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Es un ritual. El chico, de 22 años, cara de nene, sonrisa de pueblo, se viste de futbolista profesional con el traje de figura mundial: camiseta, pantalón, medias y botines millonarios. Toma impulso, mueve la zurda (su obra maestra) y, en el camino al ingresar en el campo de juego, recuerda a Alfredo, El Chancho para los íntimos, el papá que se fue cuando el pibe cumplió 15. "Rezo por él, para que me ayude", afirma. Lo hace de día y de noche, cuando saltó a la fama en Instituto (17 goles en 40 partidos en la primera temporada) y cuando deslumbra en Juventus, ahora mismo. Lo libera, evidentemente: Paulo Dybala está de moda. Córdoba, escala en Palermo, llegada a Turín, la ciudad que ahora sí dejó de echar de menos a Carlos Tevez: la Joya es un volcán de calidad. En el triunfo por 4 a 0 sobre Udinese, que acerca a la Juve a dos puntos debajo de Napoli, el cordobés marca dos goles, uno de penal, en la continuidad de la 20ª fecha.
El griego Orestis Karnezis queda atornillado en el 1-0, un soplido de tiro libre. El arquero amaga y se inclina, incómodo, en el 3-0, un penal que tiene su recompensa: es el instante previo para reencontrarse con la efusividad del público, detrás del arco. Tiene 11, nueve menos que Gonzalo Higuaín, la sensación del calcio. La pequeña gran ovación se presenta a los 20 minutos del segundo tiempo, cuando es reemplazado por el español Álvaro Morata. Los datos agigantan su figura, de apenas 69 kilos. En los últimos cinco partidos anotó cuatro goles y dio tres asistencias. El ritual lo mantiene, de eso no hay dudas.

Cuando deja de charlar con Buffon, con Marchisio, con Khedira, con su amigo Pogba, y regresa a su intimidad, mientras se pellizca, vuelve los pasos sobre las calles barrosas de Laguna Larga, una localidad escondida a 55 kilómetros de la ciudad de Córdoba. Se conocen todos: hay menos de 10.000 habitantes. Las imágenes son siempre las mismas: la pelota, Gustavo, Mariano y Paulo, el más joven. Los hermanos jugaban bien, él la rompía. Le prometió a su padre, antes de partir, que iba a ser futbolista profesional. Todos lo intuían: sobre todo, a partir de los 10 años, cuando fue a pisar el balón en Instituto, desde Club Atlético y Biblioteca Newell’s de aquella localidad. Santos Turza tenía un ojo clínico en esos años de Instituto. No hizo falta, claro. "A los cinco minutos la dejó así de chiquita", contó, alguna vez.
Dybala, eso sí, tenía un problema de identidad. O una pasión mayúscula: cabe el concepto en ambos casos. El pibe se presentó vestido con los colores de Boca en la primera práctica. Instituto fue su primera camiseta (una gloria esquiva, con goles de todos los colores, pero sin el ascenso a primera). Unos 12 millones de euros pagó Palermo. Allí era el "Picciriddu", el niño. Unos 32 millones de euros desembolsó Juventus. Aquí es "el nuevo Tevez". El cielo, sin embargo, es otra cosa. "Un día me gustaría jugar en Boca. Mi papá era hincha y me transmitió esa pasión. Pero falta un largo tiempo para eso", descubrió, tiempo atrás.
El tiro libre fue lindo, pero todos los goles fueron valiosos. Es un buen momento, por eso estamos contentos. Hicimos un gran partido, ahora estamos dos puntos detrás de Napoli. No podemos aflojar, hay otros rivales que nos persiguen (Dybala)
El tiempo corre demasiado rápido. La camiseta N° 21 de Juventus lleva su firma. Rosa, como ayer. Negra y blanca a bastones, como siempre: lo mismo da. "Es el presente de Juventus. Pero también el futuro. Tiene una gran capacidad de aprendizaje, es una esponja, basta con mirarle a los ojos, está concentrado, tiene mirada de killer", lo define Massimiliano Allegri, el entrenador. "El líder del vestuario es Buffon. Cuando habla sabe encontrar las palabras adecuadas, las que llegan. Tiene un carisma tremendo y transmite tranquilidad. Es un fuera de clase. Pero en un equipo existe también el líder técnico. Y ese puede ser Dybala", rubrica el conductor, que sabe que el cordobés, un nueve falso, un media punta disfrazado de delantero, no precisó dar el salto intermedio en la casa de un grande de nuestro fútbol. El vuelo no tuvo escalas. Aunque durante las primeras semanas, tal vez, lo protegió demasiado en el banco de la adaptación.
"He cambiado de actitud, he crecido en lo que se refiere al carácter y la mentalidad. En la Juve hay leones que desde que pierden el balón quieren recuperarlo inmediatamente, y que no dejan respirar al adversario. Te adaptás o estás fuera", analizó, meses antes, afirmado, también, en la intimidad. Buffon, el símbolo del arco, lo admira. Pogba, un amigo en tardes de Play Station, lo llama su "hermano" en Twitter y cuenta que alguna vez lo apodó "Cuadrado R2", por la combinación de teclas con la que saca remates más potentes jugando en la Play.
Andrea Pirlo es su espejo. "Andrea ha dejado un poco de magia en la camiseta", bromea Paulo, que heredó su número 21 y sus joyas de tiro libre. La zurda despierta hasta al más introvertido: no parece un jugador avasallante, si es un chico con cara de nene, sonrisa de pueblo, que quiere ser parte de los próximos Juegos Olímpicos. El chico, en realidad, se convirtió en hombre. "El futuro es de él", se inclina Leo Messi. Mágicamente, el ritual de Dybala atrapó a todos.
Great win guys! With my hermano Dybala #forzajuve@seriea_tim@paulodybalapic.twitter.com/5X6rFcqLaY&— Paul Pogba (@paulpogba) enero 17, 2016
