

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.
Las luces de Don Torcuato se van apagando. Todavía se escuchan a lo lejos los ecos de los bocinazos. Son hinchas de Boca para los que esta época de festejos no se apagará fácilmente. No quieren dormirse, quieren soñar despiertos. Uno de esos habitantes, de la bocina casi disfónica, y a pura cumbia con Tambó Tambó, llega a su casa en una camioneta Mercedes-Benz azul con vidrios polarizados. No es un hincha más, es Juan Román Riquelme, acostumbrado a volver a su domicilio con una victoria debajo del brazo.
“Boca es el mejor y no se cansa de demostrarlo”, comenta.
–¿Te sorprende que un equipo sea tan ganador?
–A mí no. Preguntale a los dirigentes que dijeron que somos unos cag... Siempre creí en este grupo.
–¿Cómo definirías a Boca?
–Un equipo histórico. Nadie igualará lo hecho en el ciclo de Bianchi.
En una villa nació... Como Diego Maradona en Fiorito, Román se crió en San Jorge. En ese barrio no apto para aventureros, de 60.000m2 –construido en 1966 durante la presidencia de Juan Carlos Onganía–, a 15 cuadras de la estación de Don Torcuato, sobreviven 2300 habitantes. Las calles que rodean la villa son de tierra y la escenografía se completa con casitas bajas, con techo de chapa, y la compañía de perros y gallinas por todos lados. Esa es la cuna de los Riquelme. Donde hoy viven papá Ernesto, mamá María Ana y sus hermanos, Mercedes, Cristian, Elizabeth, Joana, Diego, Gastón, Karen, Ricardo y Cecilia. Román lo hace muy cerca. Cien metros y las vías del ex ferrocarril Belgrano lo separan del chalet que habita en el residencial barrio El Viejo Vivero, junto con su novia, Anabella, y su hija, Florencia.
“Para mí es el lugar más seguro que hay, donde siento que a mi familia no le va a ocurrir nada. Admiro a mis viejos, no sé cómo hicieron para criar a tantos chicos. Nunca me sentí pobre; con lo que me daban era feliz”, dice.
Ahí, como lo es en Boca, Riquelme es amo y señor. Nadie como él ha levantado polvo y maravillado con malabares en el potrero ubicado en uno de los vértices del lugar, donde los arcos están hechos con ramas y el terreno es de tierra y yuyos. Largos días se pasó gastando la pelota como número 5, porque su padre –el único que se atrevió a sacarle el puesto– jugaba de 10 en los campeonatos internos. La sencilla casa de tres ambientes de los Riquelme –aunque, paradójicamente, la más ostensosa del sitio, por disponer de teléfono, electricidad, agua corriente y un pool que su padre instaló en lo que antes era el garaje–, ubicada en el tercer pasillo, a cien metros de la vía, conserva como reliquia en una de las descascaradas paredes del comedor la foto del nene con Maradona. “Es un honor llevar la 10 en Boca, aunque no me pesa, porque para mí esto es un juego para divertirme y ayudar a mi familia. Cuando entro en la cancha pienso que no hay otro mejor que yo”, afirma.
Historia... Esa palabra mágica que permite situarlo en cualquier fecha de la línea del tiempo. Por ejemplo cuando en 1989 Jorge Rodríguez, su descubridor y entrenador de la Carpita, el club de baby donde Riquelme comenzó a dar sus primeros pasos con la camiseta número 4, lo llevó a River y ni siquiera lo quisieron probar. O depositarlo en el 6 de noviembre de 1995 cuando Marcos Franchi le dijo: “Tenés una oferta para ir a Boca, aunque la de River es mejor”. Y el pibe, que por ese entonces llegaba a los entrenamientos de Argentinos en el colectivo 133, contestó: “Hacé lo posible para que pase a Boca”. Historia... Esa palabra mágica que nos lleva al 10 de noviembre de 1996, cuando el ciclo de Carlos Bilardo agonizaba, el purrete de 18 años fue ovacionado de pie en la Bombonera. “Fue la emoción más grande de mi vida. Cuando gritaron: “¡Riqueeelme, Riqueeelme!”, casi me desmayo”, recuerda. Historia... Esa palabra mágica que lo hace viajar al 29 de noviembre de 1998 y vivir su primer título con Boca. “El primer campeonato es como el primer gol o el primer amor, no se olvida nunca”, asegura. Historia... que lo catapulta al presente y lo viste otra vez como campeón de América.
“Estoy orgulloso de este equipo porque se hizo fuerte en las difíciles. Les tapamos la boca a muchos”.
–Seguís indomable.
–Se lo buscaron. Digan lo que digan, me suspendan, me sancionen o me echen, hoy somos los mejores de América y eso no me lo quita nadie.
Así es este hacedor del fútbol. Un genio. También irreverente. Aunque cuando el tiempo se lo permite lleva a sus hermanos a jugar a Maritxú, un complejo de fútbol, y vuelve a regalar magia sin necesidad de pisar una pelota. Ahí vuelve a ser Juan Román, el pibe del barrio San Jorge.


