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Deportivo Merlo era un club sin orden y con restos de dinero revoloteando la caja chica durante 2007. Precisaba reinventarse. Los dirigentes tuvieron una idea revolucionaria, polémica y arriesgada: llamar a una empresa para reconstruirse. World Sport Managament se apareció de traje y corbata, con una valija con dinero y unas cuantas ideas frescas. Empresarios, comerciantes y profesionales de unos 40 años se hicieron compinches de los dirigentes, de la misma edad, de similar empleo. Hinchas de Nueva Chicago, San Lorenzo, Independiente y ¡hasta River!, se pusieron la camiseta de Deportivo Merlo. Al menos, durante 12 años: el tiempo que dura el contrato. Crecieron las inferiores, el verde del predio de Pontevedra tomó color primaveral y el equipo, con pasos de gigante, ascendió hace dos temporadas a la Primera B Nacional. Hasta participó de un torneo internacional, la Copa Carlos Gardel, en Uruguay. Y a la vuelta de la esquina brilla la camiseta de la banda millonaria, extrañeza inmensa si se espía que apenas unos años atrás, el humilde conjunto del Oeste solía chocar contra Liniers, Ituzaingó o Midland.
Un club de barrio gerenciado. Un caso único en el ascenso. Sólo Belgrano, en primera, se respalda en el controvertido capital privado. El éxito, en uno y otro caso, está a la vista: los sueldos están al día y se construyen obras, detrás de los defensores del romanticismo. Los gerenciadores y los dirigentes trabajan juntos. No son amigos: pero se precisan. Visitan la AFA como si un actor desconocido fuese por primera vez a la mesa de Mirtha Legrand. Muestran, orgullosos, la flamante camiseta (marca Lyon), que será estrenada en el histórico juego contra River, el más importante de su pequeña historia, nacida en 1954, con su primer nombre, 9 de Julio.
Unos 22.000 hinchas de River (14.000 plateas y 8000 populares) habrá en la cancha de Independiente, lógico escenario para una entidad que tiene un estadio pequeño, de 8000 lugares, con un nombre de antología: José Manuel Moreno, el Gran Charro Moreno. Es que el genial jugador dirigió durante dos años (en 1977 y 1978) a la querible entidad en la primera C antes de su muerte. Tanta efervescencia provocó su presencia que el estadio se bautizó con su nombre y a los hinchas del club, a partir de allí, se los conoce, en forma coloquial, como Los Charros.
La multitud, tal vez, le juegue en contra. O les infle el pecho. Es que no suelen ser respaldados por más de 4000 simpatizantes, entre los que hay fracciones de las hinchadas que no se llevan nada bien. De las 6000 generales y 400 plateas previstas para este gran choque, surge un secreto a voces: Merlo va a ser acompañado por simpatizantes de San Miguel y Villa Dalmine. También, por fanáticos de Temperley, hinchadas compañeras de aventuras. Nunca por fanáticos de Deportivo Morón y Ituzaingó, sus enemigos íntimos.
Es un conjunto duro, sacrificado y trabajador, como su entrenador, Felipe De la Riva. Observa a su presa y, si no olfatea sangre, no suele aproximarse al área grande. Precavido y obediente, no le va nada mal: es el equipo más pequeño del torneo. Y ahora va a chocar contra su propio Goliat. Con algo más que una honda: en dos años, pasaron de 300 a 1500 socios por efecto contagio de las dos últimas temporadas en el cielo del ascenso. Ya se esconden las voces contrarias a la gerenciadora, como aquella que se quejaba de haber cambiado la forma del escudo en la camiseta. Detalles que ayer dolieron y que hoy se empequeñecen en anécdotas.
Hace algo más de tres años casi se cae del mapa: estaba más cerca del precipicio de la C que de la terraza de la B Nacional. Jugaba con un marco de entusiastas: no había más de 4000 hinchas. Cerró los ojos cuando jugaba con Armenio, hoy los abre y enfrente tiene a River. Aunque ni Deportivo Merlo lo crea.



