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RIO DE JANEIRO (Especial).– Una de las grandes glorias del fútbol brasileño, Waldir Pereira, que trascendió en todo el mundo con el seudónimo de Didí, falleció ayer, a los 71 años, en un hospital de esta ciudad, debido al agravamiento de una neumonía. A fines del último mes había sido internado para extirparle la vesícula y parte de los intestinos.
De su fecunda y prolífica carrera sobresale el bicampeonato que obtuvo como jugador de Brasil en los Mundiales de Suecia ’58 y Chile ’62, donde compartió ataques con Altafini, Zagalo, Garrincha, Vavá, Pelé y Amarildo. También participó en la Copa de Suiza ’54. En el seleccionado disputó 74 encuentros, con 21 goles. Una encuesta nacional realizada en 1997 lo ubicó en el seleccionado brasileño de todos los tiempos. Había nacido el 8 de octubre de 1929, en Campos, a 270 kilómetros al norte de Río de Janeiro. Sus restos son velados en la sede de Botafogo, equipo con el que conquistó dos títulos estaduales, y esta tarde serán sepultados en el cementerio São João Batista.
En los 22 años de su trayectoria como profesional, que se extendió entre 1944 y 1966, pasó por Industrial, Leocoense, Madureira, Fluminense, Botafogo, Real Madrid, Sporting Cristal (Perú), Veracruz (México) y San Pablo.
El fútbol argentino lo recuerda por su paso como DT de River, en 1970/71, donde a falta de vueltas olímpicas dejó los cimientos de lo que sería una gran obra a futuro: la promoción de varios juveniles, como Jota Jota López, Merlo, Alonso y Morete, entre otros.
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Perteneció a la raza de los futbolistas generosos. Esto es, a partir de la fina sensibilidad de su pegada y don de conductor, hizo jugar a varios equipos. De sus virtudes, más de un delantero discreto devino en temible goleador. Su manera de interpretar el juego dentro y fuera de la cancha lo sitúa como un romántico, un exquisito. Alguien que a través de la pelota o la palabra exaltaba los valores estéticos de un juego que le permitía ser audaz, creativo y ofensivo. En una de sus últimas apariciones públicas se rebeló contra el fútbol robotizado y chirriante de estos días: “Lamentablemente, ya no hay espectáculo en la cancha. Siempre llamé niña a la pelota. Hay que tratarla bien, no a las patadas, porque de lo contrario vendrá la venganza. Es irrespetuoso decir que no se puede ganar jugando bonito. Alcanza con recordar a Brasil en los mundiales ’58, ’62 y ’70. El camino está, sólo hay que seguirlo. Pero los entrenadores tienen miedo a ser despedidos y juegan a no perder. Es irritante”.
Le atribuyen influencia sobre el técnico Vicente Feola para que en el Mundial ’58 pusiera de titular a una promesa de 17 años: Pelé, que ayer evocó a Didí con mucha gratitud: “Fue como un hermano para mí. El inventó muchas jugadas, como el pase de tres dedos o el tiro libre folha(hoja) seca. Fue un jugador magistral”.
Técnicamente, la hoja seca consistía en un remate en el que la pelota tomaba altura, describía una curva y caía repentinamente. Tenía la cadencia de los jugadores elegantes: su gran dominio del balón le permitía economizar movimientos. “¿Para qué correr 35 metros y hacer un pase de cinco si puedo dar un pase de 40? La que necesita correr es la pelota, no yo”, sentenció una vez.
Su estilo resultó un contraste dentro del Real Madrid vitalista que comandaba Alfredo Di Stefano. Por eso no dudó en calificar como un “fiasco” su frustrada experiencia europea, que no duró más de un año en 1959.
El Maracaná siempre lo recordará con una efemérides especial: fue el autor del primer gol en el mítico escenario, en 1950, durante un partido entre los seleccionados de Río de Janeiro y San Pablo. Como técnico, su apego por el buen fútbol encontró inspirados intérpretes en el seleccionado de Perú que dejó a la Argentina al margen del Mundial ’70.
Didí se había escapado de su casa a los 16 años para jugar al fútbol. Su espíritu libre y alegre hizo de la aventura un hito inolvidable.


