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Daniel García, de 19 años, estaba terminando el secundario y tenía la vida por delante. Le faltaban pocos meses para dejar de ir al Liceo N°11 de Villa Urquiza y las dudas sobre qué carrera iba a elegir comenzaban a aparecer. Fanático del fútbol e hincha de Boca, no dudó cuando su compañero de banco le hizo el ofrecimiento. Pagar 50 pesos por un pasaje en combi a Uruguay y la entrada para ver a la Argentina frente a Chile, por la Copa América, era una opción muy tentadora como para dejarla pasar. Ese mismo día les avisó a sus papás, Pablo y Liliana, y en la cena fue la envidia de sus hermanos, Alberto (22) y Gabriel (19). Era un viaje. Era un partido. Fue una tragedia.
El martes 11 de julio de 1995 Daniel y su amigo viajaron de Saavedra a Paysandú en una combi con algunos hinchas de Platense y Defensores de Belgrano. Por la noche, la Argentina le ganó 4-0 a Chile y se clasificó a la siguiente etapa de la Copa América. El martes 11 de julio de 1995, al término del partido, doce barrabravas de Tigre y Morón emboscaron a la combi en la que ellos volvían. Tenían cuchillos, palos y estiletes. El martes 11 de julio de 1995 le clavaron a Daniel tres puñaladas y murió desangrado luego de treinta minutos de agonía. Treinta minutos en los que ninguna ambulancia se acercó al lugar. Treinta minutos en los que la policía uruguaya brilló por su ausencia. Treinta minutos en los que los barrabravas escaparon y volvieron a la Argentina. El martes 13 de septiembre de 2011, a más de 16 años del asesinato, el crimen de Daniel sigue impune.
"Es muy difícil después de 16 años seguir con la misma energía, cuando ves con la impunidad que se manejan los asesinos de mi hijo. Esto te cansa mucho, te agota y hubo momentos en los que me sentí sola, muy sola, pero sigo adelante por la memoria de Daniel", me dice Liliana, la madre. La charla ya lleva más de una hora y ella relata todo con el mismo tono de voz, mantiene siempre su mirada en mis ojos y esboza una sonrisa tímida cada vez que nombra a Daniel. El tiempo y las innumerables veces que contó la historia endurecieron a Liliana, la hicieron fuerte, ya no llora.
Incansable, ella se puso este año un objetivo: entrar a un partido de la selección con una bandera que tenga la foto de su hijo y una la leyenda que diga "Justicia por Daniel". Nada más. "Un mes antes que comenzara la Copa América hicimos un escrito a la AFA con el petitorio. Nos dieron mil vueltas y nos terminaron diciendo que por un problema de seguridad no se iba a poder pero que en el primer amistoso internacional de la selección en Argentina se hacía", cuenta. Y aunque todavía no le confirmaron si podrá entrar al partido de mañana entre la selección y Brasil, Liliana dice que va a viajar igual y que si no la dejan va a repartir volantes y pines con la foto de Daniel en el estadio. Y otra vez su sonrisa amaga con aparecer. Y otra vez la esconde.
Política y barrabravas en la fiesta menemista
Liliana ya perdió la cuenta de las veces que viajó a Uruguay. Ante la inacción de la policía de allá y de acá, ella se encargó de hacer las investigaciones, llevó a Paysandú a los testigos para que declararan, consiguió las filmaciones que muestran a los asesinos de su hijo y golpeó una a una las puertas de una justicia que nunca se abrió a la investigación. "En Uruguay se dice que el juez fue comprado. Se desparramaron miles de dólares para que la causa no se esclareciera porque los videos muestran que los autores eran del grupo de choque de Rousselot, el ex intendente de Morón, y tenían cargos en el Municipio", dice muy segura Liliana, con las pruebas en la mano y en la historia.
El ex intendente Juan Carlos Rousselot, que murió el año pasado, fue uno de los símbolos del menemismo. Destituido de su cargo dos veces por casos de corrupción, abandonó en 1995 su última gestión en medio de escándalos y denuncias de corrupción, que lo llevaron a prisión en 1999. Si bien tres semanas después pagó una fianza de 20.000 pesos y recuperó la libertad, al año siguiente fue condenado por malversación de fondos públicos y amenazas. El fiscal que lo investigó, José Andrés de los Santos, sufrió un atentado y el juez que lo condenó, Ricardo Fraga, recibió amenazas.
De la impunidad de ayer a la impunidad de hoy
Liliana sabe que los asesinos de su hijo siguen sueltos, que caminan por Morón muy tranquilos y que van siempre a la cancha. También sabe el nombre del autor material que apuñaló a su hijo y me lo dice con impotencia. "Son muy cobardes estos tipos, en patota se hacen los malos pero de a uno son cobardes". Por eso, repite, no tiene miedo. "Ellos siguen trabajando para un partido, para el otro PJ (por el partido justicialista disidente). Hay uno que está trabajando como chofer de un funcionario. Todos saben que el que lo mató fue uno que se llama Lobato pero nadie declara".
Es por esa impunidad que Liliana no para. No puede parar, me dice. No se lo permite. "Yo no sé si voy a encontrar justicia, si la voy a conseguir, pero no voy a parar un momento de mi vida para escrachar a estos tipos en donde estén, quiero que tengan el repudio social", me cuenta. Y me sigue llamando la atención cómo no se enoja, cómo no levanta su tono de voz, cómo sigue transmitiendo esa misma paz y serenidad. Y aunque no se lo digo, sospecho que se da cuenta y me aclara: "Yo no busco venganza, sólo quiero que la memoria de Daniel esté activa y que a nadie le pase lo que me pasó a mí. Lo que yo hago es por mi hijo y por todos los hijos de los demás".
Lo cierto es que hoy Liliana viajará a Córdoba para cumplir su misión. Su plan es pasar por el hotel donde se alojan los jugadores de la selección y contarles su historia. Luego quiere ir al de los brasileños. Y mañana sueña con poder entrar con la bandera de Daniel a la cancha y que la vean millones de personas. Todo para vencer al mayor rival que se le interpuso en todos estos años, dice. Ni la corrupción, ni la mentira, ni la maldad. La indiferencia.
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