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NUREMBERG (De un enviado especial).- Llegar al Frankenstadion, el moderno escenario en el que anoche la Argentina se deshizo de Australia, hace inevitable un encuentro previo que conmueve la visión y agita el espíritu. Contiguo al estadio, con la imponencia casi intacta de sus épocas de esplendor, se erige el Zeppelinfeld, un testigo majestuoso de las oscuras épocas del nazismo. ¿De qué se trata? Es una larga avenida, ladeada por altas tribunas de mármol que podrían -según dicen aquí- albergar hasta 100.000 personas, que en los años de apogeo del régimen les daba marco a los fastuosos desfiles militares.
La primera impresión que dejan en el observador esas instalaciones hoy mudas es que están a mitad de camino entre el abandono y los intentos por preservarlas. En lo que tiene que ver con aquellos tiempos de totalitarismo, Nuremberg, de por sí, es una ciudad emblemática. Por un lado, mientras tuvo vida el esplendor del Reich fue la sede predilecta de los jerarcas nazis para lanzar al mundo su propaganda, y la favorita de Adolf Hitler, que la eligió para albergar los altos encuentros del partido en los períodos 1927/29 y, ya formalmente, 1933/38. Por el otro, el mundo vincula su nombre con los célebres juicios que en la década del 40 terminaron con la condena a muerte para varios oficiales nazis.
Allí, pegado al rectángulo de césped en el que la selección nacional seguía poniéndose en forma para el Mundial, descansa ese recuerdo de una de las páginas más crueles de la historia de la humanidad. Pero hoy es sólo eso. Ninguna señal de conmoción dibujó en un público que hoy vive con naturalidad esa presencia y que asistió al partido -como lo viene haciendo en todos los encuentros de la Copa de las Confederaciones- como si se tratara de un entretenimiento de lujo, sin atisbos del fervor que suele inspirar el fútbol.
De por sí, el aspecto del estadio hablaba de eso: no más de 20.000 personas ocuparon sólo la mitad de las gradas, que oficialmente pueden recibir 42.000. Como en cualquier parte, hubo argentinos; dispersos, en grupos diseminados y en perfecta convivencia con los australianos. Nuremberg no alberga muchos compatriotas, pero sí una pequeña localidad ubicada a 15 minutos en tren de aquí, llamada Erlangen: allí está la planta de Siemens, que cuenta con un alto porcentaje de latinoamericanos entre su personal.
Todos bajo techo, algo invariable en cada uno de los escenarios que recibirán al Mundial, y disfrutando del orden y el confort que se pueden esperar de la organización alemana. También, bajo la vigilancia de una seguridad tan celosa como discreta: casi no se la ve y jamás estorba, pero se la siente omnipresente. Testimonios estampados en banderas tampoco faltaron: las hubo alusivas a Formosa, San Miguel, Rosario, Loma Hermosa, Córdoba, Río Cuarto, Quilmes... Gracias al seleccionado, ellos, como tantas veces, se llevaron el recuerdo más feliz.
Integrantes del cuerpo técnico de la selección visitarían mañana el complejo que el plantel ocupará en el Mundial, propiedad de Adidas, en Herzogenaurach, cerca de Nuremberg. Pero como el seleccionado alemán lo utilizará desde hoy, la inspección está en duda.
Eran las 14.13 de aquí cuando un grito retumbó en el hotel Hilton, donde se aloja la Argentina: fue el festejo de los jugadores, al ver por el canal DSF de la televisión local el gol de Neri Cardozo ante Alemania, en el Mundial Sub 20.
John Aloisi, autor de los dos goles australianos, elogió sin rodeos al seleccionado nacional: "Argentina es mucho más que Alemania. Es uno de los mejores equipos del mundo. No por nada ya están en el Mundial. Son una de las potencias", dijo.
Ante Alemania, pasado mañana, tres jugadores argentinos deberán cuidarse de no sumar la segunda amonestación, que los marginaría de las semifinales: son Germán Lux, Gonzalo Rodríguez y Walter Samuel.
Por el Grupo B, en Hannover, Brasil se medirá hoy con México, a las 15.45 de la Argentina; en Francfort jugarán Grecia y Japón.



