Diego Maradona: "Me van a tener que disculpar" y otros grandes textos inspirados en el astro

Fuente: FotoBAIRES
Diego Morini
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2 de diciembre de 2020  • 08:07

La inspiración en su estado más puro. Las ganas de decir "gracias" traducidas en miles y miles de expresiones. La grandeza en los pies, la sutileza en la palabra. La comunión perfecta para darle forma a la leyenda, la descripción exacta para poner en dimensión el nombre Diego Armando Maradona. En su pluma, Eduardo Sacheri supo inmortalizar lo que el eterno 10 de la selección de fútbol de la Argentina generó en todos aquellos que alguna vez lo vieron obrar milagros con una pelota en los pies. En su cuento "Me van a tener que disculpar", cada frase permite comprender todo, es una carta abierta a los que desde el fútbol Diego le dio un motivo para ser felices.

"Es que hablar de él, entre argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para ensalzarlo hasta la estratosfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos, los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria". La frase de Sacheri para explicar por qué Diego Maradona lo llevó a escribir sobre él, es la síntesis más acabada de lo que su obra refleja. Es, en definitiva, la voz de aquellos que nunca pudieron amplificar sus sentimientos y ponerlos en un papel.

Me van a tener que disculpar | Eduardo Sacheri

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Es necesario detenerse por un segundo y alejarse de los prejuicios. Meter en un cajón el juez de vida que cada uno tiene agazapado y dejar salir la pasión por el juego de la pelota. Diego Maradona reverdece en cada corazón. "No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores. Nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además, con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto". Salú Sacheri.

Cómo no rendirse a los pies de Maradona, cuando se trata de Diego embarrado, del pibe haciendo jueguito, del muchacho de fiorito bailando al ritmo del one-hit-wonder Opus, con su himno Live is Life, con la camiseta de Napoli, en el Olímpico de Munich el 19 de abril de 1989, antes del partido definitorio de las semifinales de la Copa UEFA. Es imposible no derretirse, es una forma de darle sentido a la leyenda. Y eso empujó a los "artesanos de la palabra", como Eduardo Galeano, Hernán Casciari, Sacheri, Martín Caparrós y Juan Villoro a las odas por el 10. Tantos no se pueden equivocar.

Se puede trabajar de Dios en los estadios, se puede hacer alegrar para toda la vida con un gesto eterno de apenas 10,6 segundos, es posible que una cita brutal y poco feliz le de sentido a todo, no hay dudas que el calendario futbolero señalará para toda la vida el 22 de junio de 1986, es innegable que alguno se atreva a imaginar el día después de la obra Diego Maradona. "Aquel gol que le hizo Maradona a los ingleses con la ayuda de la mano divina es, por ahora, la única prueba fiable de la existencia de Dios", la mirada de Mario Benedetti, respecto a lo que sucedió en el Mundial de México de 1986, lo dice todo.

Fuente: AP

No se trata de desconocer todo lo que implica Maradona. Pero Diego es lo que emociona. El recorrer lo que emocionalmente regala, porque las contradicciones son parte de la aventura de cada uno y ¿quién puede golpearse el pecho por ser la perfección hecha persona? Y allí se dibuja una sonrisa con la que se confirma que hasta en el versión más humana de Maradona es también materia de encanto.

Es necesario recurrir a Eduardo Sacheri para poder explicar la naturaleza de Pelusa, el gen argentino de Diego Maradona: "Así que señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que se supone debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria".

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