, con pisadas, toques cortos y distribución precisa, Ledesma fue el faro que iluminó a todo River. El Lobo se esforzó para recuperar, transpiró y los corrió a todos, pero además fue fiel a sus principios. Rey del perfil bajo, su idioma se expresa en el campo y con su categoría dejó en claro una sentencia: el 5 también puede jugar.

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